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El mar dos veces perdido [por Juanma Agulles]

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El mar dos veces perdido

Leo a Camus todos los veranos. En realidad hubo un verano, ya lejano en el tiempo, que dediqué por entero a la lectura de sus obras. Desde ahí, siempre que el calor comienza a azotar este lugar semidesértico, con su sol blanco de mediodía y ese aire estancado y bochornoso que nos despoja de toda ternura y de toda maldad, vuelvo a sus libros. Vuelvo a ellos porque su querencia de desierto y su búsqueda de un encuentro con lo humano que permanece inalterado en el tiempo, me descubrieron mi propia forma de estar en el mundo. Era la de Camus, pero era la mía. Sólo en ocasiones excepcionales ocurre que la literatura nos fuerce a considerar que nuestras pasiones, nuestras ideas, se están expresando a través de las palabras de otro. Entonces no podemos soportar la usurpación y acabamos por apropiarnos de las palabras de una manera tan íntima y definitiva que, en lo fundamental, ya no se puede decir que no sean nuestras. Abrazamos así en ellas lo que en realidad hemos sido siempre, ese instante con pretensión de eternidad.

Recuerdo leer El extranjero, los relatos de El exilio y el reino o El verano, sentado sobre las piedras ardientes de Cala Cantalar, ante un mar deslumbrante que abrasaba mis ojos cuando los retiraba un momento de las páginas. El gusto a salitre vuelve ahora a mis labios cuando abro de nuevo esos libros. Las ideas pasan, la historia acontece con su cúmulo de destrucciones y miserias, con sus gentes que luchan cada día por vivir y algunas sólo por sobrevivir, mientras el mar permanece. El mar de Camus y el mío, ya confundidos para siempre, bañando las orillas de Orán y de Argel, como bañaba los días de mi infancia a la intemperie.

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Sólo los espíritus solitarios, que abrazan la misantropía por amor a los demás, saben de la irreparable pérdida del mar. Recuperarlo es salir por un momento del curso de la historia, dejarnos mecer por su cadencia, permanecer deslumbrados por su reflejo metálico en las horas en las que el sol cae a plomo y todas las sombras se reducen a la mínima expresión. Un intento de detenernos en plena insolación para mirar de frente lo que somos.

[…]

Quienes habitamos este litoral hemos perdido el mar dos veces. La primera quizá fuese inevitable, y tiene que ver con la forma en la que la vida nos obliga a dar la espalda al mar para enfrentar el mundo, emprendiendo el camino contrario al que nos dirigía, todavía jóvenes, el ejercicio de nuestra libertad. Pero si digo «inevitable» no se debe entender con ello irreversible, pues siempre podríamos volver de nuevo la espalda al mundo y recuperar los días de verano en el mar, el sol de mediodía haciendo sudar nuestra piel, deteniendo de un golpe cualquier pensamiento dirigido hacia el futuro. El salitre en los labios, la mirada deslumbrada por el brillo metálico sobre la superficie levemente ondulada del mar. Pero entonces nos encontraríamos con nuestra segunda pérdida: el mar, como tantas otras cosas en nuestro mundo, ha caído en manos de aquellos mercachifles que nos suelen vender la vida a trozos. Se ha convertido en algo que se consume a horario fijo, en temporadas acotadas, en las que sucedáneos de libertad llamados «ocio» o «vacaciones» se brindan a las masas abrumadas por el peso de su cotidiana existencia. Cada día es más difícil ignorar el asedio de este mundo que todo lo quiere transformar, cortar, vender, desarrollar, controlar, etiquetar y vigilar, sobre un mar que siempre ha sido ajeno a estos designios. Todo se llena de entretenimiento, de juegos hinchables para los niños a unos metros de la orilla, de chiringuitos, de extensiones ganadas por el comercio de esas horribles tumbonas de alquiler. Ni siquiera la arena de la playa es aquella que pisaban mis pies de niño: tuvieron que extraerla del fondo mediante un complejo procedimiento porque el mar había devorado la costa. Los ciclos del viento, rotos por el muro de ladrillo y hormigón de los bloques de apartamentos, impidieron la renovación natural de las arenas, y el Mediterráneo, en cumplida venganza, borró las playas. Pero la Técnica posibilitó construirlas de nuevo, y a partir de entonces se puede decir que se convirtieron en playas industriales en el sentido más material del término (aparte de estar atestadas por esa otra industria del turismo); hoy son playas no formadas por la naturaleza sino por el curso natural del desarrollo industrial.

[…]

El mar que perdí sólo lo encuentro en mis recuerdos, o en esos secretos rincones de la costa donde nada nos distrae de su presencia, donde el mar es el mismo de siempre, el mismo de mi infancia y el mismo que amaba Camus. Si puedo desperdiciar varias tardes allí leyendo, nadando bajo el sol, secándome sobre piedras ardientes, sumido en esa tierna indolencia que brinda a todos sus hijos, retorno a aquellas regiones luminosas de una libertad muy sencilla. Retengo esa infantil alegría para la que el puro presente era siempre bastante. Y así, el mar dos veces perdido, por un momento es recobrado.


Este fragmento pertenece al libro Piloto Automático, de Juanma Agulles. Puede conseguirlo en nuestra red de librerías. Está publicado por Ediciones El Salmón.

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