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Nueva York de ficción. Un paseo literario [por Mario Crespo]

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La primera vez que uno llega a Manhattan tiene la impresión de sufrir un déjà vu. Todo le resulta familiar: los rascacielos, los taxis, el humo que sale de las alcantarillas, los personajes que pululan por sus calles. Nueva York, capital del mundo, es, ha sido, y seguirá siendo la capital del cine y la literatura. El lugar más recurrente para ambientar una historia contemporánea, una ciudad construida por todos y cada uno de los pueblos del mundo, un espacio donde nada falta y todo cabe, un sitio donde cualquier cosa puede acontecer. Cada rincón es una localización de cine o el pasaje de una novela, lo que provoca que la ficción termine por absorber al viajero hacia un espacio indescifrable donde sólo existe lo imaginado. Pero antes de que esto ocurra, hay una primera fase en la que cada cual busca por sí mismo esa magia que nos transporta a otros mundos. Y en esa fase, que no sabría si definir como ebriedad o paranoia, se produjeron algunas coincidencias que prologaron mi «Nueva York de ficción».

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Recuerdo que durante los primeros días en la isla, mientras visitaba algunos de los museos de la conocida Milla, a la vera de Central Park, me encontré con Belén Gopegui, o alguien que se parecía mucho a ella, en la rampa espiral del Guggenheim. Contemplaba absorta unos cuadros colgados en la pared mientras escuchaba, no sé en qué idioma, los comentarios de la audioguía. Mi acompañante se empeñó en sacarme de la cabeza la idea, puesto que, en su opinión, el único parecido de esa señora con la Gopegui era la melena cana. Pero yo había leído su libro Acceso no autorizado pocos días atrás y, en mi afán por encontrar la cuarta dimensión, resolví que Belén Gopegui estaba allí.

Salimos del museo en dirección este y de repente, en cuestión de segundos, el cielo se tornó plomizo y una especie de furia atlántica descargó una tormenta sobre la ciudad. De modo que nos vimos obligados a parar el primer taxi libre que encontramos y continuar la ruta hacia Lower Manhattan montados en él. No sé si fue casual o causal, pero paramos aquel taxi justo en la confluencia de Madison Avenue con la Calle 72, un lugar que, por alguna razón, me resultaba extrañamente familiar. Entonces  recurrí a mi libreta friki de localizaciones de cine y lugares novelescos y finalmente pude reafirmar mis sensaciones: en ese mismo lugar, Quinn, protagonista de una de las historias de La Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, detiene un taxi en un pasaje de la novela. La magia se había escapado del sombrero de prestidigitador. No había conejo. Sólo el flujo constante de un algo desconocido.

Cuando la lluvia cesó, dejando paso al tapiz azul que anticipaba el calor crepuscular que estaba por llegar, nosotros seguíamos aún en el taxi. Habíamos avanzado muy poco debido al tráfico y le dijimos al conductor que parara unos metros más adelante, en Park Avenue. Entonces me pareció ver a Tom Hanks vestido de traje. Entraba en el portal número 816 de la lujosa avenida, un sitio que aparecía destacado en mi libreta como el lugar de residencia de Sherman McCoy, protagonista de la novela de Tom Wolfe La hoguera de las vanidades. Lástima que no pudiera preguntarle a Hanks si el viejo Sherman seguía viviendo en el mismo edificio.

Al día siguiente, caminando por el Village; zona bohemia, indi, poppy, arcoiris, hipster y megaguay-gafapasta donde las haya, encontramos, en la calle Bleecker, el local donde se ubicaba un bar frecuentado por algunos miembros de la Beat Generation. Hoy día es una sucursal del Bank of America: ¡qué paradoja! Liamos unos cigarrillos a la puerta y las volutas de humo construyeron formas que, como molduras barrocas, se elevaron hacia el cielo para decorarlo. Entonces lo vi. Fue sólo un flash, un reflejo sobre la superficie de una cascada, pero doy fe de que allí estaba; me refiero a Jack Kerouac. Un joven apuesto de apariencia saludable. Me guiñó un ojo y después se convirtió en una pipa. «Ceci n´est pa une pipe», pensé. Y proseguimos la marcha.

Continuamos por MacDougal Street, donde se encuentra el célebre Caffe Reggio. Justo enfrente hay una pequeña, diminuta, crepería donde Julio Medem decidió rodar una secuencia de su película Caótica Ana. Mereció la pena detenerse un rato, pues gracias a ello degusté uno de los mejores crepes que he probado en mi vida. Luego seguimos nuestra ruta como autómatas, sin rumbo fijo, sin capacidad para frenar unas piernas ambiciosas que desafiaban las distancias para empaparse y empaparnos del Nueva York más profundo. Entonces me vino a la memoria un pasaje del libro Los crímenes de la calle Morgue. Una pulsión, una corazonada, me decía que allí, o muy cerca, había sucedido algo relacionado con este libro. Tal vez un crimen, quizá la inspiración del mismo, probablemente nada. No pude evitarlo y saqué mi libreta del bolsillo. Consultar los apuntes me sirvió para averiguar que en ese cruce, el de la 85 Oeste con la Calle 3, había vivido Poe, el mítico Edgar Allan Poe.

Alcanzado ya el peligroso estado en el que el viajero es capaz de ver y escuchar a los muertos, la paranoia literaria era irreversible. Había trascendido la realidad gracias a la magia de Nueva York y transitaba a mis anchas por el mundo de la ficción. Desde ese momento los acontecimientos se precipitaron:

Me topé con Herman Melville en Chelsea, donde vivió miserablemente, y, sin ningún atisbo de vergüenza, le pedí un autógrafo que me negó con mucha elegancia, imitando a uno de sus más famosos personajes, Bartleby el escribiente, con un rotundo: «Preferiría no hacerlo». Después desapareció.

Un tipo calvo que se parecía a Henry James y que yo identifiqué como el propio Henry James, me miró con suficiencia y me indicó lacónicamente, tras preguntarle, la dirección correcta hacia el puente de Brooklyn, nuestra siguiente parada.

Cruzar el Brooklyn Bridge no nos llevó poco más de media hora, como indican las guías, sino cincuenta minutos. Supongo que el retraso fue debido a mi charla con el poeta Vladimir Maiakovski, uno de los impulsores del futurismo ruso, quien tras casi un siglo visitando la ciudad, aún no había conseguido desprenderse de su acento ruso, ni tampoco de sus tendencias bolcheviques.

Brooklyn Heights es la zona más antigua del famoso borough, un área residencial en cuya calle comercial, Montague Terrace, abundan las cafeterías, los pubs, los restaurantes y los hoteles. En una vivienda de dicha calle escribió Tom Wolfe Del tiempo y del río. Y no lejos de allí, en el 70 de Willow Street, Truman Capote creó su famoso Breakfast at Tiffany’s. De una de las ventanas de ese edificio colgaba un cartel de «se alquila» junto a un número de teléfono. Tal vez esperando encontrar a Capote anudándose la bufanda en el hall, decidí llamar a fin de concertar una cita. La comercial de turno, una señora  muy impertinente, me preguntó de malos modos si yo, con semejante acento español, podía pagar cuarenta mil dólares mensuales de alquiler. Me vi obligado a contestar que no.

Desde el Brooklyn Heights Promenade, un paseo que se asoma al agua, se puede contemplar una de las mejores vistas de Manhattan. Especialmente al atardecer, cuando la luz del sol se filtra a través de los huecos que dejan los rascacielos entre las calles y rebota sobre la superficie del río para reflejarse en los cristales de los edificios. A tan solo unos metros del paseo se conservan algunas de las viviendas más antiguas de la ciudad de Nueva York. Allí se encuentra la calle Orange, donde Walt Whitman escribió sus Hojas de hierba. Por desgracia, en esta ocasión no me topé con el fantasma del viejo poeta. Tal vez por eso, enfrascado irremisiblemente en mi propia ficción, llamé sin pudor al timbre de su antigua casa. La puerta se abrió al cabo y tras ella se materializó una mujer con acento ruso que me confirmó que el bueno de Walt había salido; «para siempre», apostilló. En contrapartida, mi acompañante, muy romántica ella, me recitó un poema del libro que cambió la poesía americana.

Las segunda semana nos instalamos en la parte baja de Brooklyn, en Sunset Park, título de una novela del universal Paul Auster, y nos mimetizamos rápidamente con el mejor barrio de Nueva York; sus costumbres, su estilo de vida, sus tiendas de ropa, librerías y badulaques. Encontrarme con Auster era sólo cuestión de tiempo. No es que estuviera convencido de ello, es que, después de todo, tenía la certeza de que el esperado encuentro estaba escrito en alguna parte. No quise dejar nada al azar y me preparé durante los días subsiguientes para el ansiado momento. Una caja de cigarrillos turcos y un ejemplar de mi última novela eran los regalos que había elegido para el bueno de Paul, célebre residente de la zona de Park Slope, donde abundan las casas victorianas conocidas como brownstones y donde muchos famosos han decidido establecerse. Caminamos por la Quinta y la Séptima, Hamilton, Parkway, Prospect Park y el Cementerio de Greenwood. Exploramos las esquinas de Atlantic, Flushing y Fulton. Recorrimos todo Brooklyn hasta desgastar las suelas de las sandalias. Pero nada. Paul Auster no aparecía. Algún engranaje de la dimensión literaria había dejado de funcionar; la magia se había evaporado. Parecía que nuestra estancia entre chicanos, portorriqueños y chinos nos había devuelto a la realidad del cine documental o a una película de cinema verité que, sin contemplaciones, nos escupía en una dimensión tan hiperrealista como los cuadros de Chuck Close. Y así pasaron los días hasta que, unas horas antes de poner rumbo al aeropuerto JFK, decidí hacer un último y desesperado intento. En cualquier caso, ocurrió lo mismo que en jornadas precedentes: nada. Absolutamente nada. De este modo, una vez asumida la derrota, me pregunté qué coño podía hacer con los parabienes que, con tanto esmero, había preparado para Auster.

Los cigarrillos nos los fumamos mi acompañante y yo, como no podía ser de otra manera, y el libro lo deposité, junto al poemario Odio, de mi amigo David Refoyo, en una de las estanterías de la sección de literatura española de la librería Barnes & Noble de la Séptima Avenida de Brooklyn. Después nada: el aeropuerto y el viaje de vuelta a la realidad.

Ya en España, de vuelta en la oficina, mi único consuelo es imaginar, como en cualquier otra historia de ficción, una vida para esos dos libros que, intuyo, a día de hoy aún duermen en las estanterías de la Barnes & Noble de Brooklyn.

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