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Zoología fragmentaria… / Zoología fragmentaire… JABALÍ NA Cuando era un jabalí mis patas se hundían prestas en el barro, en las hojas caídas, dejando huellas valientes y nerviosas. Iba detrás, peluda y dentada, olfateando restos, maravillas pululantes, muertos trozos suculentos. Feliz de revolcarme, feliz del sol y de la luna, sin saber ni oír desgracias. Mundo de atrás, de abajo, de gusanos anillados y crujientes firmamentos, labios de costras recias entre lances vespertinos. La vida era apetitosa, simple y generosa,

¡CARRETERA! Uno, dos, tres… cuatro… Uno, dos, tres… cuatro… Esta historia comienza -¡ay!- de manera muy vulgar, demasiado corriente. Un tipo de cuarenta y bastantes años se queda en paro. Tras un largo periodo de buscar trabajo, sin resultado, lo único a lo que consigue acceder es a varios cursos de formación impartidos por los sindicatos, cursos en los que se enseñan los rudimentos -tampoco van más allá- de varias aplicaciones informáticas: Excel, Word, Power Point, programas de correo y

Si tuviste una BH roja o azul (o rosa si naciste a partir de los 80, que el color rosa llegó luego) sobre la que pedaleabas sin chanclas en verano dejándote la uña del dedo gordo en el asfalto cada dos por tres, y a la que le ponías un naipe en los radios de atrás para que sonara como una moto, del mismo modo que bebías Coca-Cola y decías que era vino, o hacías que fumabas cigarros de chocolate

Impresiones «Camboya es como si siempre estuvieras viajando» Phnom Penh es un festival anárquico de putas, drogas baratas y continua violencia; y todo esto con el telón de fondo de la arquitectura más sorprendente, la música más maravillosa y la historia política más miserable del planeta. Para alguien de la sociedad occidental moderna, Phnom Penh es una ciudad donde lo inmoral es aceptable y lo insano, normal. A pesar de haber vivido en algunas ciudades importantes de Estados Unidos, Asia
Portada del libro Vidas mías

[Avance de Vidas mías, editado por Ediciones Lupercalia]. Ya digo que no es que no hubiera comido antes carne humana, pero aquel día de San Valentín fue un momento verdaderamente especial. Aunque no soy dado a las celebraciones comerciales, me sentí especialmente cercano a esa muchacha hermosa, de mirada perdida y soñolienta, que me quería bien. Y yo quise demostrarle que mi amor por ella era creciente, y dar una muestra de compromiso deleitándome con la degustación de uno de

El diente de la ballena es un libro que publicó El País Aguilar en 1999. Como rezaba el antetítulo de aquella edición, se trataba del relato de tres viajes nómadas a los confines de América, África y Asia. Era un libro que seguía la estela del éxito literario de Javier Reverte y su serie africana. De hecho, vio la luz gracias a la inconsciencia de Reverte, que cometió la osadía de pedirme que le presentase el libro Vagabundo en África en la librería Altaïr de Madrid. No recuerdo lo que dije, y espero que él tampoco. Fue un jueves por la noche y el viernes por la mañana me llamó su editor, Adolfo García Ortega. «Me ha dicho Javier que estás escribiendo un libro de viajes…»