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Textos que nos llegan

Cuando he llegado Virginia estaba echando espumarajos por la boca: «…una pija gilipollas del barrio de Salamanca. Dependiente emocional, ¡y lesbiana!». «Mujer, qué tendrá que ver que fuera lesbiana», le decía Rita, sin convicción ninguna, ya debía llevar con ella un buen rato; empezaba a notársele el cansancio. «Pues que lo utilizaba, para no estar sola, tener compañía; le llevaba por ahí de viaje, a sitios carísimos y paradisíacos…». En ese punto se le ha quebrado la voz,  se ha puesto a llorar

No hace mucho, prácticamente nada, leí un artículo sobre Raymond Carver y su editor, o sobre el papel del editor de Raymond Carver en su obra, o sobre cómo la obra de Raymond Carver que conocemos no era tal cual en su manuscrito original. Es una historia que ya conocía de hace tiempo, pero la había olvidado. Más allá de mi capacidad innata hacia la desmemoria, queda el hecho latente de que al releer los cuentos del estadounidense olvidas tal

El viento de la gracia. Una borrachera de Virginia A John Wayne Pues regular. O mal. Qué pregunta. Lo he pensado, no se lo he dicho. Lo que le he dicho ha sido: «Despacio». Porque también tengo que ser graciosa. Perfecta y graciosa —divertida; así no suena a payasa— y además estar guapísima y feliz. Detesto que me lo pregunten. Detesto todas las preguntas de relleno, a todas y cada una de las mujeres que hablan por hablar. Tanta niña

Cuando he llegado había una señora muy muy loca. Quiero decir que estaba dando voces, que incluso podíamos adivinar, todos los presentes, incómodos, cansados, impacientes,  y aquello parecía que no iba a acabar nunca, gotas de saliva explotándole desde la boca hacia el mostrador, tal vez alguna haciendo diana en el funcionario de correos, abrumado, acorralado. «Ya le digo que lo tiene que hacer el director de la oficina, y no lo ha hecho, y ahora ya no está». El

La primera vez que uno llega a Manhattan tiene la impresión de sufrir un déjà vu. Todo le resulta familiar: los rascacielos, los taxis, el humo que sale de las alcantarillas, los personajes que pululan por sus calles. Nueva York, capital del mundo, es, ha sido, y seguirá siendo la capital del cine y la literatura. El lugar más recurrente para ambientar una historia contemporánea, una ciudad construida por todos y cada uno de los pueblos del mundo, un espacio

La monarquía, los taxis negros, la BBC, los sombreros de Ascot, Wimbledon y el número 10 de Downing Street siguen formando parte de nuestro imaginario sobre esta isla cuyo carácter a lo largo de siglos ha estado condicionado precisamente por su insularidad. Para una buena parte de los europeos, el Reino Unido es el supermercado de las excentricidades. Posiblemente estén en lo cierto.

Había un montón de chiquillos en el parque. Gritaban como si no hubiera un mañana. Por qué gritarán tanto los niños, a quién. Será que necesitan que sepamos que están ahí, alcanzarnos con sus voces al resto. Para qué. Quería levantarme y decírselo. «Si seguís chillando de esa manera…». Qué. Me mirarían pensando nada, notando que no es normal que una extraña se levante para decirles algo así. Luego buscarían a sus padres con la mirada, se acordarían de ellos,

El sentimiento de vacío gobernante induce a vivir ficciones. Hay que reconocer que, en el fondo, nos encontramos sin atributo. La vida se ha convertido en un no saber en qué pensar ni cómo pensarlo. ¿Dónde quedó la voluntad firme y el pensamiento inamovible? A nadie le sorprendería si hablara de la ausencia de moral, de valor religioso o de referente cultural fijo. Este pedazo de carne estelar con breve conciencia de sí mismo ha perdido el sacramento y la

«Yo he pasado muchísima hambre, no te haces una idea. El hambre era lo peor. Y las palizas, mi padre ya me dio alguna, se ponía muy nervioso, como bebía, y atemaba contra mí. Y luego esta bestia, que menos mal que se está muriendo ya, ahora sí que lo está pasando mal, lo está castigando bien Dios nuestro señor, cómo se retuerce en la cama donde se va a morir; qué malo ha sido, muchacha, qué malo, hasta un

Tanto calor en Madrid que nos vamos a derretir todos, unos contra otros, colándonos, liquados, serpenteando por las calles y hasta los ríos por los desagües y alcantarillas. Los amantes serán los primeros en morir, luego los viejos que no tienen niños cerca que les den refugio, y luego, casi al final, los hombres malvados. Las últimas serán las mujeres flacas.