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Buscando a Bobby McGee [por Eduardo Izquierdo]

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En 1969, Kris Kristofferson y Fred Luther Foster componen una canción titulada Me and Bobby McGee que el cantante de música country Roger Miller convirtió en número 12 de las listas de country de junio de 1965. Aunque fue la versión de Janis Joplin la que ha pasado a la historia convirtiendo la canción en legendaria. El 5 de septiembre de 1970, la cantante de Port Arthur grabó su adaptación, que acabaría formando parte del que sería su disco póstumo, Pearl. Y es que Joplin fallecía de una sobredosis de heroína apenas un mes después, el 4 de octubre.

Kristofferson, por supuesto, también grabó la canción. Lo hizo poco antes, a finales de 1969, para su primer álbum, pero tuvo poca repercusión. Aprovechando el rebufo del éxito de Janis, el disco se reeditó en 1971 con el título de la canción.

«Definitivamente expresaba la idea de que la libertad es una espada de doble filo. A menos que hayas perdido todo – y, por cierto, yo no lo he perdido todo – no eres libre».
(Kris Kristofferson, The Austin Chronicle)

Me and Bobby Mcgee

Ni siquiera recuerdo como llegué a Baton Rouge. Me pasaba en muchas ocasiones. Despertaba en un lugar y por mucho que me esforzara no lograba entender la manera en que mis huesos habían ido a parar allí. Quizá la explicación estaba en las ingentes cantidades de alcohol que llevaba metiéndome entre pecho y espalda desde el día en que conocí a Bobby. Llevábamos tiempo juntos pero tampoco sabría decir cuánto. Lo que sí tengo claro es que la conocí en una sucia mina de carbón de Kentucky. Mi sueño de convertirme en un buscador de oro había finalizado con las manos manchadas de negro y los pulmones cargados por el polvo del carbón. Bobby no era alguien más. Era fácil darse cuenta. No en vano había engañado a todos los capataces de la mina recogiendo su pelo bajo un sombrero y haciéndose pasar por un hombre para conseguir aquel trabajo. Llevaba años haciéndolo. Ser la menor de cuatro hermanos le había ayudado a saber sobrevivir y esa era una manera de hacerlo.

Recuerdo las noches alrededor del fuego, después de los duros días de trabajo. Cogía su armónica, se recostaba en cuatro mantas que solía apilar cuidadosamente cada noche y tocaba. Siempre quise saber qué canciones eran aquellas que iluminaban la esperanza de nuestras noches en Kentucky. Hacía frío pero la hoguera y la armónica de Bobby te hacían sentir como si aquel sucio suelo fuera tu hogar. Y eso no era fácil de conseguir. Nunca fui capaz de descubrir el nombre de ninguna. Cuando le preguntaba Bobby se limitaba a decir: «Esto es un viejo blues, hermano» y seguía adelante ajena a la atención que había despertado en mí. Dormirse con el sonido de aquella armónica valía por cada duro día de trabajo. Quizá por eso no lo dudé ni un instante cuando Bobby me ofreció acompañarle. Aquel no era nuestro lugar o eso decía ella. El futuro estaba en California aunque para llegar allí fuera necesario cruzar prácticamente todo el país. O incluso más. Porque Bobby había decidido que sería mucho más divertido ir por la Costa. Por eso bajamos hasta Louisiana y por eso habíamos acabado en Baton Rouge aunque insisto, no recuerdo ningún detalle de la manera.

Estaba a punto de llover. Los vagabundos solían contar que era muy fácil subirse a un tren en marcha y más aún en la estación de Baton Rouge. Allí aminoraban la velocidad y cuando volvían a cogerla, sus largos andenes hacían que con una simple carrera consiguieras tu billete barato hasta el siguiente apeadero. Pero aquella noche no parecía que ningún tren estuviera dispuesto a pasar por allí. Las nubes caían sobre la ciudad y el viento amenazaba con hacer explotar la tormenta en cualquier momento. Aquella maldita estación había perdido su techo hacía años con lo que las posibilidades de acabar como una sopa aumentaban con el paso de los minutos. Bobby silbaba. Siempre lo hacía cuando pensaba. «Vamos a buscar la 61», dijo. Y sin tan siquiera esperar a que me pusiera a andar detrás suyo dejó la estación atrás y tomó la carretera que corría paralela a las vías. La autopista 61 era una de las más conocidas del país. Recorría varios estados de sur a norte. De Louisiana a Minnesota. Por eso no entendía muy bien por qué había que coger ese camino para llegar a California. Pero creía en Bobby ciegamente y no dudé en seguir sus pasos. Lo que no sabía es que, además, había acabado por enamorarme de ella.

En el preciso momento en que las primeras gotas de lluvia empezaban a caer, Bobby consiguió parar un camión que aceptó acercarnos a Nueva Orleans. La lluvia arreciaba con violencia y se me ocurrió sacar la armónica que Bobby me había regalado hacía unos meses. Era mi tesoro más preciado y por eso solía llevarla envuelto en un pañuelo rojo. Soplé. Tal y como ella me había enseñado. Los limpiaparabrisas parecían seguir el ritmo de mi canción y Bobby agarró mi mano. Por primera vez, un gesto amable, una muestra de cariño. Suficiente para mí. Sin soltarme Bobby empezó a cantar y el camionero inició un movimiento de cabeza que parecía demostrar que le gustaba lo que oía. Nueva Orleans estaba aún lejos. Durante horas jugamos a cantar las canciones que nuestro sobrevenido chofer no solicitaba. Cuando la noche y la tormenta apaciguaron su presencia, Bobby yacía recostada en mi hombro mientras mi cabeza repiqueteaba apoyada en el cristal de la ventanilla. «Fin de trayecto» anunció el conductor.

Sin apenas darnos cuenta y enlazando interestatales conseguimos enganchar la 66 en Kansas. Cuando llegamos allí, Bobby y yo ya éramos mucho más que amigos. El Midwest nos sentó bien. De maravilla. Éramos libres, como siempre habíamos soñado. Y con eso nos sobraba. Fue fantástico pasear por el estado del Girasol y sus campos de trigo. El estado del pueblo de los vientos del sur. Vientos de paz para mí y Bobby McGee.


Este fragmento pertenece al primer capítulo de Canciones que nunca escribí, de Eduardo Izquierdo, editado por Lupercalia. Puede comprarlo en nuestra red de librerías.

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