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Derecho al sombrero, a la justicia, al buen gobierno de la casa

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¿Por qué este libro?

Contar la vida, de Jesús Javier Lázaro Puebla. Por Juan José Martín Ramos, editor de Polibea

Era cuestión de tiempo que la poesía de Jesús Javier Lázaro Puebla, de la que hasta ahora ha hecho tres entregas –Canción para una amazona dormida (Rialp, 1991), Las puertas del tiempo (Vitruvio, 2005) y El verano de los flamencos (Polibea, 2011), en intervalos regulares de seis años entre obra y obra–, aglutinara los elementos paradisíaco, órfico y terrenal –que en otro lado sostuvimos caracterizaba su propuesta poética– para elaborar en este Contar la vida una visión estelar –que diríamos con Valle-Inclán–, panóptica, ubicua, totalizadora.

La cuarta entrega de la poesía de Lázaro Puebla reafirma su convicción en la naturaleza vegetal y mineral del ser humano, pero aporta como novedad, desde la imaginería surrealista, la conciencia de que esa naturaleza subterránea y a la vez cósmica es el tapiz de fondo de una representación social, histórica y política llamada a desequilibrar el orden –y también el caos, cómo no, permítaseme el oxímoron– establecido por el movimiento de los cuerpos celestes y por el continuo y mudo temblor de la tierra aparente –y engañosamente– quieta.

Desde esa perspectiva, no es extraño que entren en escena en la poesía de Lázaro Puebla nuevos agentes, nuevas figuras humanas, demasiado humanas, tan reales, que mal utilizadas harían correr al poeta el riesgo de deslizarse hacia los siempre espinosos límites de la arenga, pero que, precisamente gracias a la imaginería de la que hablábamos, presente en toda su trayectoria poética, y gracias a la alegoría calderoniana –timbre que se identifica en la producción teatral de nuestro autor–, acerca Contar la vida a las propuestas literarias que desde el Medioevo, pasando por nuestra literatura áurea, identifican el Mundo como un Gran Teatro habitado por los prototipos que, en palabras de Shakespeare, «orgulloso[s] consume[n] su turno sobre el escenario, para jamás volver a ser oído[s]».

Contar la vida con todas sus traicionesAsí, sobre el aliento en el que se reconoce el Apocalipsis de san Juan junto a voces de nuestra modernidad –Lau- tréamont, Saint-John Perse, o, especialmente Aullido de Allen Ginsberg, pero también presentes Versión Celeste, de Juan Larrea, y Espacio, de Juan Ramón Jiménez–, quedan convocados mercaderes de toda laya, políticos, médicos, jueces, corredores de apuestas, la institución universitaria, la institución eclesiástica, terroristas, proxenetas, periodistas. Todos los siglos albergan su crisis de fin de siglo. Todos los siglos engendran su huevo de la serpiente. En torno a los actores del nuevo Teatro del Mundo y su paisaje de devastación, un también nuevo hombre de la multitud –inocente y cómplice a partes iguales–, nuevo Adán, también nuevo Dante, camina entre brasas para dar cuenta, con la dentellada del animal de la locura, con la conciencia de la pérdida de un origen edénico –que ya estaba en sus libros precedentes– de una visión sobre la que sustentar el ambicioso proyecto de «contar la vida», «contar la vida con todas sus traiciones», «contar() la vida que no miente» o, como confiesa Lázaro, «contar la vida porque todavía bajo los párpados una música habita las estancias más lejanas». A esas estancias más lejanas parece impulsarse el planteamiento de Contar la vida.

Y en eso Jesús Javier Lázaro Puebla no se nos muestra como un moralista. De un lado, no se erige en conciencia de nada, sino en el contemplador de la ruina que sólo alcanza a mostrar su perplejidad ante los efectos de la debacle. De otro, sabe que la ruina es condición de la vida, es condición de la piedra que pisamos y nos constituye. Nos hace humanos, nos hace materia mortal para «vivir aunque no se quiera», para «vivir como se pueda», incluso sabiendo que nacemos y vivimos «para sentir el aliento divino de la muerte», y avisados de que «en la vida hay muchas vidas y sórdidas tempestades», de que «no estamos hechos con la carne de los dioses, tan sólo con sus lágrimas, ungidas sobre el cuerpo», para dejarnos conmover por su taxativo e incontrovertible «Amo la mortalidad», igual que con similar contundencia declara: «Amo la vida, amo la muerte, y la tierra que acoge y esconde los huesos que amé». ¿Acaso el hombre no aspira a la inmortalidad, acaso no vive bajo la condena que lo expulsó del Paraíso y no desea volver a ser recibido en su umbría?, o en palabras de Lázaro Puebla: «¿es un sueño vivir fuera de este mundo?». No es un sueño, es un propósito vital, restaurar la inmortalidad sabiéndonos fruto del «hurto de la eternidad», asumir que «no es inmortal la eternidad, tiene sus razones para morir en tu presencia», y en su virtud reconocer que es difícil la travesía que representa «nacer y llegar a ser en el cielo, la claridad que nos reúne».

De pie, en mitad de ese campo devastado, al poeta sólo le caben dos vías, la plegaria o el poema, o, mejor dicho, la palabra poética, a las que se podría añadir –como compendio de ambas– el amor. Respecto de la plegaria, el poeta ve en ella el bálsamo a la muerte: «La eternidad es como un vaso vacío que se llenara con plegarias, es como una campana en la que nunca cayera la lluvia, ni la luz, ni llegara el frío o el hambre, ni la sed, ni el odio; la eternidad, como las tumbas, está llena de oraciones, guardan la paz de los muertos, es bella porque las flores silvestres crecen en su cuerpo y acogen nuestros sueños». De otra parte, la «plegaria nos regresa al origen, al delirio de no ser nada, al viejo mundo; a la gran bola incandescente de la palabra». Pero la plegaria no conforta en la descreencia de unos dioses que, aunque son como «puentes colgantes que nos unen a los astros», se muestran intangibles, y su existencia tiene su única razón de ser en nuestro desamparo. En definitiva, la plegaria se revela inútil («Levanto estas manos pobladas de ideales sobre el éxodo de una tierra dada a dibujar el misterio y el frío en lo sagrado»), pues «en la solemnidad del mito y la oración todo nuestro saber es lanzado a un viento de agujas y oscuros vidrios, lo escuchamos tras las puertas extenuadas, suyo era el trampolín de sueños incumplidos».

En relación con la palabra poética, Lázaro Puebla vuelve la vista a los románticos –siempre actuales, siempre nuestro faro– para recordarnos lo que ellos ya enunciaron: la palabra poética es palabra germinadora, pues es capaz de nombrar lo que no existe: «Hasta la palabra nacida del llanto sabe que detrás de una puerta hay un lugar donde el rumor de las olas nombra lo que aún no existe». Los románticos, que consagraron su fe en el verso como revelación de un concepto renovado de lo sagrado, lo que une al hombre con el misterio de su origen, también albergaron la esperanza en la poesía, de cuyo elogio fueron los más enconados defensores, como aliento transformador de la vida y de las personas. Esta misma fe alza Lázaro Puebla, que es en sí un deseo y, nuevamente, una plegaria que esta vez no se dirige a los dioses, sino al propio ser de la poesía: «Si la palabra escrita echara raíces y hojas como un bosque; si con el roce del viento llevara su voz hasta los valles; si el río arrastrase su música hasta las dunas, y en lo que dura un día las aves de la tierra hicieran su pensamiento en el alto día, junto a la luz que no tiene fronteras.» La poesía, como el mar de Valéry, siempre recomenzando, nunca alcanzará su sagrado fin, pues Lázaro Puebla ya sabe y advierte que «todavía no está escrito el lugar donde nace tanta luz infinita». En ese imposible afán se corona el poeta no nacido.

El amor aglutina la plegaria y la palabra. Sólo el amor puede lo que no podrán ni dioses ni poetas ni hombres: «Amar para dar forma al mundo, para que gire la tierra con sus vientos, para que nos absorba con el silencio la eternidad, para que acaso, cuando llegue la noche, la soledad se llene con el esplendor de la palabra primera», pero también fuerza arrebatadora y centrífuga, que nos humaniza y al mismo tiempo, en la realización del deseo, nos desposee de nuestra condición y nos retorna al origen de nuestro caos: «¿Quién amó tanto que perdió todos los pensamientos, todas las rosas; se arrancó la piel y cubrió sus heridas con el rocío de la noche? ¿Quién amó tanto que partió sus huesos? ¿Quién amó hasta ser capaz de encerrarse para siempre en un bloque de hielo? ¿Quién amó hasta convertirse en tiniebla? ¿Hasta ser la manzana roja que envenena su propia sangre?» Tal es la fuerza vital del amor pues «no mueren los hombres, mueren sus deseos».

Árbol, raíces, oro, viento, mar, huesos, piedra, corazón son la cifra de una vida que se perpetúa en sus remolinos y en sus tempestades. Vida más allá de su propia evidencia hecha carne y mundo, y más allá de su propia muerte. Contar la vida, como se puede suponer, tiene un propósito inabarcable, y creemos que el propio Jesús Javier Lázaro Puebla, habiendo alcanzado una estancia muy lejana en su poesía, también sabe de la quiebra que le separa de lo que quizá no pueda nunca llegar a decirse. Pero igual que aquella joven parca que abjurara de su condición inmortal y divina en pos de sentir el deseo que abrasará su piel de mujer, la vida felizmente puede renunciar a su eternidad con alegría, pues nada quiere saber ni de nuestro iracundo aullido, ni de nuestro vértigo, ni de nuestra perplejidad, ni de nuestras paradojas. La verdad, finalmente, se nos revela en cada amanecer con un designio tan incontrovertible como sencillo –ser igual que una hoja de hierba–: «la vida dice que tenemos derecho al sombrero, a la justicia, al buen gobierno de la casa, la administración de la sanidad pública, y a un beso».


Contar la vida está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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