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Bernardo Atxaga, la literatura y la generosidad. Y sobre cómo hacer buenos negocios.

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Algunas consideraciones sobre la viabilidad y honestidad de algunos proyectos tipo librería

Ayer, de camino a la Alberti, disfrutando de otra de las mañanas que el otoño de Madrid le está robando a la primavera del año que viene, con total impunidad, cómo no se va a poner una cursi, bajo este cielo, pensaba, dejándome contagiar por el buen tiempo y de los mejores presentimientos, en cómo una librería como esta ha conseguido permanecer, hacerse incluso más fuerte, convertirse en toda una institución a lo largo de todos estos años, más de cuarenta ya, y sumando. Qué es lo que hace esta librera que no han sabido hacer otras y otros que intentan hacerse un hueco, consolidarse… y que acaban cerrando, al cabo; cuál es el acierto de Lola Larumbe, qué es lo que ha hecho con esta librería y cómo, a ver.

Y me acordé, era inevitable, de camino como iba a un encuentro con Bernardo Atxaga, nada menos, y sus lectores, de una conversación bastante triste que mantuve por teléfono con otra librera estos días de atrás. Digo bastante triste porque me dejó hecha polvo, de tanto como me enfadó. Les había llamado tras andar dándole vueltas a cómo podíamos echarles un cable para que tuvieran más visibilidad. Habíamos ido ya a algún acto organizado por los editores con los que trabajo, y ni uno, pero ni  uno, había resultado: tres o cuatro personas, a lo sumo, amigos y conocidos y familiares de autores y editores, en cada una de las ocasiones. Nada más. Por no ir, no había ido ni el Tato, que debe ser un señor que acude a todos los saraos… Yo eché una mano como pude haciendo fotos; «Que parezca que hay más gente», me decía otra de las libreras, con mucho arte y desparpajo. Pero qué horror. Presentaciones de libros de escritores poco conocidos; compiten, en una ciudad como Madrid, con ochenta convocatorias más o menos iguales y con las dos o tres que de verdad tienen capacidad y oficio para promocionarse y llegar a la gente que importa, la que tiene interés real, curiosidad, y que, además, compra libros para leérselos. Es casi imposible, en fin, triunfar en una plaza como esta, muy complicado.

Así, que me puse a pensar en cómo podíamos ayudar a estas libreras. Y se me ocurrió, en un alarde de originalidad sin precedentes, rescatar un formato con el que hemos triunfado en varias ocasiones, la primera, y más multitudinaria, invitadas —invitadas, digo, sí— por Enclave de libros, otra de esas librerías que nos jubilarán a todas, tan bien como entiendo que están haciendo las cosas, no sólo por su capacidad de convocatoria, sino también.

Resumo la conversación, tristísima, decía, por no hacerlo muy —o más— farragoso: llamo para contarles qué se me ha ocurrido, me coge el teléfono una librera que puede que estuviera enfadada, quemada, triste o simplemente de mal humor o, por qué no, muy feliz de la vida pero contrariada al tener que hablar conmigo porque le caigo fatal. Qué sé yo. El caso es que, aparte del poco entusiasmo con el que me recibió*), me dijo algo que me desarmó, porque no tenía ni idea: «Son 80 euros [voy a ponerlo otra vez y en negrita: 80 euros] por acto si no conseguís vender 30 libros». Cristobendito. No recuerdo qué acerté a contestar, algo como un balbuceo, tal vez tartamudeé, no tenía ni la menor idea, ninguno de los editores me había contado nada, entendí en ese momento que por el apoyo que en redes y demás les estábamos dando, semana sí semana también, pensando que yo estaba de acuerdo y sabía sobre esta práctica, como les había incluso animado en alguna ocasión a acudir a ellas… Y la puntilla, tras mi entiendo que perceptible disgusto y decepción: «Es mejor que pienses en otro tipo de librerías, más pequeñas». Y esto, no sé si sale, lo dejó caer con una especie de desprecio desganado, de clasismo rancio, que yo no sé. De verdad que no lo sé.

Enfadarse desgasta muchísimo. No lo hagan.

En su lugar, vayan a la Librería Rafael Alberti (Plaza de España. Calle Tutor, 57), a Librería Lé (Cuzco. Paseo de la Castellana, 154), a Enclave de libros (Tirso de Molina. Calle Relatores, 16), Traficantes de sueños (La Latina, Calle del Duque de Alba, 13)… Por citar solo algunas de estas «pequeñas» —pequeñas, dijo— librerías de Madrid que no cobran, entiendo, porque su negocio no es ése. «Librerías pequeñas» —pequeñas, dijo, ay, mi madre— todas ellas, cualquiera de las cuatro, llevan años y años en esto, y los que les quedan y nosotras que lo veamos y lo podamos seguir celebrando. Incluyo a Lé porque, aunque lleva menos años, es que es enorme, es como seis veces la librería de ese otro tipo, la de los 80 euros por acto al editor currito en cuyo proyecto no creen (ojo, no al espectador, como hacen —y yo aplaudo, los contenidos son así de interesantes, es pecado ir y no contribuir de algún modo si luego no te compras el libro— en Nollegiu, Barcelona), pero al que no tienen ningún tipo de reparo a la hora de cobrarles por ¿alquilar el espacio? ¿a eso se reduce su contribución? «Que no lo llamen librería», me decía un librero de los de toda la vida de Dios con el que me acabé desahogando, «es otro negociado…».

Hay en Madrid, en fin, muchísimas librerías que no cobran a los editores encima por ir allí a presentar sus libros, librerías que eligen, eso también, con total independencia, qué tipo de actos acogen y promueven. Porque no cobran por ello: Café Molar, Librería Muga, Venir a cuento, Librería Burma, Librería Jarcha, Libros de Arena… Y me dejaré muchas. Es igual: escribidme y las incluyo. Ya voy con prisa, que tengo que dar de comer a mi hija, es domingo y nos quedamos a comer en casa.

La cosa es que iba pensando en todo esto cuando llegué a la librería de Lola Larumbe. Qué bonita es esa librería. Ya estaba allí Bernardo Atxaga; luego nos contaría que suele llegar una hora u hora y media antes a los sitios, se había pegado un señor madrugón para estar en lo de Eñe, «No podemos dejar que la política lo sepulte todo», esa misma mañana, y luego en la librería para presentar su Horas extras (Hurtado&Ortega, 2017) a la parroquia de la Alberti. En esta ocasión no vino mucha gente. En esta ocasión, tampoco nos importó.

Os invito (ahora ya os trato de tú…) a que escuchéis el audio.

Dejo también algunas fotos; os podéis quedar con las que os gusten, si lo hace alguna. Gracias por llegar hasta aquí.

Lola recordaba a Atxaga que fue con él con el que se inauguraron los «Encuentros en la Alberti», hace ahora 15 años… En la foto está enseñándole una instantánea de aquel primer encuentro. A la derecha, Jesús Marchamalo, que hizo —fenomenal, como siempre— de maestro de ceremonias.

1 Comentario

  1. […] y por si el domingo pasado no hice aún suficientes amigos, os voy a decir algo, ya hablándoos de tú, como una madre: yo […]

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