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Negratinta

Tumba de Antonio Machado en cementerio de Colliure

–La tarjeta es de crédito. –¿Y? –respondo, intentando que no suene vacilón. –Pues que la tarjeta del conductor tiene que ser de débito. Yo tengo el codo derecho apoyado en el mostrador de la compañía de alquiler y la otra mano apoyada en la cadera, una pose que he ido adquiriendo a fuerza de ver que las cosas se tuercen al otro lado del mostrador. Giro el cuello y resoplo. A mi izquierda, mi hermana tuerce el gesto y da

Un viaje por carretera con amigos es una aventura, un grito de guerra con el que reciclar la esperanza y combatir la rutina. Si además el trip se hace en furgoneta, pero no en una furgoneta cualquiera, sino en una prestada por una madre que todavía conserva el gen hippie, modelo Westfalia, blanca y naranja, como si en ella, además de mochilas, cupieran sueños, inquietudes, lecturas, la imagen de una cantante distante y enigmática, amores en fuga que la vida

La cronista Leila Guerriero (Junín, Argentina. 1967) desconfía de recetas que expliquen cómo escribir periodismo narrativo. En el recopilatorio de artículos Zona de obras (Círculo de Tiza, 2014), no construye decálogos ni destila axiomas. Simplemente, pinta su forma de trabajar, por ejemplo, sus encierros de 16 horas frente al ordenador, sin teléfono ni correos electrónicos, contando, tachando y puliendo con una concentración monacal. Zona de obras, como destaca diestramente Juan José Millás en su reseña La trastienda de una india,

Cada vez quedan menos sabios. Eduardo Galeano fue uno de ellos, un sabio humilde que defendía a los olvidados, renegaba de los intelectuales y usaba cada una de sus palabras para hacernos sentir y reflexionar. Los grandes medios tratan de reducir su imagen y dibujarle a trazo grueso, como un escritor izquierdista chavista y castrista, “los dos grandes males” del continente según “el gran teatro del bien y del mal” que, según él, fabricaba la prensa manipuladora. Galeano ironizó constantemente sobre las burdas mentiras de los medios y mantuvo un punto de vista izquierdista y lúcido.

Hace cien años nació Edmundo Valadés, el creador de la que ha sido, a mi juicio, la mejor revista literaria del último siglo en español. Supongo que esta afirmación por lo menos le sorprende. Sobre todo si recordamos que don Edmundo nació en Guaymas y, como los jueces mexicanos de clavados olímpicos, solemos ser mucho más estrictos para juzgar a nuestros compatriotas que a los extranjeros. Pero piénselo un momento.

Cesare Pavese, escribe, pasea con su perro Belbo por las colinas de Santo Stefano Belbo, el pequeño pueblo del Piemonte italiano donde nació en 1908, vivió y volvió siempre, excepto al final. Cesare Pavese, uno de los escritores italianos más importantes del siglo XX, escribe en italiano, lo leo y lo traduzco: “Es bonito pasear junto a un perro, pues mientras camina olisquea y reconoce por nosotros las raíces, las madrigueras, los acantilados y las vidas ocultas; lo que multiplica en nosotros el placer del descubrimiento.

«No se enamore de ninguna criatura salvaje». Truman Capote (1958). Hace unos días pasó por mis manos una frase de John H. Newman que me llamó la atención: «Las personas nos influyen, las voces nos conmueven, los libros nos convencen, los hechos nos entusiasman». Me quedé durante unos instantes releyendo y rumiando esas palabras, meditándolas con detenimiento y saboreando su significado. Es cierto: hay personas que nos influyen y que nos marcan. Yo las llamo las personas tormenta, son mis tempestades.

El Tour, en esencia, el ciclismo, es el único credo de mi padre, un clasicómano al que por fin «vencí» en una ruta de dos semanas en solitario como corredor del Zar. El paso por los Campos Elíseos en mi primera maratón; la playa de Normandía que se extiende bajo el pavés; la evocación aromática (by Proust) de cada pinchazo reparado a la sombra de un nogal.

Hace frío. Es invierno. 1949. En un salón de baile de Twist, en Arkansas, un joven negro de 24 años manosea una guitarra Gibson acústica. Hace tanto frío que han encendido un barril medio lleno de queroseno, a modo de chimenea, para calentar el ambiente. Para que los pies de los potenciales bailarines, helados, bailen.