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El milagro de la primera vez

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Iluminada

Cuando el camión entró en la plaza lleno de cajas cerradas nadie podía imaginar la repercusión que tendría; nadie le prestó atención. Discreto, más grande que pequeño, sin publicidad de productos ni colores vistosos. Pasó desapercibido.

Era esta una plaza gris, anodina, nada de edificios hermosos o, al menos, peculiares. Sus vecinos estaban tan acostumbrados a esa fealdad industrial que ya no se daban cuenta de que estaba muy lejos de resultar un lugar acogedor. Se habían acostumbrado. La gente iba y venía.

Una vez hubo aparcado, mal, el conductor permaneció en su interior, observando la plaza. Oscurecía y allí seguía, dentro del aparatoso camión. Pasó un tiempo que nadie podría determinar, porque a nadie le interesaba. El número de personas en la plaza se fue reduciendo poco a poco. Cuando la noche se instaló definitivamente, ni siquiera quedaba un vecino paseando a su perro.

Entonces fue cuando el hombre bajó del camión que había conducido hasta esa plaza. Sus instrucciones eran precisas. Bajó cada caja y las depositó en el centro de la plaza, tal como le habían indicado que hiciera. Volvió a pensar en lo raro del encargo. Y esperó. Aparecieron dos furgonetas en el silencio. De ellas bajaron varias personas. Abrieron cajas, siempre en silencio, sacaron lo que le parecieron herramientas y, a los pocos minutos, pudo presenciar un extraño baile. Cada una de estas personas colgaba de un arnés, en la fachada de cada edificio de la plaza y comenzaba a… pintar. No podía creerlo, el color surgía de unos aerosoles y las fachadas se iluminaban; no con esas pintadas que a pocos gustaban en realidad. Estaba surgiendo una luz realmente increíble de esas tristes paredes.

Antes del amanecer el trabajo había sido terminado. Y todos se marcharon como habían venido, en silencio. Nuestro hombre recogió las cajas que ahora contenían aerosoles vacíos y restos de guantes y otros aparejos.

Las paredes quedaron asombrosas. No importaba a dónde dirigieras la mirada: querías seguir mirando allí. Tuvo que hacer un esfuerzo para despegarse de allí. Antes del amanecer el camión también había desaparecido.

Los vecinos más madrugadores no se dieron cuenta de nada. Levantarte de noche, salir también de noche camino al trabajo y, además, regresar  de noche, no estimula la atención hacia las fachadas grises que estás harto de ver. Pero con los siguientes fue distinto. Todos se paraban asombrados; la luz en las fachadas no sólo les fascinaba, alegraba su estado de ánimo, envolvía los edificios de la plaza y, por fin, se hizo un espacio entre tanto gris. Fueron muchos los que tomaron una decisión que aplazaban día tras día, animados por el impulso que les proporcionaba esa luminosidad. Y prosperaron.

Aún hoy, resulta estimulante, a pesar del desgaste sufrido en las paredes por la acción de los elementos. Pero sigue sin saberse quién organizó esa monumental pintada. Y muchos, si se despiertan en la noche, se asoman a las ventanas que dan a la plaza, por ver si se repite ese milagro, el milagro de la primera vez.

1 Comentario

  1. BEGOÑA
    16 octubre, 2017 de 14:41 — Responder

    Buenos días:
    Quería felicitar a Marisol Rodríguez por sus relatos, sobre todo por éste último.
    Me encantaría que se animara y escribiera algún relato más largo, ya que me quedo con ganas de saber más, de saber qué ocurrirá…
    ¡Felicidades y no pierdas nunca la ilusión de escribir!. Comparto tu opinión, a mí también la lectura me hace muchas veces vivir mejor.

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