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Blog del autor

Una vez escogí un libro sólo por su portada. Y por su título. Fui una víctima del diseño. Me entró por los ojos, así de sencillo. Había escogido otros libros en la librería y decidí por primera vez en mi vida llevarme uno por ese motivo. Sin ni siquiera conocer al autor. De hecho sólo salía su apellido. Descubrí en casa que era una autora. A.M. Homes. El libro era Este libro te salvará la vida. Reconozcamos que lo tenía todo

Hace tiempo que quería encontrar un hueco para hablar sobre El hombre de tweed, la cuenta de twitter del escritor mejicano Mauricio Montiel Figueiras. Y junto a ella de otros proyectos tuiteros relacionados con la literatura. La posibilidad anunciada recientemente del cierre de la cuenta me lleva ya a tratarla obligado por las circunstancias, como suele ser costumbre en esta casa en la que se procrastina hasta niveles de récord. No sé si finalmente su autor, desanimado por algunos percances

Hace años, era yo joven e inocente, escribí en un blog un texto llamado Biblioteca de Intragables, que se puede leer aquí con unos decorativos simbolitos producto de un traslado de programa. El post debería haberse corregido, pero ese traslado se llevó a cabo hace unos ocho años y todavía no he encontrado hueco, que anda uno ocupado poniendo tonterías en las redes sociales. El caso es que la Biblioteca de Intragables recopilaba esa serie de libros clásicos o de

La biblioteca desmemoriada «Qué poca gracia tiene esto y qué giro más injustificado ha dado». Hace uno meses pensaba algo parecido al retomar después de un tiempo un libro que dejé por la mitad. Su autor era Eduardo Mendoza. Sin ser una de sus mejores novelas humorísticas sí que tenía cierta gracia. Y era sin duda distraída. De pronto, sin embargo, el tono jocoso derivaba sin justificación hacia un argumento serio, muy sobrio. Y todo hay que decirlo: de diversión nada.

Unas palabras de Clint Eastwood han tenido una notable repercusión en las últimas semanas en las redes sociales. Y aún siguen teniéndolas, a tenor de los retuiteos que se mantienen a finales de agosto. Posiblemente ya las conozcan. El actor declaraba, entre otras cuestiones, que Trump representaba en cierto modo a todos aquellos que están hartos de la corrección política, y calificaba a la generación que se mueve dentro de sus parámetros como mariquitas o lameculos. Apostaba en ese sentido por

«Primero fue la poesía. Después el póquer. Finalmente, suponemos, la pasión por las naves negrófagas y, en particular, por el buitre leonado». Así empieza el prólogo de Raquel de Larua a El bestiario de Ferrer Lerín. Esos renglones resumen perfectamente el carácter de un escritor insólito, interesantísimo y cumbre del humor en español. En este país donde la comedia de altura es despreciada eso casi puede tomarse por un insulto. Para el que esto suscribe es el mejor de los elogios.

Venía todos los días. Recorría toda la librería de arriba abajo. Será sólo un ratito, me decía con la mirada, pero se pasaba allí toda la mañana. Y yo, por no molestarla, dejaba que repasara los libros como si fuera a comprar algo. A veces leía uno o dos capítulos y ponía una marca para seguir al día siguiente. Pero lo hacía con cuidado, no sé si para que yo no lo notase o para no dañar el libro. Vestía

  Un cerrojito. El cerrojito de un diario tradicional. Nunca algo dispuesto a guardar y proteger fue más vulnerable a forzarlo. ¿Qué pretendía ese cerrojito? Hoy se le aplicaría el calificativo de cuqui. Su forma diminuta remitía a casas de gnomos o de menos de gnomos, que no sé lo que habrá por debajo en el ránking de seres enaniformes. Nunca supimos si su función era impedir que se abriera aquel cuaderno o pedir a gritos que se hiciera para

Entonces, principísimo del siglo XXI, Google ni siquiera era el buscador más utilizado, a Youtube le quedaban unos años por existir, todavía funcionaba Napster antes del napsterazo y las redes sociales apenas eran ideas en las cabezas de sus responsables. Los móviles ni tenían cámara de fotos… Hablo en serio, hubo un tiempo donde esas cosas no existían. Y en esos tiempos de la incipiente irrupción de internet en España (y también en serio, hubo un tiempo sin internet, lo

Siéntese en un lugar incómodo, jamás una silla. Un poyete por ejemplo. No puede haber respaldo de ninguna forma. Encórvese hacia adelante. Un poco más. Un poquito más. Así. Para evitar el dolor de espalda apoye ahora el codo en la pierna. Y la mandíbula inferior en la mano, en concreto en el lateral del índice. A un lado de la cara, por tanto, sube el pulgar. También vale el puño, la versión tosca. Quédese así para siempre. En ocasiones