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«Calles de Barcelona» [Aitor Romero]

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Hay muchas formas de caer. Se puede incluso estar cayendo sin ser plenamente consciente de ello. También puede uno arrojarse al abismo sin darse cuenta de nada. No hay nada especialmente dramático en eso. Godard, el cineasta, decía que para hacer una película basta con tener una chica y una pistola. Es posible que para escribir una historia sea sufciente con tener a una persona que ha saltado al vacío, sin prestar demasiada atención al decorado y al ruido de fondo. Luego uno se limita a describir los pormenores de la trayectoria, pues no hay dos caídas iguales y sin embargo todas hablan de lo mismo. Uno de los camaradas de Godard en aquella extraña aventura que fue la nouvelle vague dijo que el que salta al abismo no necesita dar explicaciones. Salta y ya. Creo que todo esto engarza con lo que se pregunta Cortázar al inicio del capítulo 73 de Rayuela: Sí, pero quién nos curará del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huechette. Vaya uno a saber. Supongo que lo verdaderamente importante es que nunca llegaremos a tener sufciente dinero como para estar completa-mente a salvo. Y no creo que nadie venga a rescatar-nos. Así que tendremos que aguantar y componer la historia con lo poco que tenemos: un hombre que se arroja por el precipicio simbólico de la vida o que ya está en plena caída cuando entramos en el cine. Eso es todo. Eso es al menos lo esencial, por decirlo así. Después él (aceptemos que se llama Unai) empieza a huir, mientras adquiere conciencia de todo por el camino, y decide llegar hasta el fnal. Lo demás brota de la propia escritura de forma casi accidental.

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Al principio Unai Guerrero tiene 29 años y ha llegado a la conclusión —nada dolorosa, por cierto— de que todo le da igual. Vive en Barcelona y acaba de quedarse sin trabajo, en un lugar y en una época en que encontrar un empleo no parece sencillo. Aun así tampoco puede decirse que haga demasiado por revertir la tendencia general. Por lo que dicen en la televisión y en los periódicos puede deducirse que Europa se está viniendo defnitivamente abajo y ahora sí que ya no hay forma humana de disimularlo. En España la población se divide entre aquellos cuyo enfado les hace estar dispuestos a casi todo y aquellos cuya resignación hacia esta nueva fatalidad histórica les hace permanecer pasivos. Por un momento parece que todo va estallar. Pero, como casi siempre, los resignados son mucho más numerosos que los indignados y, en un giro absolutamente hispánico, al fnal no ocurre absolutamente nada. El mes de junio arriba a sus últimos días, el verano hace su entrada triunfal, y al llegar el calor, como escribe el poeta, ya todo da lo mismo.

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El cine y la literatura pulp de los años ochenta y principios de los noventa fueron fértiles en ficciones postapocalípticas. Hubo una cierta atracción pop hacia una estética que representaba la realidad como una única capa urbana perteneciente a un suburbio, por ejemplo de Detroit: aterritorial, en permanente estado de abandono y nocturna. El suburbio del mundo. O como grandes espacios desolados, como si los desiertos hubieran ido avanzando de manera imparable hasta devorar el resto del mundo para convertirlo todo en un paisaje lunar, con algún edifcio en ruinas como último testigo arquitectónico de un pasado glorioso. Los paisajes del desánimo. Como proclamaba la archiconocida sentencia del amanecer punk londinense: el futuro no tiene porvenir. Habíamos alcanzado la sabiduría y la desesperanza a la vez, aunque probablemente ambas cosas sean pedazos de una misma verdad. Lo único que quedaba era esperar a que aparecieran los androides, los replicantes, el gobierno de las corporaciones o un renacimiento de los clanes y, por supuesto, los coches voladores. Pero la pesadilla cyberpunk se diluyó sin que nadie levantara la voz cuando empezaron a almacenar nuestras vidas en bases de datos. Es más: descubrimos que lo amábamos. Curiosamente ahora son muchas las películas que ponen todos los medios en narrar su propia versión del Apocalipsis ecológico, ya sea en forma de tsunami o de meteorito. Nuestra época mira al futuro con terror bíblico. Sin embargo, todo indica que el Apocalipsis acabará instalándose de manera gradual sin que nadie se dé cuenta. Si es que no ha llegado ya y llevamos años –tal vez décadas, sabe Dios cuánto– viviendo en el futuro. Un futuro parecido al que describían las pesadillas de Philip K. Dick o de Aldous Huxley (no ha hecho falta que nadie quemara los libros, simplemente hemos dejado de leerlos), pero acristalado y sin coches voladores. Así es: por algún motivo que ignoramos, los coches que avanzan levitando no llegarán nunca.

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Hacía tiempo que había relajado los músculos para dejar de fngir y eso, a la larga, es fatal. La reunión que precedió a su despido transcurrió en todo momento por cauces disparatados y correctos. Tuvo lugar a media mañana. Unai estaba sentado en su puesto de trabajo cuando llamaron a su teléfono para indicarle 4que pasara a una de esas salas asépticas donde ahora se celebran los sacrifcios rituales de los que hoy en día, en un exceso retórico, en lugar de empleados suelen llamar colaboradores. En la sala le esperaba su jefa, sentado a su lado un adlátere de probada lealtad. La reunión se desarrolló al principio con normalidad. Su jefa realizó una defensa encendida de los valores que inspiran a la compañía. Nombró el rigor. Exaltó el compromiso. Loó al cliente. Y todo lo que se espera de cualquiera que ocupe un cargo de mínima responsabilidad hoy en día, es decir: adhesión inquebrantable. Esto duró alrededor de seis minutos en los que Unai no dijo nada. Simplemente miró al frente, aunque en realidad había vaciado la mirada y la mente. Y por un momento pensó: todo es naufragio. El adlátere acompañaba todas las sentencias con graves movimientos de cabeza que sin duda resaltaban y hasta multiplicaban el signifcado de las palabras que allí se pronunciaban. Tras la épica corporativa pasaron a hablar de su situación particular, que era el principal motivo de la reunión, lo otro no dejaba de ser un preludio, una liturgia que antecede a toda sustancia. Entre los dos (estaban tan sincronizados que a Unai le pareció imposible que toda la puesta en escena surgiera de la pura improvisación) le expresaron su decepción por el dramático descenso de rendimiento que dijeron apreciar en su desempeño profesional. Hablaron de motivación y de desmotivación, que para el caso es lo mismo. Unai comprendió que con un lento movimiento, casi imperceptible, pero invariable, había ido alejándose de los márgenes de la aceptabilidad. El discurso rebotaba en la blancura inmaculada de las paredes y la mesa. Hacía calor. La desnudez de la sala, junto con la histérica minuciosidad con que el adlátere ejecutaba sus movimientos, mientras registraba todo cuanto se decía en un cuaderno de hojas rayadas, empezaron a exasperarle. Por un momento Unai pensó que la luz era excesiva, que el adlátere era un ciborg, que el desastre es un imán o un punto de fuga. Y sintió angustia. Cuando le llegó el turno de hablar no dijo nada. O dijo cosas insustanciales que es otra manera de no decir nada cuando ya no queda más remedio que hablar. Durante un segundo sopesó la idea de realizar un gesto contundente y sorpresivo para recuperar la iniciativa frente a sus interlocutores y así dejarles completamente pasmados. Pensó en esos altos ejecutivos franceses que se suicidaban en público en las reuniones del comité ejecutivo de bancos gigantescos. Suicidios simbólicos, sacrifcios humanos en aras de no sé sabe muy bien qué. Naturalmente no hizo nada. Simplemente se dejó golpear sin oponer resistencia. Lo que sucedió a continuación es confuso. Sintió cierto malestar físico y lentamente el malestar fue colonizando todo su pensamiento. Durante un breve periodo, imposible de precisar, se alejó de la sala donde estaba sentado con las manos sobre las rodillas y la homilía corporativa se fue diluyendo como un rumor en la distancia. Progresivamente lasdos fguras que estaban frente a él se volvieron diminutas. Tuvo la sensación de estar mirando por unos prismáticos al revés. Al fondo: dos gusanillos unidimensionales, dos flamentos retorciéndose de dolor o de asco en el infnito. Inevitablemente pensó: me he vuelto loco. Al recuperar la percepción habitual del mundo, estaba desconcertado. Entonces las escenas empezaron a fuir en un silencio perfecto y a toda velocidad, como si estuviera asistiendo a la proyección de una película muda y él fuera un mero espectador, en lugar del protagonista principal. La historia es sencilla y adolece de originalidad: Unai Guerrero frmó sin leer y sin sentir nada todos los papeles que le pusieron delante. Hubo apretones de manos. Recorrió pasillos sobre una moqueta rumorosa que parecía llegar hasta el mar. Varias personas se solidarizaron con él sin levantarse de la silla. Le invitaron a café. Le desearon suerte. Y después, como si nada, atravesó una puerta giratoria y abandonó las instalaciones de la empresa donde había trabajado los últimos cinco años de su vida. Su único trabajo serio. Su único trabajo estable.

Foto redes Deflagración


Puedes conseguir un ejemplar de Deflagración online o en cualquiera de estas librerías, donde podrás encargarlo si en ese momento no lo tienen. 

Más sobre el autor, Aitor Romero, aquí.

 

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