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El arte también es feo

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La presencia de la fealdad ha sido una constante en la historia del arte. La famosa obra de Umberto EcoHistoria de la fealdad, hace un exhaustivo recorrido por las diferentes imágenes de fealdad que se han producido en el arte occidental a lo largo de los siglos.

Resulta complicado resumir este ingrediente fundamental de la historia del arte en unas pocas líneas, es mucho más sencillo y eficaz explicar un importante rasgo común que tienen la mayoría de representaciones de la fealdad de cualquier época, esto es, la relación y unión de fealdad física y fealdad moral o maldad, relación que sufre una clara evolución con el paso de los siglos. Esta singular característica de las imágenes de la fealdad es el camino que Umberto Eco escoge para analizar y explicar la evolución del concepto y representación de la fealdad a lo largo de la historia del arte.

Unos cuantos piquetitos, Frida Kahlo, 1935.
La duquesa fea, Quentin Massys, 1513.

En una primera aproximación al arte nos parece entender que su objeto principal es la belleza y su objetivo es agradar al espectador. Todos hemos visto esos bodegones con frutas y flores de llamativos colores y texturas, los retratos de personajes ilustres con lujosas ropas de preciosas calidades, los paisajes que nos hacen soñar con maravillosos lugares, los suntuosos palacios cuyo tamaño y decoración nos fascinan, las regias esculturas que decoran tantas calles de nuestras ciudades… Todos estos elementos, aunque en su mayoría encierran un profundo significado, nos dan una primera impresión de tipo claramente hedonista. Estas obras de arte parecen estar ahí para nuestro deleite, para provocarnos sensaciones placenteras a través de su belleza. Pues bien, el escritor y filósofo italiano nos muestra en este repaso por el arte de muchas épocas y lugares diferentes que, aunque no nos hayamos parado a observarlo, el arte ha incluido lo feo entre sus imágenes de la misma forma que ha incluido lo bello.

Estudio de Inocencio X, Francis Bacon, 1953.

La fealdad está presente en la realidad que nos rodea, y si el arte pretende recrear esa realidad en su totalidad, no puede evitar lo feo, lo malo o lo desagradable. La fealdad ha penetrado en el arte con todo derecho, los artistas han mirado sinceramente la vida sin ocultar sus miserias y han representado la fealdad con tanta intensidad como han hecho con la belleza. La fealdad pasa de la realidad al arte y, por la intensa emoción que produce en el que la contempla, aunque esta no sea placentera, se convierte en una categoría estética más.

Este libro tiene un compañero llamado Historia de la belleza que lo complementa a la perfección, hace un repaso de los cánones de belleza y las asociaciones de lo bello con lo bueno que se han hecho a lo largo de la historia del arte. Al tener como objeto de reflexión un concepto totalmente opuesto al de la fealdad, su desarrollo es completamente diferente. El lector, al estar más familiarizado con la belleza en el arte que con la fealdad, encuentra menos sorpresas y la lectura se vuelve menos emocionante, aunque por ello no deja de ser una obra interesantísima.

Por todo esto ambas lecturas son altamente recomendables para aquellos interesados por el arte en general y por la estética en particular. Son dos obras que a los seguidores de la cara esteta de Umberto Eco suelen fascinar.

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