Entradas en la Categoría

Textos que nos llegan

Giorgio y el arte de cocinar tortillas «Me gusta porque toca el piano», le he dicho a Sarita, la niña mayor de Virginia. A mí los chicos que me han gustado de verdad, y han sido muy muy poquitos, me han gustado porque sabían hacer algo así, muy difícil y muy bien, y además casi sin darse cuenta, dándose solo un poquito de importancia. Sarita me mira divertida. Tiene sólo catorce años. Es encantadora. A su lado, incluso su madre

Nací en un tonel al fondo de un granero de heno; la luz caía sobre mis párpados cerrados de manera que los ocho primeros días todo me pareció color de rosa . No me gustan. Nada. Me gustaría decir que yo a ellos tampoco, ocurre que ni eso me conceden; en el mejor de los casos, les soy indiferente; en el peor, me adoran. No he conocido, en toda mi vida, a un solo gato que me odie, que me deteste

Esta semana producía un auténtico hito, un antes y un después, un final de ciclo, uno de estos momentos a partir de los cuales nos enfrentamos con ilusión a una nueva era, la luz al final del camino, el verdadero brote verde, el maná para el hambriento, el…algo sencillamente increíble: concedían el premio Cervantes a Eduardo Mendoza. ¿Qué tiene esto de particular? En primer lugar Mendoza ha dedicado gran parte de su obra a la comedia. En segundo los elogios

  Quizá llegue tarde a un debate en el que los ponentes no sólo se han levantado ya de la mesa, sino que además es posible que estén muertos. Tal vez a nadie interese este texto que revolotea batiendo unas alas pesadas y un tanto ruidosas alrededor de un cadáver que nadie vela y que sin embargo está aún lleno de vida. No obstante, tú, lector, amigo que me sigues con regularidad o que has llegado hasta aquí por un

Una vez escogí un libro sólo por su portada. Y por su título. Fui una víctima del diseño. Me entró por los ojos, así de sencillo. Había escogido otros libros en la librería y decidí por primera vez en mi vida llevarme uno por ese motivo. Sin ni siquiera conocer al autor. De hecho sólo salía su apellido. Descubrí en casa que era una autora. A.M. Homes. El libro era Este libro te salvará la vida. Reconozcamos que lo tenía todo

«Mal». Temía que contestara algo así en cuanto apareciéramos por la puerta, al preguntarle qué tal. Iba con Virginia; estaba escribiendo un artículo sobre la gentrificación del barrio de la Latina, «le sacas, que le vendrá bien, y yo te hago las fotos, que también me vendrá bien». Había aceptado, claro. Virginia siempre dice que sí cuando se trata de echar una mano. Es una histérica de manual que además es buena gente, «No me explico cómo no tengo novio», dice,

Hace tiempo que quería encontrar un hueco para hablar sobre El hombre de tweed, la cuenta de twitter del escritor mejicano Mauricio Montiel Figueiras. Y junto a ella de otros proyectos tuiteros relacionados con la literatura. La posibilidad anunciada recientemente del cierre de la cuenta me lleva ya a tratarla obligado por las circunstancias, como suele ser costumbre en esta casa en la que se procrastina hasta niveles de récord. No sé si finalmente su autor, desanimado por algunos percances

Hace años, era yo joven e inocente, escribí en un blog un texto llamado Biblioteca de Intragables, que se puede leer aquí con unos decorativos simbolitos producto de un traslado de programa. El post debería haberse corregido, pero ese traslado se llevó a cabo hace unos ocho años y todavía no he encontrado hueco, que anda uno ocupado poniendo tonterías en las redes sociales. El caso es que la Biblioteca de Intragables recopilaba esa serie de libros clásicos o de

A G., que piensa de verdad que el cine está sobrevalorado. Cuando he llegado, Rita estaba regando las plantas. Ha conseguido colocar unas cuantas macetitas en el patio de su casa, que no es, por otra parte, muy grande, apenas unos ocho o nueve metros, una habitación sin techo. Su logro respecto a este espacio ha sido crear un lugar acogedor en torno a las no sé si son petunias, geranios, el aloe vera. Contiene también un aguacate espectacular, majestuoso. El patio se le parece, de

La biblioteca desmemoriada «Qué poca gracia tiene esto y qué giro más injustificado ha dado». Hace uno meses pensaba algo parecido al retomar después de un tiempo un libro que dejé por la mitad. Su autor era Eduardo Mendoza. Sin ser una de sus mejores novelas humorísticas sí que tenía cierta gracia. Y era sin duda distraída. De pronto, sin embargo, el tono jocoso derivaba sin justificación hacia un argumento serio, muy sobrio. Y todo hay que decirlo: de diversión nada.