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Camí de Sirga [por Jerónimo Fernández Duarte]

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9788429753981-Cami-de-sirgaSirgar era el método por el que se remontaban los ríos navegables antes del vapor cuando no soplaba viento. Consistía en que un hombre o un animal remolcaban la embarcación tirando de ella por la orilla. El Ebro era navegable hasta Zaragoza hasta no hace mucho. Esta novela nos habla de esos tiempos, del último siglo de vida de la villa de Mequinenza, antes de ser sepultada por un pantano de los muchos que construyó cierto dictador que andaba por aquí. El título es uno de los mayores aciertos de la novela, puesto que él sólo ya es en sí toda una metáfora. Si desde Manrique está arraigada en nosotros la imagen del río como el curso de la vida, la sirga sería la memoria que remonta ese curso aun con gran dificultad. Es voluntad de su autor recrear calles, comercios, personas, oficios, olores, sabores, cierzos y revolcones que ya no existen, y lo hace empezando por una imagen de gran carga simbólica: la de la primera demolición, que marca el inicio de la agonía de la villa.

A partir de la decadencia, de la fantasmagoría, Moncada se remonta a los tiempos cuasi míticos de las Guerras Africanas, donde Arquímedes Quintana, patrón de laud, sirvió a las órdenes del General Prim. A partir de aquí, nos regala un buen puñado de personajes memorables, como Carlota de Torres, la viuda Salleres, Nelson y tantos otros. Por la villa pasan la prosperidad que provoca en las minas de carbón la Primera Guerra Mundial, la Dictadura de Primo de Rivera después del desastre de Marruecos, la República, la Guerra Civil y la infinita posguerra, con el eco lejano de la Segunda Guerra Mundial. Al inicio, Mequinenza parece hermanada con otras ilustres poblaciones como Comala o Macondo, o formar parte del condado de Yokanapathawapa —no buscar en los mapas—.

Es conforme se acerca en el tiempo al presente que Moncada lo maneja peor, no consigue pasar de la caricatura del Régimen, dirigida la novela tal vez a un sólo sector del público, como mandan los cánones de las historias de vencidos. No quiero con esto abrir un debate político, sino literario: no sé si es posible hablar en términos de buenos y malos sin que se resienta una obra literaria seria. Una lástima que este detalle impida que estemos ante una gran obra de la literatura de todos los tiempos. Podría haberlo sido. En vez de eso, la segunda parte —no real, la divido yo arbitrariamente— es menos evocadora que la primera. ¿Dónde desaprovecha la oportunidad Moncada? Creo que al no representar el conflicto que se abre entre Carlota de Torres, representante del franquismo rancio de mesa camilla y misa diaria, de la España —y la Catalunya— que trató de echar el freno a la Historia, y los tecnócratas que deciden construir el pantano y la central eléctrica, a caballo del Opus, pero más pragmáticos, los que de verdad desmontaron el Régimen, y no los comunistas. Está tratado de puntillas y empequeñece la visión de conjunto y, aunque no hiere de muerte a la novela —ni mucho menos, estamos ante una novela excelente— le quita el apasionante aliento con el que comenzó.

Algunas palabras sobre el autor y la lengua para concluir: Moncada es un caso curioso de escritor aragonés, de la Franja d’ Aragó, que escribe en catalán y es reclamado así por dos Comunidades y dos literaturas. Algo similar pasa con Bolaño, que aunque chileno y escritor en castellano, aquí siempre será de Blanes. Lo bueno siempre se reivindica. Escribe en un catalán occidental, sabroso, con un vocabulario rico, en especial de metáforas y equivalentes para follar, todas referidas a labores artesanas, del río o del campo —entre ellas sirgar—. No sé cómo habrá quedado en la traducción al castellano; espero que no haya perdido mucho. Es una pena que Moncada muriera demasiado pronto: teníamos —todos— un gran escritor entre nosotros. Queda esta novela que invito a leer y a disfrutar, brindando por la antigua villa de Mequinenza.

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