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El pensamiento como arte de la simulación y teatro de intensidades

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El filósofo-artista en el Suplemento Cultural Encuentros

Contra el Concepto

Daniel Sedcontra

El pensamiento como arte de la simulación y teatro de intensidades

Puede considerarse a Jean-Noël Vuarnet como el último exponente de la corriente de pensamiento postnietzscheano que desarrollaron en Francia, a lo largo del pasado siglo, autores como Georges Bataille, Pierre Klossowski o Gilles Deleuze. Quizá ese carácter tardío, la heterogeneidad inclasificable de su obra y la temprana muerte del autor, impidieron que la obra de Vuarnet alcanzara una más amplia y merecida difusión. Una obra dispersa, plural y polimorfa cuya diversidad de géneros y formatos, a menudo fusionados, abarca tanto el ensayo como la poesía, el artículo, la novela, el relato o la crítica. Muy en consonancia con su concepción del discurso especulativo como algo esencialmente «impuro», es decir, bastardo, imperfecto, sometido a mezcla de formas y estilos, y a una constante transacción de la supuesta pureza de la idea con la impureza material de la imagen, de la sensación, del cuerpo y del propio texto escrito.

Vuarnet, siempre a la búsqueda de la intensidad, de aquellas experiencias limítrofes, no dudó en transitar entre lo altísimo y lo más bajo, entre los éxtasis de la mística Ángela de Foligno y la apática carnalidad de Sade, situándose en ese intervalo disyuntivo constituido por una suerte de angelismo lúbrico o de lubricidad angélica. Allí donde el individuo, el saber y Dios mismo quedan abolidos en favor de una inflamación ígnea que es consumición a fondo perdido de la existencia.

Por lo que tiene de recuperación de un autor amenazado injustamente por el olvido, de reivindicación de un pensamiento arriesgado y nada académico, la empresa de la editorial incorpore de divulgar su obra en nuestro país (en breve, publicarán del mismo autor El discurso impuro) no puede sino ser saludada como una valiente iniciativa.

El filósofo-artista’es un recorrido por algunos pensadores que, afirmando la multiplicidad y la pura diferencia a partir de una visión intensiva y pulsional de la vida, acabaron con la vieja estructura de la representación platónica. Escritores tan diversos como Giordano Bruno, Rousseau, Kierkegaard, Sade o Nietzsche tienen en común su carácter de «pensadores privados», dedicados a la transcripción de sus pathos respectivos, por eso apartados del lenguaje de lo universal y del concepto; cultivadores de un pensamiento deliberadamente contaminado por los recursos propios de la creación artística.

El filósofo-artista, conjurando el fantasma del nihilismo, reivindica para el hombre, huérfano de todas las viejas instancias que coartaban su vida (sin Dios, identidad ni verdad), su poder casi demiúrgico de refabulizar y, por tanto, de recrear, libremente, su propia existencia, según las fuerzas por fin desencadenadas de la vida y del deseo.

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