Inicio»Puentes»Libros que leemos»Casanova, el eterno seductor

Casanova, el eterno seductor

1
Compartidos
Pinterest Google+

El mejor elogio que le hicieron a Casanova como escritor fue negarle la autoría de sus Memorias 1 y atribuírselas a Stendhal, que las habría falsificado.

Casanova_ritrattoNo dudo de que Stendhal leyera a Casanova —las Memorias están escritas en francés— y de que sintiera simpatía por él; lo cita alguna vez en Paseos por Roma (Alianza editorial, 2007), y hay algo en la sequedad y vivacidad en el estilo que los emparenta. No obstante, el estilo de Casanova es, de tan vivaz, atropellado, y Stendhal no se atropella nunca. Si habláramos de vinos, Casanova sería un vino joven, llamativo y volátil; Stendhal un crianza con cuerpo y sabor largo. La mitad del mundo le ha negado a Casanova su pretensión de ser un escritor y la otra mitad lo admira como tal. Su último traductor se rinde a su francés nada académico, vivísimo (hablamos, por supuesto, del idioma). Fernando Savater o Félix de Azúa —autor del prólogo a la traducción— le han dedicado artículos al Casanova escritor  y personaje, Sandor Marai lo hizo protagonista, de manera por completo equivocada pero espléndida, de La amante de Bolzano y también ha protagonizado una novela de Arthur Schnitzler —que aún no he leído— y un ensayo de Stefan Zweig, Tres artistas de sus vidas. En vida, conoció a Voltaire, a Lorenzo Da Ponte, libretista de Mozart, al propio Mozart y al Príncipe de Ligne, que era tío del Conde Waldstein.

Sin embargo, el escritor está sepultado bajo su máscara. Hijo de unos actores, tuvo pólipos nasales y hemorragias hasta que su nonna lo llevó a una bruja de Murano que lo curó. Empezó pronto con las conquistas que han hecho de su apellido sinónimo de seductor , y empezó pronto con el carrusel de profesiones sin oficio que fue su vida: se hizo violinista del teatro —en una Venecia que apenas había despedido a Vivaldi— ingresó en el seminario… A los treinta y cinco años fue detenido y encarcelado en la prisión de Los Plomos. La acusación formal —aun cuando no llegó a haber juicio, se escapó antes— fue «practicar la magia». Hace poco se supo que el motivo de su encarcelamiento, en realidad, fue preparar un menage a quatre que incluía al embajador francés, un obispo y dos monjas. Los Plomos no fue la única prisión que probó; también tuvo el privilegio de pasar por otras prisiones europeas, incluyendo las de Madrid y Barcelona. Hasta Casanova, nadie se había fugado de Los Plomos; después de él, tampoco. Su fuga fue todo un acontecimiento europeo y su gran éxito literario, ya que tuvo los cojones de escribir un librito explicándola. Es inolvidable la escena en la que cuenta cómo notó el terremoto de Lisboa.

Una vez fugado, Casanova vivió la parte más brillante de su vida de país en país, de corte en corte, de cama en cama. Se especula con el hecho de que fuese agente de la masonería. El Papa Rezonnico lo nombró caballero de la Orden de la Espuela de Oro y todo fue una nube de ilusión y fantasía… hasta que participa en un duelo en Polonia y mata o hiere gravemente a su oponente. Trabajase para quien trabajase, Casanova cayó en desgracia. Volvió a Francia; un problema con un joven noble le hizo marcharse. Pasó por España. No acabó de encajar en el país de Carlos III, de quien quería obtener un puesto en la corte; sus observaciones sobre este periodo son agudísimas.

Fue a dar con sus huesos en Trieste, donde cometió la mayor de las humillaciones: enviar una carta a sus antiguos carceleros para que le dieran trabajo. Me lo imagino de pie en el puerto de Trieste, envejecido, notablemente alto —medía 1,90—, amargado, esperando la respuesta envuelto en un capote, resguardándose del inclemente viento del norte.

Cuando por fin llegó la carta y se le ofreció ser espía del Santo Tribunal, Casanova volvió a Venecia. Fue un pésimo espía a propósito, dando informes con errores de bulto y acusaciones generales que no servían de nada, así que lo despidieron. Había vivido dos años en Venecia en lo más parecido a un matrimonio que nunca tuvo con una joven veneciana. Ahora tenía que volver a buscarse la vida.

Atalanta-casanovaEncontró empleo como secretario del cardenal Aquaviva; la suerte parecía sonreírle. Se encontraba en Viena cuando el cardenal murió, dejándolo de nuevo sin trabajo, desesperado, ya viejo para ser el aventurero que había sido. El conde Waldstein, admirador del personaje, le ofreció el que sería su último empleo y el que desempeñó por más tiempo: bibliotecario del castillo que el noble tenía en Dux, Bohemia. Allí escribió Casanova sus célebres memorias, para salvarse de la tristeza y de la melancolía, para refugiarse de las burlas que le prodigaba el resto de la servidumbre, para revivir en aquel retiro checo, que uno imagina con nieve, frío, solitario, alejado de la brillantez de la vida de la corte, el mundo prodigioso de sus aventuras. Llegó a escribir 13 horas al día; podía hacerlo hasta a oscuras, habilidad que aprendió en la cárcel.

A una edad ya muy avanzada para su época, se lo llevó por delante un cáncer de vejiga. Es de suponer que sus incontables eyaculaciones le habían protegido la próstata. Apenas unas décadas después se creía que jamás había existido, que era un personaje mitológico, como Don Juan. Savater, Félix de Azúa e incluso feministas contemporáneas —que me disculpe la autora de El hombre que de verdad amaba a las mujeres, pero no recuerdo su nombre— han dicho que en verdad, Casanova fue el anti Don Juan, porque no seducía a las mujeres como trofeos o para castigarlas, sino porque las amaba a todas. Llama la atención el trato igualitario que les dispensa en sus memorias y lo poco que alardea de sus famosas proezas sexuales. Puede que le divirtiera saber que su apellido se aplica a un hombre que enamora a todas las mujeres, pero le hubiera gustado que se le recordara como escritor, me parece.


  1. Sobre las distintas ediciones en español de la obra, hemos encontrado este artículo

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *