Archivo de Autor - Marisol Rodríguez Robledo

Sueño Mi oficio, mi vida, consiste en sobrevivir; y aunque es difícil yo sé que puedo. Porque yo vuelo. Deslizarse sobre todo y sobre todos. Sentir cómo fluye mi entorno. Y prestarle la atención justa, necesaria. Comprender qué seres  son amables,  compañeros,  aliados, o enemigos, peligrosos, adversarios. Un error de juicio puede ser fatal, puede convertir mi supervivencia en mi aniquilación, costarme la vida. Todo alrededor es azul, más claro, más intenso o más oscuro. Es en este último donde

Mibelán Su forma es ambigua porque no para de cambiar. Muchos ven en él algo hermoso, bueno. Otros, algo dañino. Así de formidable es esta criatura. Mibelán es etéreo. Es al atardecer cuando se le puede observar. Se extiende en el cielo de tal manera que los rayos del sol le hacen parecer una estrella. Es mutante y, a veces, se eleva difuminándose en las alturas despejadas para crear hermosos contrastes, sombras y rayos de luz asomándose por sus extremos

Nuestra realidad es conocida solo como un mito Mito común a todas las culturas y tiempos desde que se tiene memoria, desde que existen escritos o leyendas. Cuando se vive y la vida no se agota, sino que se expande como el universo, la sensibilidad no se apaga como algunos creen, se amplía en incontables matices, inimaginables, geniales, pero también aterradores. Tanta experiencia, incluso para la mente más sencilla, modifica el carácter, la esencia misma de la persona. La objetividad

Las vi al pasar. De niña tenía muchas; a mí me gustaba más el Scalextric que tenían mis primos. Creo que casi cada año, el regalo de Reyes eran muñecas, nunca unos coches que corrían en un circuito con mando a distancia. También me gustaban los trenes eléctricos aunque no hicieran nada más que dar vueltas en círculo, igual que aquellos coches. Y otra muñeca. No digo que no jugara con ellas. Pero no conservo ninguna y no me importa. Recuerdo a

Al oír cómo me llamaba pensé que esa señora se había equivocado. Pero me estaba mirando directamente a mí, sin lugar a dudas. A mí. Esperando que reconociese un error, mantuve su mirada. Pero ella siguió acercándose, me miraba con ternura. Qué extraño. —¿Te acuerdas de mí? —me preguntó, sonriendo. Y al escuchar de nuevo su voz recordé. Debía de tener más o menos 8 años. Mi madre me enviaba de vez en cuando a lo que llamaba «hacer recados», y que

Iluminada Cuando el camión entró en la plaza lleno de cajas cerradas nadie podía imaginar la repercusión que tendría; nadie le prestó atención. Discreto, más grande que pequeño, sin publicidad de productos ni colores vistosos. Pasó desapercibido. Era esta una plaza gris, anodina, nada de edificios hermosos o, al menos, peculiares. Sus vecinos estaban tan acostumbrados a esa fealdad industrial que ya no se daban cuenta de que estaba muy lejos de resultar un lugar acogedor. Se habían acostumbrado. La

Nhung ayuda por las tardes en el arrozal, pero aún es una niña y, de vez en cuando, mientras regresan a casa, se esconde entre las plantas que bordean el camino, o se sube a un árbol hasta que su madre, tras llamarla sin obtener respuesta, se gira y comienza a enfadarse porque está cansada del largo día de trabajo y, también, del mismo juego. La niña no sospecha la verdadera razón del enfado de su madre. Hoy se ha

Matices Cuando le conocí pensé que olía a hierbabuena. Recordé un té delicioso y aromático. Su sonrisa disparó mi imaginación; su carácter, una alarma. Ojalá me hubiera equivocado. Estaba disfrutando de mi soledad cuando unas frases acertadas llamaron mi atención sobre aquel segundo aroma. Era algo intenso; sin darme cuenta me mostré más receptiva, y él entonces me prestó más atención. Era como chocolate. El que me gusta de verdad es el que apenas tiene mezclas, el oscuro. Y resultó

Un día cualquiera Al abrir esta mañana una ventana algo se movió en una esquina. Era una araña recia que de ninguna manera podía asociar a una criatura más indefensa que yo. Me quedé parada y ella también. Diría que nos estábamos mirando si hubiera sabido dónde encontrar sus ojos. Quizá nos mediamos. Decidí expulsarla y se resistió, pero tras un momento de lucha conseguí que se largara. A veces, cuando me despierto, mi mirada relajada cree ver algo en