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Textos que nos llegan

La biblioteca desmemoriada «Qué poca gracia tiene esto y qué giro más injustificado ha dado». Hace uno meses pensaba algo parecido al retomar después de un tiempo un libro que dejé por la mitad. Su autor era Eduardo Mendoza. Sin ser una de sus mejores novelas humorísticas sí que tenía cierta gracia. Y era sin duda distraída. De pronto, sin embargo, el tono jocoso derivaba sin justificación hacia un argumento serio, muy sobrio. Y todo hay que decirlo: de diversión nada.

Unas palabras de Clint Eastwood han tenido una notable repercusión en las últimas semanas en las redes sociales. Y aún siguen teniéndolas, a tenor de los retuiteos que se mantienen a finales de agosto. Posiblemente ya las conozcan. El actor declaraba, entre otras cuestiones, que Trump representaba en cierto modo a todos aquellos que están hartos de la corrección política, y calificaba a la generación que se mueve dentro de sus parámetros como mariquitas o lameculos. Apostaba en ese sentido por

«Primero fue la poesía. Después el póquer. Finalmente, suponemos, la pasión por las naves negrófagas y, en particular, por el buitre leonado». Así empieza el prólogo de Raquel de Larua a El bestiario de Ferrer Lerín. Esos renglones resumen perfectamente el carácter de un escritor insólito, interesantísimo y cumbre del humor en español. En este país donde la comedia de altura es despreciada eso casi puede tomarse por un insulto. Para el que esto suscribe es el mejor de los elogios.

Venía todos los días. Recorría toda la librería de arriba abajo. Será sólo un ratito, me decía con la mirada, pero se pasaba allí toda la mañana. Y yo, por no molestarla, dejaba que repasara los libros como si fuera a comprar algo. A veces leía uno o dos capítulos y ponía una marca para seguir al día siguiente. Pero lo hacía con cuidado, no sé si para que yo no lo notase o para no dañar el libro. Vestía

  Un cerrojito. El cerrojito de un diario tradicional. Nunca algo dispuesto a guardar y proteger fue más vulnerable a forzarlo. ¿Qué pretendía ese cerrojito? Hoy se le aplicaría el calificativo de cuqui. Su forma diminuta remitía a casas de gnomos o de menos de gnomos, que no sé lo que habrá por debajo en el ránking de seres enaniformes. Nunca supimos si su función era impedir que se abriera aquel cuaderno o pedir a gritos que se hiciera para

Entonces, principísimo del siglo XXI, Google ni siquiera era el buscador más utilizado, a Youtube le quedaban unos años por existir, todavía funcionaba Napster antes del napsterazo y las redes sociales apenas eran ideas en las cabezas de sus responsables. Los móviles ni tenían cámara de fotos… Hablo en serio, hubo un tiempo donde esas cosas no existían. Y en esos tiempos de la incipiente irrupción de internet en España (y también en serio, hubo un tiempo sin internet, lo

Iba andando por la calle, pensando en C., en cómo me sonríe cuando le cuento cualquier bobada; me mira de esa manera y es con un chute, me activa, me anima, me hace a mí reír, contar lo que sea que quiere que le cuente mejor, poniéndole detalles que acaso maquille un poco para que le gusten más todavía, para hacerle feliz. Se le ve disfrutar tanto. Y se pone tan guapo. Sabe que me gusta, pero no lo sabe

Siéntese en un lugar incómodo, jamás una silla. Un poyete por ejemplo. No puede haber respaldo de ninguna forma. Encórvese hacia adelante. Un poco más. Un poquito más. Así. Para evitar el dolor de espalda apoye ahora el codo en la pierna. Y la mandíbula inferior en la mano, en concreto en el lateral del índice. A un lado de la cara, por tanto, sube el pulgar. También vale el puño, la versión tosca. Quédese así para siempre. En ocasiones

«Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». Esta frase de John Waters se ha hecho muy popular en los últimos años gracias a la repetición en las redes sociales. Entendida como una sentencia que promociona la literatura, nos tenemos que preguntar si realmente no menoscaba el sexo. En un país con los índices de lectura de España, donde un tercio de la población afirma no leer jamás y otro amplio porcentaje lo hace

«El guepardo», se oía casi siempre que en la niñez alguien preguntaba por el animal más veloz. «El halcón peregrino es más rápido», añadía a veces el amigo repipi. «En picado supera los 400 kilómetros hora», apuntaba luego el amigo repipi. El amigo repipi estaba bien informado, reconozcámoslo. Le llamamos repipi todavía hoy para no aceptar nuestras limitaciones y monumental ignorancia. Esos cientos de kilómetros por hora sonaban entonces como hazañas realizadas por supercriaturas…