Archivo de Autor - Eva Hermann

Este viernes pasado tuvimos la oportunidad de asistir a una de las charlas que han estado —y siguen, seguiremos— organizando los editores de esta publicación desde que saliera el primer episodio de la primera temporada de Principa para dar a conocer lo que hacen. Fue en Librería Jarcha, celebrando el día de las librerías. Tuvimos unos minutos para charlar con ellos y hacerles unas fotos. Así se los presentamos: ¿Quiénes sois?  De cara al público, en la ventanilla de reclamaciones, estamos los promotores

Giorgio y el arte de cocinar tortillas «Me gusta porque toca el piano», le he dicho a Sarita, la niña mayor de Virginia. A mí los chicos que me han gustado de verdad, y han sido muy muy poquitos, me han gustado porque sabían hacer algo así, muy difícil y muy bien, y además casi sin darse cuenta, dándose solo un poquito de importancia. Sarita me mira divertida. Tiene sólo catorce años. Es encantadora. A su lado, incluso su madre

«Mal». Temía que contestara algo así en cuanto apareciéramos por la puerta, al preguntarle qué tal. Iba con Virginia; estaba escribiendo un artículo sobre la gentrificación del barrio de la Latina, «le sacas, que le vendrá bien, y yo te hago las fotos, que también me vendrá bien». Había aceptado, claro. Virginia siempre dice que sí cuando se trata de echar una mano. Es una histérica de manual que además es buena gente, «No me explico cómo no tengo novio», dice,

A G., que piensa de verdad que el cine está sobrevalorado. Cuando he llegado, Rita estaba regando las plantas. Ha conseguido colocar unas cuantas macetitas en el patio de su casa, que no es, por otra parte, muy grande, apenas unos ocho o nueve metros, una habitación sin techo. Su logro respecto a este espacio ha sido crear un lugar acogedor en torno a las no sé si son petunias, geranios, el aloe vera. Contiene también un aguacate espectacular, majestuoso. El patio se le parece, de

Iba andando por la calle, pensando en C., en cómo me sonríe cuando le cuento cualquier bobada; me mira de esa manera y es con un chute, me activa, me anima, me hace a mí reír, contar lo que sea que quiere que le cuente mejor, poniéndole detalles que acaso maquille un poco para que le gusten más todavía, para hacerle feliz. Se le ve disfrutar tanto. Y se pone tan guapo. Sabe que me gusta, pero no lo sabe

Cuando he llegado Virginia estaba echando espumarajos por la boca: «…una pija gilipollas del barrio de Salamanca. Dependiente emocional, ¡y lesbiana!». «Mujer, qué tendrá que ver que fuera lesbiana», le decía Rita, sin convicción ninguna, ya debía llevar con ella un buen rato; empezaba a notársele el cansancio. «Pues que lo utilizaba, para no estar sola, tener compañía; le llevaba por ahí de viaje, a sitios carísimos y paradisíacos…». En ese punto se le ha quebrado la voz,  se ha puesto a llorar

El viento de la gracia. Una borrachera de Virginia A John Wayne Pues regular. O mal. Qué pregunta. Lo he pensado, no se lo he dicho. Lo que le he dicho ha sido: «Despacio». Porque también tengo que ser graciosa. Perfecta y graciosa —divertida; así no suena a payasa— y además estar guapísima y feliz. Detesto que me lo pregunten. Detesto todas las preguntas de relleno, a todas y cada una de las mujeres que hablan por hablar. Tanta niña

Cuando he llegado había una señora muy muy loca. Quiero decir que estaba dando voces, que incluso podíamos adivinar, todos los presentes, incómodos, cansados, impacientes,  y aquello parecía que no iba a acabar nunca, gotas de saliva explotándole desde la boca hacia el mostrador, tal vez alguna haciendo diana en el funcionario de correos, abrumado, acorralado. «Ya le digo que lo tiene que hacer el director de la oficina, y no lo ha hecho, y ahora ya no está». El

Había un montón de chiquillos en el parque. Gritaban como si no hubiera un mañana. Por qué gritarán tanto los niños, a quién. Será que necesitan que sepamos que están ahí, alcanzarnos con sus voces al resto. Para qué. Quería levantarme y decírselo. «Si seguís chillando de esa manera…». Qué. Me mirarían pensando nada, notando que no es normal que una extraña se levante para decirles algo así. Luego buscarían a sus padres con la mirada, se acordarían de ellos,

«Yo he pasado muchísima hambre, no te haces una idea. El hambre era lo peor. Y las palizas, mi padre ya me dio alguna, se ponía muy nervioso, como bebía, y atemaba contra mí. Y luego esta bestia, que menos mal que se está muriendo ya, ahora sí que lo está pasando mal, lo está castigando bien Dios nuestro señor, cómo se retuerce en la cama donde se va a morir; qué malo ha sido, muchacha, qué malo, hasta un