Inicio»Puentes»Libros que leemos»El hombre que sudaba bourbon [por Jerónimo Fernández Duarte]

El hombre que sudaba bourbon [por Jerónimo Fernández Duarte]

2
Compartidos
Pinterest Google+

Jim

Como no podía ser de otra manera, el padre de Jim Thompson era un sheriff corrupto apodado Big Jim, que tuvo que huir a México al poco de nacer el pequeño Jim para evitar ser encarcelado por malversación de caudales públicos. El pequeño Jim pasó parte de su infancia sin padre, al cuidado de su abuelo materno, que lo introdujo en tres campos de estudio: la literatura, las mujeres y el whisky. Ya de vuelta, Big Jim se llevó a los suyos de Oklahoma a Texas, donde hizo una rápida fortuna con el petróleo que perdió rápidamente con el juego. El pequeño Jim tuvo que ponerse a trabajar, y uno de esos trabajos fue el de reportero de sucesos; cuenta la leyenda que eran su madre y su hermana quienes tenían que hacer el trabajo de campo, dado el disgusto que la sangre y las vísceras producían en el joven Thompson. El trabajo duro, el alcohol y la tuberculosis lo dejaron un tiempo fuera de circulación y volvió para ponerse a trabajar como botones nocturno en un hotel de Forth Worth, donde proveía de mujeres, alcohol y otras substancias a los clientes. Un lío a partes iguales con la policía y con la mafia de la ciudad dio origen al iniciático peregrinaje de Thompson a través de estados y ocupaciones: vagabundo, bracero, experto en explosivos, trabajador en un campo petrolífero, proyectitsta de cine, reportero… en 1930 se matricula en la Universidad de Nebraska, para estudiar agricultura; no llega a terminar la carrera pero sí a casarse con una telefonista católica que le dió tres hijos, le obligó a hacerse la vasectomía y nunca le concedió el divorcio. A finales de la década se afilió al partido comunista, como denunció un guionista a principios de los cincuenta, pero como no era famoso, el comité de MacCarthy lo dejó en paz.

Escribió novelas y relatos sin demasiado éxito hasta que publica Tan sólo un asesinato en 1949, que le reporta cierta fama. En los cincuenta inicia su colaboración con Lion Books, una editorial neoyorkina, a la que entrega doce novelas en dieciocho meses, siempre en ediciones baratas. Con un estilo preciso y cortante, como el cuchillo de un matarife, Thompson recrea de manera descarnada, desvergonzada y feroz aquella América de ciudad pequeña, carreteras secundarias, pequeños timos y sordas tragedias que le tocó vivir. Dos de sus personajes más conocidos, los psicopáticos Lou Ford, ayudante del Sheriff, y Nick Corey, Sheriff, tenían un modelo que Jim conocía muy bien: el Gran Jim, muerto en un asilo tras comerse el relleno de su colchón.

jim thompson solo un asesinato

Me sigue pareciendo asombroso que todas aquellas novelas de Thompson se publicaran en la América de Hoover, MacCarthy y Eisenhower. Tal vez se debiera al prejuicio que pesaba sobre los escritores de misterio, que no se consideraban “escritores serios” hasta que algunos intelectuales como Auden o Sartre empezaron a reivindicarlos. Uno de los admiradores de Thompson, Stanley Kubrick le dió trabajo como guionista en dos de sus películas, Atraco perfecto y Senderos de gloria, aunque no tuvo el detalle de acreditarlo, tal vez por la denuncia que pesaba sobre él como comunista. Que Tarantino ha visto muchas veces Atraco perfecto es algo que advierte quien haya visto Atraco perfecto y las dos primeras películas de Tarantino, en las que tal vez sin saberlo -pero yo creo que Quentin sí sabía, pues siempre habló de Reservoir dogs como de una novela y Pulp fiction es un título que lo dice todo-, Jim Thompson estaba presente.

A principios de los sesenta aparecen tres de sus mejores y más conocidas novelas: 1280 almas, Los timadores y La huída, todas llevadas al cine sin que Thompson viviera para verlo. Tuvieron que ser los franceses, la mismísima Gallimard, quien valorara en su justa medida el talento de Thompson y lo invitaran a París con motivo de la edición francesa de 1280 almas en el número 1000 de la mítica colección sèrie noire. Las vacaciones parisinas del escritor fueron divertidas y estuvieron bien regadas pero tuvo que volver a toda prisa a California cuando su católica mujercita lo llamó diciéndole que su hijo había intentado suicidarse. Era mentira, pero piadosa. Siete años después, en su lecho de muerte, Thompson se desmarcó de la doctrina Kafka/Virgilio y no ordenó quemar sus manuscritos, sino conservarlos, pues estaba convencido de que se revalorizarían con el tiempo. Acertó: Jim Thompson está sentado en el cielo de la novela negra, si es que existe, junto a Hammet y Chandler, tal vez porque su voz original y poderosa es algo más que una nota al pie de página de la obra de “esos dos”. Algunos desagradecidos, como Ellroy y MacCarthy no parecen incluirlo entre sus lecturas, aunque yo lo leo cuando los leo a ellos.

Murió un siete de abril, a su entierro no acudió casi nadie por un error tipográfico en la necrológica. Su antiguo editor y amigo Arnold Hano dijo que su entierro le pareció sacado de una de sus novelas: algo entre la burla, la crueldad y el absurdo.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.