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Con emoción y ganas [Por Olvido García Valdés]

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Converar con Miguel Marinas

En 2014 apareció, en esta misma colección de Libros de la resistencia, Un lugar donde no se miente. Conversación con Olvido García Valdés, de la mano de Miguel Marinas. En su nota introductoria, Marinas recogía unas frases mías de un correo electrónico: «Da mucho susto –le decía–, pero a lo mejor no está mal que se vea cómo viven o han vivido dos personas de nuestra edad y condición o, como decía Lázaro, “vean que vive un hombre (y una mujer) con tantas fortunas, peligros y adversidades”». Y él las comentaba: «Sí, es la sensación de compartir, de forma bastante clara, abierta y gustosa, los itinerarios de las vidas. Eso es lo que sucede aquí. A esto se invita a quien leyere esta conversación. La intención primera fue buscar un pretexto para escuchar a Olvido hablando de sí misma. Y, por lo tanto, no solo de su poesía, o de su escritura o de su condición letrada y pensadora. Yo imaginé un dispositivo, como unos palitos a lo largo de un camino fabulado, como si fueran unos postes de la luz, a los dos lados de una carreterina dibujada en la tierra, como hacíamos de niños, para poner orden y atemperar lo que era pura avidez del juego que venía. Por eso con Olvido hablo del vivir, de lo que ha leído, de cómo entró en la vida que es escribir. Por eso voy preguntado y escuchando y poco a poco ella me advierte que somos dos los que hablamos…».

Y en efecto, así se fue desarrollando aquella plática, que era gustosa, sí, pero que me creaba cierta incomodidad o reticencia, por aquel ponernos, así por las buenas, a hablar de mí, asunto que me parecía carente del menor interés –«libro sin fundamento», llamaba siempre aquel proyecto–. Creo que fue ese malestar el que enseguida me hizo requerir de Miguel una continuidad, un trayecto de vuelta en el que el peso del asunto lo tomara él para sí; esa sería mi «venganza» –le dije–, palabra que Marinas nunca tomó a bien, aunque transigió con el plan. Devanaríamos el mismo hilo, el que iban dando los titulillos de los capítulos tal como me los había propuesto: 1. Vivir la vida, 2. Leer los libros, 3. Escribir sin engaño, 4. La sorpresa del mundo, 5. La composición del poema, 6. La cosa del amor, 7. Lo que viene, y 8. Cuidar el alma.

Este libro que aparece ahora, La sorpresa del mundo. Conversación con Miguel Marinas, es el resultado de ese segundo tramo de conversaciones. Se desarrollaron entre el 13 de abril de 2015 y el 26 de mayo de 2016, con semanas entre sesión y sesión, lo que explica ciertas reiteraciones, como ocurre en la vida (lo que ya se dijo, pero importa y se vuelve a decir).
Aquí se escucha la voz de Miguel. Hablamos de todo y también de lo consabido (su trayectoria profesional y literaria –de poeta y ensayista–, sus publicaciones…), pero lo que se oye es la impronta personal, la impresión que deja de crecimiento, de amplitud, de ánimo o talante comprensivo, abarcador, de generosa disponibilidad. A mí me gusta especialmente su ponderación, esa capacidad de sopesar, de valorar equilibradamente pero según principios muy arraigados, una rara ecuanimidad receptiva y cordial (y la querencia por la conservación de lo antiguo, su respeto por ello –y por los hábitos de aprendizaje, esas huellas–).

Me gusta su modo de hablar, la lengua de lo coloquial –sabrosa de particularidades y modismos– con grandes dosis de gracia y de ironía, y, al mismo tiempo, lo veraz que se filtra en el entramado de lecturas, en la erudición que sostiene su discurso, sin que lo erudito asome nunca su patita.

Se supone que en este encuentro yo habría de estar más silenciosa, pero no fue así del todo, lo impedía mi tendencia discutidora; por ejemplo, sobre la cuestión de los hombres y las mujeres, que aparece una y otra vez, con sus imágenes representativas o los comportamientos y modelos cotidianos, tomados de nuestra vida –y de los amigos implicados en ella, como figuras que permiten una reflexión especular con otra lucidez–. No ha dejado de sorprenderme en este asunto mi beligerancia pertinaz, casi obsesiva, y la complicidad de Miguel, su infinita capacidad autocrítica y su paciencia y humor para mis vehementes modos.

Uno no acaba nunca de conocerse, y me parece notable la función clarificadora que esa manera de hablar y discutir fue teniendo para mí. Es la escucha fina, o lo luminoso y respirable del diálogo que la actitud de Marinas refleja, lo que propicia que el encuentro sea también de cada uno consigo mismo. Quien lea verá que hay ahí dos cabezas muy distintas: una, mejor amueblada, y más razonable en su incisiva y abarcadora inteligencia –bondadosa y bienhumorada–, y otra, sintética, obsesiva, literal, a un paso de cierto desesperado nihilismo vitalista, que me corresponde.

La sorpresa del mundo, sí. Miguel Marinas pone la vida entera a examen, con una disponibilidad infrecuente, pone la memoria y la intimidad, las inquietudes y la zozobra, la confianza y el entusiasmo, y una especie de fe en el vivir, como crecimiento o aprendizaje que no cesa, como crítica de modos de estar nunca suficientemente analíticos y productivos.

He vivido estos años de encuentro y conversación, de amistad con Marinas como un privilegio. Seguramente no habrá más grabaciones, más publicaciones, pero el vínculo establecido –hablar, pensar sin apenas reservas–, lo supe ya cuando terminamos la primera ronda de Un lugar donde no se miente, no tiene final.
Por todo ello, mi gratitud. Es como si el interés que entonces no lograba ver, hubiera encontrado su fundamento aquí. Ahora sí lo veo: dos coetáneos, escritores por más señas, ya empezando desde hace un rato la edad provecta, repasan eso que fue y sigue siendo la vida. Con emoción y ganas.

Olvido García Valdés
Toledo, octubre de 2017


La sorpresa del mundo. Conversación con Miguel Marinas está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

 

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