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«El Café Comercial ha sido mi Universidad». Juan Bohigues en El Mundo

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El camarero del Café Comercial convierte en novela las historias de sus clientes

Por Pablo Gil

Como tantos escritores y actores, Juan Bohigues es camarero. Pero no uno cualquiera.

Juan atendió durante 24 años en el Café Comercial de Madrid, un local elevado a la categoría de santuario por su memoria, es decir, por su nostalgia. Salió de allí con sus pertenencias en una bolsa, como el resto de la plantilla, el 27 de julio de 2015, cuando el café más antiguo de la capital cerró abruptamente, y, aunque nos cita para hablar de su libro en el renovado Comercial, reabierto hace un año, aquí ya no queda nadie del antiguo equipo.

Henry Miller en el metro«Entré con 26 años y salí con 50», explica sentado en el comedor de la planta baja, con vistas a la Glorieta de Bilbao y al quiosco de su amigo Rafa, 30 años vendiendo periódicos, Dios le bendiga. «El Café Comercial ha sido mi universidad. Entré como un niñato y al final es como si todas las cicatrices se hubieran cerrado a través de las historias que me iba contando la gente. Todo lo que me había pasado malo en la infancia y la adolescencia y que yo no entendía, empezaba a tener sentido estando aquí escuchando esas historias», dice Juan, el camarero.

La historia de José Luis, el hombre que le confesó: «Vengo aquí porque no quiero ver a mi mujer». O la chica que se citó con dos novios el mismo día en el mismo lugar, a horas diferentes, y se dio el lote primero con uno y después con el otro. «Hay personas que vinieron solo una vez y me contaron su vida, como un jubilado que me dijo: “Yo en Nochebuena me meto en la cama y no salgo”».

Le gusta usar símiles y metáforas. Para él, el Comercial fue «como un periscopio o como una azotea» a la que asomarse. «Puedes viajar por el mundo buscando algo o quedarte en un sitio y que el mundo gire alrededor tuyo«, dice. «Y mi mundo era el Café, como mi telaraña».

Hace dos décadas, Bohigues empezó a escribir relatos con las historias que le contaban en el Comercial. «Como un espía», el camarero novelista fue reuniendo así una enorme obra archivada en un cajón durante todo este tiempo, 120 relatos nada menos, que ahora por fin comienzan a encontrar lectores con la publicación de Henry Miller en el Metro (Editorial Polibea), un libro de relatos «crudos, con amargura y también con mucho sentido del humor» escrito junto a Javier Azcue, director del programa de Telecinco Mujeres, hombres y viceversa.

Un camarero le pregunta a un cliente: «¿Qué le pongo?». El hombre responde: «Póngame un piso». Y el camarero dice: «Ya empezamos». Es el chiste que Forges dejó en el libro de honor del Comercial y que hoy está custodiado por la Biblioteca Nacional. Su directora, Ana Santos Aramburu, le pidió en 2015 a los antiguos camareros, la mayoría de ellos licenciados, que le dieran todos los recuerdos que atesoraban, y así lo hicieron.

Juan alimentó su mitomanía con una clientela extraordinaria. Francisco Umbral, «con su capa y sus gin-tonics»Rafael Sánchez Ferlosio, «con su bastón y sus pecios, muy serio y hermético, aunque muy cercano hacia nosotros, tomando un batido de fresa». Leopoldo María Panero, «al que tuvimos que tirar porque venía con el pantalón meado, con unas copas de vino, imagínate lo que era eso para mí, que quería ser escritor». Tomás Segovia, «el más importante para mí, muy respetuoso, escribiendo con su lápiz lentamente».

Manuel VicentLuis LanderoArturo Pérez-ReverteTerele Pávez, también el grupo de aviadores republicanos que tenían tertulia semanal y que fueron muriendo hasta que ya solo quedaba uno, y se sentaba, y pedía algo, y conversaba con sus recuerdos y los fantasmas. Y Rafael Soler, que es el actual dueño del Comercial y quien ahora intenta devolver el alma al emblemático local: «Venía, me cogía las manos y me pregunta: ‘¿Has escrito hoy?’». Soler fue el primero al que le mostró sus escritos. «Le di uno de los relatos y me dijo el mejor elogio que me han dicho: ‘Me gustaría haberlo escrito yo’».

«Todo el mundo que viene aquí tiene una historia y algo que contar, y tú eres el ser invisible al que contarle y la esponja que recoge todo», dice Juan, que nació en Gandía y llegó a Madrid cuando aquello se le quedó pequeño, deseando escribir y actuar. «Estudié un año de Periodismo, allí coincidí con Javier Azcue, y desde entonces estamos unidos. Pero dejé la universidad y estudié cine en el TAI, luego teatro con Cristina Rota, William Layton y toda esa gente. Monté una compañía de teatro con Javier, actuamos por ahí, y luego empecé a escribir». Para «pagar todo aquello» buscó un trabajo, y en el primer sitio que lo intentó, le contrataron.

Juan Bohigues, que llamaba madre a su jefa, asegura que la publicación del libro ha significado para él que sus 24 años como camarero y por tanto como cazador de historias «no han sido un fracaso». Y usa, una vez más, una analogía. «Tengo un hermano sacerdote y a menudo tengo miedo a que me diga un día: «Ya no creo en Dios». Todo este tiempo habría sido en balde».

Porque para Juan, la escritura es «poner orden». «En la vida nada tiene sentido, pero en un relato debe tenerlo. De alguna manera, escribes porque quieres entender que todo tiene una lógica».

En un cajón de su casa reposan más de 100 relatos, y más que llegarán, aunque no sean creados desde la atmósfera del Comercial, sino desde la del Café Central, donde ahora trabaja este hombre que se despide citando, sonriente, a Truman Capote: «Sólo me leen las señoras mayores y los camareros».

Entrevista publicada en El Mundo el pasado 5 de abril.


Henry Miller en el metro está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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