Archivo de Autor - Raquel Blanco

Sobre algún pecado y lo difícil que es dar las gracias sin quedar demasiado moñas Esta quincena, como me han dicho ya dos libreros —a los que además les tengo aprecio sincero, que esto es lo que tiene, que une mucho—  que parece que estoy enfadadísima, me había propuesto contar nada más que cosas buenas, porque no lo estoy, digo, enfadada, todo lo contrario… pero no me va a salir, estoy viendo, según me he sentado a mi mesa, lo

De cuando El Maligno es tan torpe que es mucho peor. Y de sus estragos La primera vez que alguien me habló del principio «ganar/ganar» no entendí nada; lo hizo un hombre que me hacía regalos carísimos con cierta frecuencia y con el que no podía comunicarme apenas. «Busco el win win», me decía, en inglés, para más inri. Y yo no veía más que pérdidas por todas partes, nadie parecía contento, ni él —jamás le escuché una buena carcajada— ni

O de cómo se le quintan a una las ganas de plantar narcisos Es una exageración; hemos descubierto que este tipo de titulares hacen que hagáis más clicks, que nos leáis más (no sé si mejor). En realidad, no es para tanto. Pero sí que es verdad que a veces pasa, digo, lo de los narcisos. Cuando empecé a trabajar con los libreros hablé horas y horas con ellos, por teléfono y en persona. Una vez, incluso, un librero me invitó

Nací en un tonel al fondo de un granero de heno; la luz caía sobre mis párpados cerrados de manera que los ocho primeros días todo me pareció color de rosa . No me gustan. Nada. Me gustaría decir que yo a ellos tampoco, ocurre que ni eso me conceden; en el mejor de los casos, les soy indiferente; en el peor, me adoran. No he conocido, en toda mi vida, a un solo gato que me odie, que me deteste

«No sé cómo te gustan mis artículos, que escribo sin ganas y a la fuerza, en el último minuto porque me hace falta el dinero…» [Carmen Laforet a Elena Fortún entre mayo y junio de 1951.] Contar —bien, con cierto detalle— cómo es una librería, quién la regenta, qué tipo de libro puedes encontrar en sus estantes, etc., en menos de cuatro mil palabras, tiene una cierta complicación. Lo sé porque lo he intentado ya unas cuantas veces, sospecho que

Mafalda llegaría algo más tarde. Para quedarse. Las niñas íbamos a empezar a reparar en un montón de cuestiones de las que no habíamos tenido siquiera una mínima sospecha: el hambre, el feminismo, las guerras, la economía mundial, la política, qué está bien, qué mal, qué quería decir la palabra inocencia.

«No tiene un nombre glamouroso, una etiqueta que se pueda poner de moda. No tiene el atractivo de la novedad, son cosas que hemos oído una y otra vez. Conocerse, actuar con honestidad… Pero lo complicado no es oírlo, ni entenderlo, cosas así se escuchan constantemente. Lo complicado es aplicarlo en tu propia vida y hacerse consciente de que la clave está en la responsabilidad personal». 1 Llegar a la sede de Continta me tienes tuvo una cierta complicación. Anoté

Alain Badiou en diálogo con Nicolas Truong en Elogio del teatro  «Tienes entre tus manos una preciosa oportunidad: dos franceses van a contarte, como si estuvieras con ellos una cálida tarde de verano a orillas del Ródno, acerca del teatro Dónde nació, a qué peligros se ha enfrentado, cuáles son sus poderes mágicos y qué efectos produce en aquellos que los prueban». María Folguera en el prólogo a Elogio del teatro. Fuimos a la librería —La Central del Reina Sofía, otra vez; va a ser

Y en cuanto a mí, he decidido tomar cartas en el asunto por el bien de la justicia literaria. Admito que a veces fabulo un poco, pero qué le voy a hacer si mi oficio es el de fabular. Dubravka Ugresic en Gracias por no leer (La fábrica, 2004) Recuerdo cuando Enrique García Ballesteros, coeditor de Recalcitrantes, librero, escritor, mejor lector, camarero, historiador, pesimista implacable, y qué sé yo,, lo tienen todo aquí, me contó que Noelia Adánez y él

La literatura nos permite fingir, cambiar de identidad  Madrid, en coche, es un infierno: accidentes, estridencias, frenazos, una casi absoluta falta de educación, conductores —y conductoras, ay— endemoniados, poseídos, ahítos de una agresividad peligrosísima, incontenida, de unas ganas de dar mal, de imponerse, que darían, si una no fuera en el fondo una inconsciente, un miedo como para no salir a la calle más que en bici, a la porra los libros, que los carguen otros, no saldré nada más