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Libros que leemos

Hemos leído… y nos ha gustado

La primera vez que me acerqué a un libro de Virginia Woolf, no recuerdo ahora si Las olas o Al faro, tenía unos 16 años y salí huyendo. Tardé más de 20 años en volver a acercarme a Virginia Woolf; leí La señora Dalloway y después su famoso Una habitación propia y después El lector común, con sus reseñas y artículos literarios. Como los años vuelan y los libros pendientes se acumulan he tardado más de lo previsto en volver

Un delincuente con delitos graves de estafa a sus espaldas sigue los textos por internet de un colaborador de fronterad. Es escritor y poeta. Tiene además una cuarta profesión, esta vez honorable: es propietario y cocinero de un restaurante en Phnom Penh, capital de Camboya. El delincuente se presenta, pavoneándose, en el local, quizá provocando para que ese periodista escriba sobre él. De hecho, le cuenta que es un seguidor habitual de sus artículos. Y es así como se inicia una cierta relación

Trieste siempre me sonó a triste. Más austríaca que italiana, o tal vez más eslovena que italiana, más cercana al Danubio que al Adriático. Trieste es para mí sinónimo de exilio porque allí vivió el suyo Joyce, dando clases de inglés en la Berlitz y añorando las calles de Dublín y el Trinity College. Cierto es que Joyce también pasó parte de su exilio en París, pero ya se sabe: la luz, l’ amour… También en Trieste esperó Casanova el

No se suele comentar en los foros culturales, pero según pasan los años cada vez se van perdiendo más películas, sobre todo mudas, un patrimonio que no podemos permitir que se olvide y que pase a la categoría de extinto, que debemos proteger, como a las especies animales: la cinematografía, como parte activa de la educación y el conocimiento, es esencial en nuestras vidas. Y si además potencia la risa, todavía mejor, pues es asunto muy serio tratado desde Platón a

En la pasada gala de los premios Goya, el presentador realizó varios chistes que trataban sobre la incomunicación entre dos personas que hablan distintos idiomas. Es un clásico de la comedia española más de andar por casa. El del cateto que trata de hacerse entender a voces allende nuestras fronteras. Quién no entiende el idioma castellano a gritos. En este caso el cateto estaba en casa, y era los de allende nuestras fronteras, como la actriz Juliette Binoche, quienes venían

Encontrarse con una sorpresa inesperada, en la mayor parte de las ocasiones por las limitaciones propias, es siempre un regalo para el lector. La, a veces, bendita ignorancia, la imposibilidad de seguir la mayor parte de informaciones de tipo literario o bien la pura casualidad, hacen que una vez de cada cien, y tirando por lo alto, puedas enfrentarte a un libro de una manera virgen, esto es, sin conocer a su autor y sin que una sinopsis haya contaminado

Empezar a hablar de un libro con una cuestión tan personal del que suscribe la reseña no es algo especialmente recomendable. Podría parecer una ataque de egocentrismo. Pero uno no puede evitar sentir una enorme solidaridad, una verdadera corriente de simpatía, por aquellos que ponen nombre a ciertas «mascotas». Por llamarlas de algún modo. Digamos… mascotas peculiares. Los personajes (reales) de este libro la llaman de un modo más preciso «inquilina». Sea cual fuere la clasificación, una de ellas queda aquí bautizada como

Recién Narciso, uno de los últimos frutos maduros de la poesía Imaginemos a la poesía como un árbol cuyo tronco y ramas adelgazan hasta la última brizna de la ramita final, aquella que no suele aguantar el peso de la ardilla. Ni siquiera de la oruga, tal es su fineza. En el tronco, al que llamaremos tronco griego por sus precursores, vemos a una poesía muy asociada a la prosa, la filosofía y la música. Es una poesía unida a

Sirgar era el método por el que se remontaban los ríos navegables antes del vapor y cuando no soplaba viento. Consistía en que un hombre o un animal remolcaban la embarcación tirando de ella por la orilla. El Ebro era navegable hasta Zaragoza hasta no hace mucho y en Camí de Sirga, de Jesús Moncada, nos habla de esos tiempos, del último siglo de vida de la villa de Mequinenza, antes de ser sepultada por un pantano de los muchos que

El poeta madrileño Augusto Ferrán (1836-1880) contribuyó de forma decisiva a la gran renovación de la lírica española que tuvo lugar a mediados del siglo XIX, aunque en la historia de la Literatura Española no ha sido considerado poeta de primera fila, como su amigo Gustavo Adolfo Bécquer. Para el periodista y escritor Francisco Robles Rodríguez, Ferrán sigue siendo un gran desconocido, de ahí la edición literaria que realizó de La Soledad: colección de cantares populares y originales, que se