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Dos genios y un ingenio. The Thrilling Adventures of Lovelace and Babbage, de Sydney Padua

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Dos genios y un ingenio. The Thrilling Adventures of Lovelace and Babbage, de Sydney Padua (Particular Books, 2015)

«La burbuja del ferrocarril de la década de 1840 fue la siguiente crisis de carácter ruinoso después del la caida de las bolsas de 1833. Fue sucedida por las crisis de 1857, 1866, 1873, 1884, 1893 y 1896. Las crisis financieras del siglo XIX terminaron por fin, de manera satisfactoria, con el fin de la centuria. Fueron sucedidas por las crisis del siglo XX»

Lovelace-BabbageNo deja de tener su lógica que este cómic de Sidney Padua sobre Ada Lovelace y Charles Babbage se originara en un blog, ya que en el trabajo de estos dos matemáticos británicos se halla el germen de los modernos ordenadores. La historia nos explica que Charles Babbage concibió su Máquina Diferencial como una sofisticada calculadora mecánica. Babbage creyó que su idea original podía ser ampliada y mejorada, y concibió la idea de un aparato aún más desarrollado, la Máquina Analítica, cuyo tamaño e intrincado sistema de engranajes le permitirían hacer cálculos matemáticos complicadísimos de manera inédita hasta entonces.

Aquí entra en escena Ada Byron, Lady Lovelace, hija del celebérrimo (y libérrimo) poeta inglés[1]. Lovelace tradujo las notas que el ingeniero Luigi Menabrea había redactado sobre una conferencia en la que Babbage describía su proyecto de fabulosa máquina calculadora, aportando contenido propio a su traducción al inglés[2]. Entre esas notas aparece, bajo la apariencia de una tabla de cálculo, lo que sería el primer «programa informático» de la historia: Ada desglosa en columnas los pasos en los que la máquina de Babbage podría procesar sus cálculos de manera automatizada.

Inevitablemente, el profesor de Cambridge y la Condesa congenian y se convierten en colaboradores, aunque el titánico proyecto de la Máquina Analítica se queda sin realizar, debido a la temprana muerte de Ada Lovelace a los 36 años, por un lado, y por el otro, al perfeccionismo de Babbage , rediseñando constantemente una máquina capaz de realizar cálculos cada vez más difíciles, cuyo complejo funcionamiento necesitaba una financiación que Babbage no halló y cuya fabricación, aventuran los expertos, hubiera requerido una tecnología y unos materiales que todavía no estaban disponibles en la época.

Sidney Padua cree, y cuesta no estar de acuerdo con ella, que de no ser por estas circunstancias, el destino del Imperio Victoriano tal vez no hubiera sido diferente, pero si mucho más futurista y excitante. Tras una introducción en la que nos reseña brevemente la vida de ambos sabios, procede a crear un universo de bolsillo en el que la Máquina Analítica llega a ser terminada, Lovelace no muere y ésta forma junto con Babbage una pareja de superhéroes de la ciencia a la usanza steampunk, en cuyas aventuras se combinan de manera francamente irresistible el humor y las matemáticas. Pese a su obvio carácter ficticio, la historieta nos ilumina de manera entretenida y eficaz sobre la ciencia y el progreso, con sus ventajas y, por supuesto, su lado oscuro.

Aún en sus avatares en esta realidad alternativa y cómica, los protagonistas se ajustan perfectamente a sus contrapartidas históricas: Padua los ha estudiado a conciencia y con cariño y los Lovelace y Babbagge de su universo de bolsillo alternativo son fieles a su origen aún bajo el trazo distorsionado de la caricatura.

La Lovelace de Padua es, bajo el arquetípico barniz de flema británica, una devota y eficiente servidora del ingenio que se adentra en su maraña de engranajes con destreza y determinación, liberándose de su molesta crinolina y sustituyéndola por unos prácticos pantalones de montar[3]. Su punto débil es la herencia de su padre, el poeta. Para Ada las matemáticas son un antídoto para combatir su oscura tendencia cromosómica hacia la lírica. Lo irónico del caso es que, según nos argumenta la autora, tanto el estudio de los números como el de las letras están unidos por la capacidad de imaginar del cerebro humano, y que las cifras nunca son tan secas ni tan racionales como aparentan ser. No es casualidad que en una de las historias haga una fugaz aparición un tal Charles Dodgson, estudioso de las matemáticas y fabulador sobre mundos al otro lado del espejo.

Por su lado, Babbage es un sabio que destila bonhomía y despiste, siempre deteniéndose a considerar una mejora de su proyecto cuando ya lo tenía encaminado. De disposición entusiasta, el sonriente sabio sólo se ofusca ante la falta de reconocimiento a su trabajo y su intolerancia hacia los músicos callejeros. Quizás lo más encantador de este Babbage es que no sabe ser diplomático ni siquiera por aquello tan conveniente de quedar bien con la realeza (lo que puede explicar que en vida fuera nombrado caballero de una orden de segunda).

En sus trepidantes aventuras nuestros matemáticos se enfrentan, por ejemplo, a las crisis monetarias causadas por los desatinos de la especulación. Ya ven que no es un fenómeno nuevo y, por cierto, muy emparentado con el mundo de las apuestas al que la condesa Lovelace era muy aficionada (ya se sabe, el lado práctico de las matemáticas).

Acompañando ocasionalmente a nuestros héroes, encontramos al legendario y enérgico ingeniero Isambard K. Brunel, el hombre de acción por antonomasia de éste cómic, cuyas patillas y corta estatura nos recuerdan al Lobezno de Marvel, y que aportará músculo, vapor y acero a los inmateriales cálculos de nuestro dúo algebraico.

Resultan particularmente disfrutables en el cómic las puyas que trasladan los términos del mundo informático que conocemos hoy a una versión decimonónica de humorosa verosimilitud. Que estas hazañas imaginarias de Lovelace y Babbage estén repletas de acción y humor no quita que sean altamente informativas sobre sus contrapartidas históricas. De hecho, Sidney Padua dedica varios capítulos entre historietas para explicar con más detalle sus vidas y sus aportaciones a la ciencia de manera clara y bastante accesible hasta para quienes como yo optaron por el bachillerato de letras. Hay que destacar entre ellos el capítulo dedicado a visualizar lo que podría haber sido la Máquina Analítica de haberse construido.

La informática ha simplificado nuestras vidas, hasta el punto que hay docentes que proponen eliminar la educación tradicional, con el argumento de que no hace falta esforzarse en memorizar cosas que ya podemos encontrar en internet, y en este contexto no deja de ser curioso que sus fundamentos fueran establecidos por personas cuya educación fue de tal severidad que nos resultaría intolerable hoy en día, pero que generó científicos de gran talento y capacidad multidisciplinar, que podían citar a clásicos griegos y latinos de memoria y en su lengua original.

A veces no somos conscientes hasta qué punto seguimos bajo la alargada sombra del siglo XIX, pese a una imagen harto divulgada pero en extremo simplificada por la cultura popular: esos victorianos de patillones, chisteras de melusina, prietos corsés, guerras imperiales y represión sexual. Decía Daniel Bernabé recientemente que «así todo, la gente del XIX era gente de fiar». Ciertamente, nuestros héroes, pese a sus muy humanas debilidades, se constituyen en titanes de la ciencia, colosos de la inteligencia de toda la vida y no esa inteligencia emocional que predican los gurús del comportamiento de nuestra época: la autora dedica una breve pero feroz broma a lo que hoy se denomina «habilidades sociales», viniendo a decir que en un mundo en el que abunda el talento, estas son características que definen a los mediocres.


Notas al pie:

[1] Lord Byron, aquel que moriría defendiendo a Grecia frente al imperio Otomano, vamos, alguien que sin duda no sería hoy bien visto por la Troika.

[2] Las notas de Lovelace se extienden de tal manera que son dos veces y media más largas que el texto original de Menabrea.

[3] La Lovelace histórica era una entusiasta amazona.

 

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