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Distribuir es llorar. A modo de editorial

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O de cómo se le quintan a una las ganas de plantar narcisos *

Es una exageración; hemos descubierto que este tipo de titulares hacen que hagáis más clicks, que nos leáis más (no sé si mejor). En realidad, no es para tanto. Pero sí que es verdad que a veces pasa, digo, lo de los narcisos.

Cuando empecé a trabajar con los libreros hablé horas y horas con ellos, por teléfono y en persona. Una vez, incluso, un librero me invitó al cine. Qué majo. A punto estuve de echarme un novio. Escuché muchísimas quejas aquellos primeros meses. 400 novedades en un mes, Raquel, es un despropósito. Me llegan libros sobre ¡cómo hacer macramé!. Así no se puede, no es ni medio normal, cómo vamos a estar al tanto de tanto libro como se publica. Estábamos en plena crisis, yo iba tomando nota. De todo. Tenía unas ganas locas de aprender, de encontrar un hueco. Me enganché enseguida.

Parecía más o menos fácil. Se trataba de hacerlo de una manera más lógica, más racional. Tener un catálogo relativamente pequeño para poder conocerlo, poder contárselo bien al librero o la librera, que esperaban como agua de mayo —esto lo tenía clarísimo, había hablado tantísimo con todas y todos ellos— una distribuidora que les dejara respirar, que les enviara los libros justos, los necesarios.

A la par, mientras en Librerantes se ponían en práctica algunos de los consejos de las libreras y los libreros, los que nos habían parecido más sensatos, los que podíamos asumir, El Maligno en una de sus formas, toda esa gente que está quejándose como si no hubiera un mañana —sin la queja este sector no podría entenderse, es una fuerza subyacente y poderosa, lo mismo un día explota, mucho ojito— y haciendo las cosas como se hacen de toda la* vida de Dios, porque, sí, todo va de* pena, pero por qué voy yo a hacer nada por cambiarlo, quién se quejaría en mi lugar, qué sería de mi vida, digo, El Maligno, a la vez que nosotras, en nuestra inmensa ingenuidad, cuan larga era, nos disponíamos a cambiar el mundo, seguía en sus trece: abriendo cajas de novedades y cerrando las de las devoluciones, contando —para los profanos: colocando en la mesa de novedades—  nada más con las dos o tres o cuatro distribuidoras de libros a las que una librera o librero ha de querer, las que tienen en su catálogo los súperventas, las que como te dejen de servir, adiós, ya no vas a tener más libros de poesía ilustrados*, las que distribuyen a las editoriales más fuertes, en fin. Porque qué más da si hay libros majos editados por editoriales que no tienen nada más que lo justo para sobrevivir, se pregunta El Maligno en una de sus formas, si yo con esto tengo más que suficiente para quejarme de lo mal que está todo, etc. Es decir, no hemos cambiado el mundo en estos casi dos años. Una puñeta, pero bueno. Aquí seguimos.

Esta semana le decía a un señor de una librería que no podía trabajar del modo en que lo hacían. Que, sintiéndolo mucho, tenía que retirar mis libros, dejar de servirles. No podíamos con la inflexibilidad de sus procesos, la cantidad de burocracia en forma de correos electrónicos larguísimos y absurdos que había generado un error (nuestro), la forma que tenían de gestionar la entrada de libros, los plazos inasumibles de los depósitos, tener que esperar tanto para facturar… Porque, veréis (aquí unas líneas por si hay alguien leyendo), para los que no sepáis cómo funcionamos, cómo está pensado esto para intentar combatir al Maligno en otra de sus poderosas formas: nosotras* los libros se los prestamos a las librerías. Y no los facturamos hasta que no nos dicen en la librería que los han vendido. Tal cual. 9 de cada 10 veces o más no sólo nos sale bien, es que además notamos un cariño que es como meterte oxitocina en vena día sí día también*. Con todo, cuando la persona que se ocupa de pasar las ventas no lo hace con cierta regularidad, no facturamos, y si no facturamos y además nos gastamos el poquito dinero que tenemos en enviarles libros, pues adivinad: nos vamos a la porra, gana El Maligno. Fin.

Me he ido dando cuenta, y así acabo esta diatriba, de lo ingenua que era cuando empecé en esto, hace ya ¿seis años? ¿siete? Porque yo me lo anotaba todo para hacerlo de otra manera, para hacerlo bien. Estaba convencida de que podía descubrir la pólvora yo solita, con estas manitas. Ahora, que sé que no, que yo estoy aquí porque hay gente en el sector que me deja estar, que me apoya, que simpatiza, lo que me apetece, en este domingo en el que por fin volvemos a poder actualizar contenidos, lo que me pide el cuerpo de verdad, es dar las gracias a todos y todas las que combaten al Maligno en cualquiera de sus formas, trabajen con libros o no. Inasequibles al desaliento, seguimos plantando narcisos.

«Take us the foxes, the little foxes,
that spoil the vines: for our vines
have tender grapes».
(Song of Solomon 2:15 *)

2 Comentarios

  1. NeferTiti
    9 febrero, 2017 de 11:17 — Responder

    ¡Ánimo, Raquel!
    No estás sola en tu lucha contra el Maligno, que se esconde en los lugares más insospechados (hasta en las librerías). Además tenemos las mejores armas: nuestras sonrisas. Así que sólo tenemos que querer, y seguro que lo logramos. Recuerda lo que dijo aquél: “Cuando una persona desea realmente algo, el universo entero conspira para que pueda realizar su sueño”. Mr. Coelho siempre es una fuente de ilusión e inspiración.
    Ah, y que les den a los burócratas y a los hombres grises. Construyamos un mundo de sonrisas y color!

    Gracias por seguir trabajando, incansable.

  2. […] las que, sencillamente, es imposible que podamos trabajar, no nos lo podemos permitir. ¿Recordáis aquel editorial sobre El Maligno? A día de hoy aún no hemos cobrado esa factura. Lo último que supimos es que […]

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