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Como si el agua tuviese alguna respuesta

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A veces voy a nadar. Hago largos. Muchísimos largos. En una serie de repeticiones infinitas y con un suave dolor en los hombros. Uso un bañador negro y un gorro elástico también negro. Me lanzo de cabeza y nado durante al menos una hora. Como si ese fuese mi único propósito en la vida. Como si el agua tuviese alguna propiedad o respuesta ante las dificultades.

Nado por la mañana. A primera hora. El sabor del cloro en la boca. Los reflejos del agua en el techo industrial. Nos acercamos siempre los mismos. Un puñado de tipos obsesos con el deporte y la salud. Adictos a las endorfinas y a ese pequeño bienestar que produce la actividad física. Está una chica alta y huesuda que lleva un bañador azul oscuro con rayas amarillas y que nada de un modo raro. Luego está un hombre de mediana edad que parece hacer todo por recomendación clínica. Mueve los brazos y las piernas lentamente. Y sus extremidades son increíblemente blancas y con muy poco bello. También está una mujer de unos sesenta y algo. Con buen tipo, sonrisa amplia y piernas musculosas.

Los días resultan monótonos. Nadar arriba y abajo. Casi sin sentido. Tomar aire. Expulsar aire. Detenerse y ver la sonrisa de la mujer dirigida hacia mí sin saber exactamente por qué. Tal vez hoy sea distinto. Siempre guardo esa esperanza. Ha entrado al agua una chica joven de cara bonita y piel un tanto rosa. Como esas chicas que se dejan quemar al sol de la costa. Se me queda mirando fijamente como si tuviese algo en la cara. El momento es incómodo y sugerente a la vez. Y mi cuerpo se siente extraño. Como un actor que no conociera su papel. Continúo nadando con ella en la cabeza. Volvemos a cruzar suavemente las miradas al detenernos a descansar. Tiene una forma de mirar agresiva y natural.

Salgo del agua y me pongo una toalla blanca sobre los hombros. Noto cómo ella me sigue con la vista. Y comienza a subir tras de mí las escaleras plateadas de la piscina climatizada. No es que sea algo que haga a menudo. Aún así decido acercarme a la sauna de vapor que hay justo al lado. El calor se introduce instantáneamente dentro de mis pulmones. Bajo un poco la cabeza para respirar mejor. Tomo bocanadas de aire lentas y profundas. En ese momento alguien abre la puerta. Sin duda es ella. Puedo reconocer su silueta. Con el vapor resulta difícil ver su expresión exacta.

Aunque el espacio es pequeño se pega a mí. Tanto que siento sus piernas rozándome. Una especie de enorme fuerza de atracción entre los dos. Se acerca más. Increíblemente despacio. Puedo escuchar la respiración entrecortada que sale de su boca. Sus dedos tiemblan suavemente. Parece que el calor no existe o se multiplicara por una cifra inimaginable. Toco su mano y deja quietos los dedos en una especie de parálisis momentánea.

Es en ese instante cuando me acerco a besarla. Tiene la lengua fresca y los labios muy carnosos. Nos besamos con muchas ganas. Tomo todo el aire que puedo por la nariz. Me resulta insuficiente. Luego agarro su cintura y la acerco más a mí. Su bañador está húmedo. Al tocarla puedo notar un pequeño escalofrío que le surge de la espalda y recorre todo su cuerpo. El olor de su piel.


Este texto se corresponde con el primer capítulo de Nueva Selva, de Julio César Álvarez. Nueva Selva está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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