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Antes de meterse en el agua [por Ramón J. Soria Breña]

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Los ríos salvajes son mi lugar de plenitud pero en ellos no busco ningún éxtasis místico, ninguna felicidad garantizada, ningún misterio sagrado al que agarrarme ante las incertidumbres catastróficas de nuestro futuro sino una forma de hogar. Luego cuento mis pequeñas aventuras de pescador. Experimentar la aventura es importante pero también explicarlo, contarlo, traducirlo a palabras, escribirlo, no desde el egoísmo del atesoramiento de momentos y fotografías sino por la generosidad de compartir con otros el secreto. Y el gran secreto es el río, de él nacieron todas las historias, todos los cuentos.

Pienso que sólo si son conocidos, si adquieren fama, podrán ser conservados o salvados porque ha sido su olvido, la ignorancia de todos hacia su belleza, su necesidad o su sentido lo que ha permitido su casi total destrucción. Así que este no es un libro de pescadores sino de ríos. De cómo los ríos son en todo el mundo los espacios en los que las civilizaciones han prosperado. Es el agua dulce y limpia lo que nos ha permitido ser algo más que cromañones o neardentales y organizar ciudades, tener energía, poder cultivar y comer con seguridad. No es un libro de peces y de pesca con mosca sino de padres e hijos, de cómo deseamos enseñar a nuestros hijos todo aquello que nos deslumbra, nos hace felices, nos apasiona o nos enseñó a vivir, y de cómo tantas veces no encontramos las palabras, el tiempo y la forma de hacerlo. Pensamos que educar es transmitir conocimientos, saberes, cultura y ciencia pero tantas veces descubrimos, ya tarde, que educar es sobre todo mostrar, compartir, volver a ser niños, recordar gracias a su compañía, sus preguntas, sus silencios o su mirada atenta a nuestros cuentos que nosotros también somos así, y si hemos dejado de serlo es que perdimos algo muy importante de nuestra propia humanidad. No es un libro de naturaleza sino de filosofía. Hoy estamos presenciando el derrumbe de ecosistemas necesarios para la vida humana como las selvas y los bosques, los océanos y el aire limpio. El cambio climático tiene su origen en una idea de progreso y desarrollo que hoy sabemos que esta equivocada y es peligrosa. Pero «vivir bien» no es poder consumir mucho o seguir los preceptos de un manual de autoayuda de moda o que no nos toque la tristeza o el mucho dolor que sienten otros que no son afortunados, sino saber que estamos de paso, que tendremos una vida breve, que nada nos pertenece y que este tiempo precioso ha de ser vivido a conciencia. Nada nuevo. La literatura española ha utilizado muchas veces la metáfora del río que corre para hablar del tiempo de vivir, desde las coplas de Jorge Manrique en el siglo XV al romance de Gerardo Diego en el XX y entre medias todo el poemario tradicional, Garcilaso, Fray Luis, Góngora, Herrera, Lope, De Rivas, Zorrilla, Mateo Alemán, Rosalía, Blasco Ibáñez, Unamuno, Machado, Azaña, Lorca, Barea, Delibes, Ferlosio, Llamazares… El río como pretexto o como paisaje que el hombre otea, o como escenario del drama. Pero pocos han sabido leer un río más allá del paisaje que dibujan, pocos han entendido y contado por qué sin ríos no hay comunidad, no hay nosotros.

Gran parte de nuestro país tiene un clima mediterráneo con momentos de grandes y torrenciales lluvias. Luego meses muy secos y calurosos, de mucho estío fluvial. Este desconcierto quiso ser controlado y dominado desde hace mucho tiempo y en el siglo XX casi se consiguió en todas las cuencas. Pero hace mucho menos de cien años los ríos en España corrían libres, había crecidas, rápidos, cauces bastante limpios desde su nacimiento a su desembocadura. Hoy no. Los tramos medios y bajos de todos los ríos de la península están parados, embalsados, contaminados, sucios y son ignorados por la mayoría de sus habitantes. Hoy vivimos de espaldas a los ríos, les sacamos su sangre transparente para beber, regar el campo, hacer funcionar los procesos industriales, ducharnos y tirar de la cadena. Los imaginamos como poco más que canales de riego y cloacas o bucólicos paisajes en los que hacerse una foto bonita y luego irse a otra parte. Pero hoy está naciendo en España una Nueva Cultura del Agua que lucha por recuperar nuestros ríos y lo que ellos significan para nuestro bienestar, nuestra cultura y el futuro. Tengo la certeza que dentro de poco comenzaremos a hacer un uso racional de este bien público precioso y escaso, quitaremos las presas y dejaremos correr el agua, volveremos a poder disfrutar de un baño en sus riberas de nuevo limpias y usaremos esta agua con mimo y tino, sin destruir. Los ríos son delicados ecosistemas con una abundancia de biodiversidad que contrasta con enormes áreas de nuestro territorio secas, esteparias, muy degradadas, antropocenas… Si queremos recuperar nuestra naturaleza salvaje hay que comenzar por el agua.

No podía dejar de escribir en este prólogo que tengo una deuda del corazón con unos pocos libros que me hablaron de los ríos de otra forma. Con José Luis Sampedro y El río que nos lleva, que nos recordó que el río Tajo estuvo vivo. Con Edward Abbey y El solitario en el desierto en el capítulo en el que baja el impresionante cañón de Glen antes de ser anegado por una infame presa. Con Julio Llamazares y su estremecedor y tristísimo El río del olvido. Con Wade Davis y su deslumbrante y selvático El río. Con Ota Pavel en Cómo llegué a conocer a los peces y Carpas para la Wehrmacht, dos de los breves libros más bellos que jamás he leído, escritos en memoria de un padre pescador. También con Norman Maclean y su célebre El río de la vida. Todos esos libros merecen la pena ser leídos mucho antes que éste que el lector tiene en sus manos.

También tengo una deuda de vida con Ángel, mi «padre en el río». Desde los seis hasta los cuarenta años compartimos innumerables días de pesca y agua. Junto a él crecí, aprendí y viví horas muy felices. Todos esos días junto a los torrentes de montaña permanecen en mi memoria con asombrosa nitidez y viveza. A esos días vuelvo a veces, ahora que él no está, cuando la vida es áspera o gris, para recordar que no es difícil vivir la maravilla. Pero sobre todo siento que tengo una deuda de vida con Iker y con Guillermo, «mi hijo el pescador», con ellos he descubierto, sin retóricas, todo lo importante que de verdad sé. Ellos han soportado con estoicismo y entusiasmo a un padre pescador que les ha llevado desde los tres o cuatro años por torrentes de montaña en amaneceres gélidos, por orillas resecas a cuarenta grados a la sombra, caminatas interminables por senderos inexistentes llenos de malezas espinosas, ortigas y bichos, por precipicios y cascadas peligrosas sin cuento. Ellos siempre se mostraron curiosos, preguntones, incansables, pacientes, prudentes y tranquilos y de ellos surgió la idea de que escribiera todo lo que a veces les contaba o explicaba en los viajes o a pie de río. Éste es mi cuento. Éste es su libro y el vuestro.

 

Prólogo de Los ríos salvajes (Varasek Ediciones, 2017)


Los ríos salvajes está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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