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Cerramos, pero no te asustes. Y luego Simon Leys. A modo de editorial

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La primera parte del título se lo dedicamos a un librero de Zaragoza que, sabemos, por esta anécdota recurrente, que no se lee nada más que los titulares (no es un reproche; te entendemos, Paco, esta redactora puede ser muy aburrida, a poco que se ponga) de modo que cada vez (y ya van…) que lee «Cerramos», nos llama, alarmado, «Raquel, qué me dices, qué ocurre». «Nada, Paco, si es lo de todos los años, que nos vamos unos días a Sebastopol».

Lo de Sebastopol es mentira, Sebastopol no existe, solo es un recurso literario, digamos, no es más que un lugar al que no iremos nunca, donde nadie irá a importunarte. Un lugar seguro, acogedor. Sería perfecto, si existiera.

Amar es pensar.

No sé si conocen el poema de Pessoa. Ese verso aparece así, como aquí, a traición. Quién hubiera podido anticiparlo, en fin; existe y es perfecto. No como Sebastopol. No como tú, Paco, que no nos lees. Ay.

Y nos sirve, el verso, digo, para adelantar, en rigurosa primicia, que este curso en Librerantes La Poesía va a tener aún más importancia y peso del que ya le damos. Todo por Juan José Martín Ramos, editor de Polibea, cerebro en la sombra y la única persona de la que se tiene noticia en el mundo conocido capaz de tener más ideas locas por minuto que quien esto escribe; con la inestimable (uso este adjetivo por pereza, lo cierto es que la apreciamos muchísimo, a ella y a su ayuda y saber hacer; lo mismo lo borro antes de darle a ‘publicar el domingo a primera hora’) ayuda de Carmen Oliart, editora de Sabina. Ya iremos contando más cosas. Total, Paco, si no me lees.

La segunda parte del título se la dedicamos a toda la gente que, desde un púlpito al que se han encaramado gracias a que tienen el corazón así de grande y la cabeza así de chica, habla (diría mejor, despotrica) contra todo lo que la masa enfurecida y bienpensante opina de mil asuntos de los que no tienen iba a decir que ni puta idea, pero cómo vamos a usar una expresión tan fea, habiendo otras más bonitas, incluso más exactas. Acaso porque escribimos deprisa, apuradas. Tenemos aún hasta  una pila de ropa que planchar, el editorial a medio hacer. Cómo vamos a hacer con tanto como tenemos aún pendiente la revolución. Qué vida esta.

A la vuelta, en septiembre, decía, esta es la segunda parte del título del editorial de hoy, dedicado a todas las cabezas de chorlito que tampoco —esto como Paco— nos leen, lo primero que haremos será enviar El traje nuevo del presidente Mao de Simon Leys a todas partes, como si no hubiera un mañana. A ver si conseguimos que algunos y algunas que yo me sé lean más y repitan menos consignas, que empiecen a sospechar de las frases hechas, como poco, ganarle esa batallita siquiera a El Maligno.

La «Revolución Cultural», que de revolucionaria sólo tuvo el nombre y de cultural el pretexto táctico inicial, fue una lucha por el poder que se entabló en la cúspide entre un puñado de individuos, tras la cortina de humo de un ficticio movimiento de masas. […] Para el pueblo, el maoísmo puro significa la sustitución de las legítimas exigencias materiales, intelectuales y sensibles de la naturaleza humana por una mística política austera y fanática, la imposición de un estado permanente de movilización casi militar, la destrucción implacable de todos los valores tradicionales, una desoladora existencia monótona, el establecimiento de un desierto cultural, una universal beatería, y una aridez y un aburrimiento interrumpidos solamente por explosiones periódicas de violencia y de activismo histérico.

O que lean a Pessoa, que es un poeta a veces sencillo, diáfano. Y no es sospechoso, tampoco, que sepamos, de no ser de izquierdas (la cursiva es porque lo escribo con retintín), haberse comido a algún bebé u odiar a los gatos. Pessoa es un gran tipo. De verdad. Quero só/pensar nela.

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