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Diario de una loca del coño. 30 de Agosto

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«Yo he pasado muchísima hambre, no te haces una idea. El hambre era lo peor. Y las palizas, mi padre ya me dio alguna, se ponía muy nervioso, como bebía, y atemaba contra mí. Y luego esta bestia, que menos mal que se está muriendo ya, ahora sí que lo está pasando mal, lo está castigando bien Dios nuestro señor, cómo se retuerce en la cama donde se va a morir; qué malo ha sido, muchacha, qué malo, hasta un brazo me llegó a partir una vez, tres días me tuvo sin dejarme bajar a ver al practicante. Tú di que has hecho muy bien dejando al tuyo, así se pudrieran todos, que les den, que nos dejen en paz, delito tiene una por haber nacido mujer, ninguno, no hagas caso a las del pueblo, ni a esa que venía contigo con que era amiga tuya, la mosquita muerta, qué tontas y por eso qué malas son algunas mujeres, resulta ahora que es a él a quien invita a su casa, qué mamarracha. Ya me gustaría a mí haberlas visto pasar lo que a nosotras. Cómo miran por encima del hombro, qué bien viven sin ver nada. Menudas son, y qué estiradas van. ¿Por qué? ¿Porque no les han dado nunca una tunda palos?», me decía, mientras iba sacando y contando los huevos de la tinaja donde los guardaba a la vuelta de sus incursiones en el gallinero. Son huevos gordos, amarillos, sabrosísimos. Y está la conversación, casi sin variaciones. Ya no intento aclarar que el mío no me había pegado, que sólo eran agresiones verbales, «puta», «guarra», amenazas, «el día que te de una buena hostia verás como se te pasan las tonterías». He empezado a sospechar que lo sabe, que lo que ocurre es que lo equipara; le oyó llamarme ya no sé qué en la calle, y vi la cara que nos puso, levantando la barbilla, brava, azuzándome, como diciéndome «no te arredres»; y él, al darse cuenta de que le habían oído, encogido; y luego, enseguida, al ver quién era, aliviado, «otra puta loca». Todas estamos locas. Somos las locas del coño. Y somos legión. Me gusta escuchar sus historias sobre el hambre, «Mi madrastra apenas me daba de comer, se lo guardaba todo. Mi padre no era tan malo, era por el vino. Y por ella. Ella era un demonio, una víbora venenosa. No me quería, me mandaba al campo, con un mendrugo de pan y gracias. Qué hambre he pasado, muchacha, por eso luego me he puesto tan gorda, cuando ya he podido comer, qué rico que me está todo». Era como escuchar al mismísimo Gorki hablar de su abuelo y sus tíos y del fabuloso personaje de su abuela, sólo que sin su prosa, claro. No hacía falta: la literatura de esta mujer trascendía gramáticas, tan llenita como estaba de miserias. Otra loca del coño. Sólo que ésta no escribe; ésta coloca los huevos en una bolsa de plástico usada y los va contando, y luego te pide que le digas que cuánto te tiene que devolver, «que también soy analfabeta, m’hija», aspirando un poco la jota, como nació en un pueblo de Badajoz.

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