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Diario de un escritor delgado (Eutelequia, 2011)

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Diario de
La portada es infame. Ya. Hagan como yo: pónganle un forro: el que no es feliz es porque no quiere.

Alguna vez lo hablamos: se publican demasiados libros, libros que a ver para qué se publican si, seamos honestos, hubiera dado lo mismo que no se hubieran publicado; es decir, no lo mismo, voy a precisar: hubiera el sector, sin tener que soportar la carga de la publicación, trasporte, colocación y conato de venta de toda esa basura, podido respirar algo mejor. Se notaría para bien, digo. Porque la oferta editorial es tan amplia, se manejan números tan desproporcionados[1], que sería de agradecer, y haríamos bien, del mundo un lugar mejor, más limpio, sostenible, si fuéramos capaces de parar tamaña insensatez, de conseguir que un buen montón de ellos —los que están mal escritos, directamente, o los que no aportan absolutamente nada, ya han sido publicados mil veces, por ejemplo; no voy a hablar aquí de los libros de poesía ilustrados; soy del equipo «que se abra un libro, siquiera sea por los dibujos»— no hubiera visto la luz. Libros innecesarios que aparecen en papel, que se llevan, esto es, por delante algún árbol, que contaminan, que ocupan espacio, que enfadan, finalmente, cuando los abre una, con la mejor disposición, la mente completamente abierta, para encontrarse con algo como

«La gente de campo sabe muchas cosas. Se las enseñaron sus padres, quienes a su vez las aprendieron de los suyos, que también fueron aleccionados por sus progenitores, y así hasta perderse en las raíces del tiempo. No parecen grandes enseñanzas, no para el siglo XXI. Pero sí son necesarias, imprescindibles. Al menos en su mundo, que es, desde siempre, el de la humanidad.» [2]

[Será que la gente no de campo, los que tienen hijos en las ciudades, no les enseñan a estos muchas cosas. O será otra cosa, cómo saberlo; qué nos importa, por otra parte, suspiramos, «con lo que cuesta el papel». Lo cierro y sigo.]

Lo que vengo a decir es que se publican demasiados libros. Así, si su primo o su hermano o su novio les dice que va a ponerse a escribir, o que ya ha escrito algo, que está buscando una editorial, por favor, sean sinceros con él, solidarios con todos los demás, piensen en el mundo, que es el de la humanidad toda, tal y como señala el autor del párrafo que les copié más arriba, quítenle la idea, intenten convencerle de que plantando un árbol o teniendo un hijo trascenderán también y ensuciarán menos, qué sé yo, intenten que entre en razón, que no lo haga, que es «su mundo, que es, desde siempre, el de la humanidad».

Porque lo interesante, lo ideal, es que hubiera papel y espacio en las librerías para libros como Diario de un escritor delgado. Es a lo que voy, donde quiero llegar. Un título honesto sobre el ejercicio de escribir, el miedo a volverse uno loco, la soledad, obsesiones todas de nuestro tiempo, se merece un lugar, una oportunidad. Si aturullamos a los distribuidores y libreros, editores, os digo esto a vosotros, ya que el tío o primo o novio de quien sea se ha puesto a escribir y os ha llegado finalmente el manuscrito, no lo publiquéis, sed pacientes: un día os llegará un Germán San Nicasio y querréis estar ahí, llegar al punto de venta, que haya sitio, tener la oportunidad y poder dársela a un título honesto y necesario y pertinente. Literario y real, si se me permite, ya que no gasto papel, ni el tiempo de casi nadie, ponerme estupenda. Haber podido editar a un autor vivo que no solo no es un pelmazo, sino que sabe escribir, que conoce el oficio, que lo padece y que además se pone a contar ese padecimiento tal cual es, sin más adornos que una prosa bien hecha, mucha bilis, rabia e ira contenida, tiene un valor. Uno alto. Me parece.

Diario de un escritor delgado es, así lo anuncia su título y dice verdad, el diario de un escritor. El autor ha acabado, tras larguísimos meses de duro trabajo, de escribir su libro. Es como arranca la historia. Ahora hay que intentar que lo publiquen. Y esa es la peripecia que se cuenta. Eso y todo lo demás: el diario recoge un día a día del que se da cuenta para dejar testimonio, de un lado; también para salvarse de la locura, para sobrevivir, sobrellevar qué, qué sentido tiene intentar encontrárselo, el sentido, dice, por otra parte.

Escribir es complicadísimo, difícil, agotador; díganselo así a su conocido, a ese que quiere que le den su opinión sobre lo que acaba de perpetrar, regálenle el libro de Germán: se sufre hasta cuando se tiene con quién jugar al ajedrez. Esa es la vida miserable que les espera. Leer es mejor. Y si se sabe contar lo que se lee, caray, es una gran pose, así también puede ligar uno, no es necesario ensuciar más el mundo. Háganme caso, que yo digo siempre la verdad.


Más:

  • El libro lo pueden comprar en cualquier librería; tiene distribución, en principio, a nivel nacional. En La Fugitiva lo tienen, seguro, que yo sepa.
  • El autor no solo escribe libros. Pueden leer aquí algunos de sus artículos.

[1] En el año 2014, según dice aquí el ABC, se publicaron 72.416 libros. Ahí es nada.

[2] Es el comienzo de la novela Quince días para acabar el mundo, de Manuel Astur. Lo siento.

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