Archivo de Autor - Raquel Blanco

«Volaba como antiguamente: sabiendo hacia dónde» No sé si les ha pasado, que les hayan roto el corazón alguna vez. A mí sí. Una vez y media. La vez entera quedó destrozado, y les voy a contar por qué, faltaría más, por si hay alguien tan cabezota como yo por aquel entonces al otro lado, y además me está leyendo: me pasó porque no quería que me pasara, me negaba a aceptarlo. Hacerlo suponía aceptar que no estaba en mi

Algunas consideraciones sobre la viabilidad y honestidad de algunos proyectos tipo librería Ayer, de camino a la Alberti, disfrutando de otra de las mañanas que el otoño de Madrid le está robando a la primavera del año que viene, con total impunidad, cómo no se va a poner una cursi, bajo este cielo, pensaba, dejándome contagiar por el buen tiempo y de los mejores presentimientos, en cómo una librería como esta ha conseguido permanecer, hacerse incluso más fuerte, convertirse en toda una

Retomamos donde lo dejamos la serie sobre librerías y sus gentes. Fotógrafo y redactora nos acercamos para charlar con la librera Viviana hasta Trafiantes de sueños (en la calle Duque de alba, cerquita del mercado de la cebada, Tirso de Molina), una de las librerías con más personalidad de la capital, con un fondo —también nos referimos a los libros aquí— claro, contundente, generoso.

«La literatura de Cristóbal Serra es una locura…» Hace unas semanas, en una de esas en que editor y distribuidora se reúnen para planear cómo dominar el mundo, fue cuando salió el «…y vamos a publicar un libro sobre Cristóbal Serra, que es algo que me apetecía mucho». El «me apetecía mucho», yo les traduzco, es la manera que tiene Juanjo, editor de Polibea, de decirme, de forma simpática, digamos, que me va a enviar uno de esos libros que

Estoy aprendiendo a patinar. El domingo pasado, primer intento. Según me caía la primera vez, con cierto estrépito y mucho más miedo que vergüenza, la edad de una es lo que tiene, importa más el dolor que el qué dirán, en fin, me dio por pensar, durante esos largos segundos que tardó mi culete en estrellarse contra el suelo, como cuando se va a morir alguien y se dice que ocurre esto, que toda tu vida pasa ante tus ojos,

Una de las mejores cosas de este trabajo, sin duda, se da cuando hablas con las libreras o los libreros que además leen y disfrutan los libros. Todos los que trabajamos con librerías, o acudimos a ellas con cierta frecuencia para comprar o interesarnos por algún título, acabamos yendo justo a aquellas donde sabemos que hay alguien que, como nosotras, busca en los libros acaso alguna respuesta, o un refugio, un disfrutar sin más de una buena lectura, desconectar del

La primera parte del título se lo dedicamos a un librero de Zaragoza que, sabemos, por esta anécdota recurrente, que no se lee nada más que los titulares (no es un reproche; te entendemos, Paco, esta redactora puede ser muy aburrida, a poco que se ponga) de modo que cada vez (y ya van…) que lee «Cerramos», nos llama, alarmado, «Raquel, qué me dices, qué ocurre». «Nada, Paco, si es lo de todos los años, que nos vamos unos días

Desde que leyera ayer en el Babelia, en la página 3, en un texto cuyo título me gustó tanto que me lo he quedado para este editorial, que «La realidad es que un solo 2% (de autores) puede vivir de la literatura», no hago más que pensar en ti, digo, en el artículo o, más exacto: en el concepto «autor». Porque a qué se refiere aquí la periodista. ¿Qué es un «autor»? ¿El que lo pretende? Porque si es así,

Cuando se nace en una casa donde no hay libros, referentes, dónde se buscan. Recuerdo mis primeras lecturas como un totum revolutum, desordenadas, inconexas. Buscaba los libros en las estanterías de otros, en la escuela, en la casa del cura. Como a mí no me gustaba ir a misa, y mi madre, además, tuvo siempre la prudencia de no obligarme a que lo hiciera, me refugiaba allí a esperar a que salieran mis amigas. Los curas eran generosos; tal vez alguno

  Hay libreros y libreros. Y luego está Xavi, de librería Nollegiu. Nuestra última conversación, hace unos días, empezó así: —Xavi, qué tal. Oye, que te llamo porque tengo ya el libro de Atxaga, no sé si viste, te lo tengo que enviar. Me corta: —¡Ya lo tengo! Fui a Casa Usher, lo vi, y me lo compré. Te lo iba a pedir para la librería. Tengo que pedirte un montón de cosas… —Pero cómo que te lo has comprado —le