Inicio»Desde fronterad»El pueblo que sobrevivió en la selva peruana al terror [Por Ralph Zapata Ruiz]

El pueblo que sobrevivió en la selva peruana al terror [Por Ralph Zapata Ruiz]

0
Compartidos
Pinterest Google+

Antolojia-1

El pueblo que sobrevivió en la selva peruana al terror (y a la indiferencia)

Apenas nos acercamos, los niños huyen despavoridos. Más tarde comprenderemos que su actitud responde a una secuela psicológica, abierta como una herida profunda. También a nuestras enormes cámaras y lentes, que a ellos –indígenas machiguengas– les recuerda la imagen de la muerte, a los militares y policías con sus fusiles y bazucas. Hace más de un año, ellos invadieron sus casas, violentaron sus puertas, los interrogaron a la fuerza, y después los obligaron a huir. A refugiarse de las balas, las minas y el bombardeo desde helicópteros que, durante un mes, sobrevolaron la zona en busca de terroristas. Desde entonces, el zumbido de un helicóptero o la presencia de extraños los alerta sobremanera. Los pone en guardia.

Porque este lugar, perdido en la espesa selva cusqueña –como muchos otros, que permanecen escondidos– se hizo visible por la desgracia: el secuestro de 36 trabajadores de Camisea, el proyecto gasífero más grande de Perú, a manos de terroristas de Sendero Luminoso. Antes de eso, los nativos de Incaree vivían tranquilos, a sus anchas, en una selva caliente e intrincada. Su existencia no estaba marcada en las guías de turismo ni en los libros de geografía. Y a ellos eso no les importaba. Habían estado solos mucho tiempo, desde que sus ancestros se asentaron allí y fundaron el pueblo (aunque nadie recuerda cuándo fue).

Se trata de un pueblo al que se accede, después de superar un viaje de doce horas en camioneta, desde Cusco, a través de una carretera polvorienta y angosta. Un pueblo donde antes todo era diáfano y solitario. Incaree –que en machiguenga significa laguna– era una comunidad de setenta casas desperdigadas entre las montañas. Durante el día, los indígenas labraban la tierra y pescaban en el río; y por la noche se reunían a la luz de una fogata, a conversar en su dialecto.

Pero esa calma llegó a su fin el jueves 12 de abril de 2012. Y, la primera señal de que algo andaba mal fue ver helicópteros en el cielo, con artilleros observando las montañas. Después, los indígenas escucharon disparos, de metralleta, de fusil, bombas, y más disparos desde el aire. Freddy Díaz Martínez, el jefe de la comunidad, se refugió debajo de su cama, junto a su esposa y sus tres hijos. Allí permanecieron largas horas. Oyendo las ráfagas y explosiones, cada vez más cerca. Hasta el sábado, cuando decidieron cobijarse en la casa de un familiar, cerca de la escuela, a media hora a pie. Esa noche no pegaron el ojo. Tampoco lo harían las próximas noches.

Al día siguiente, de madrugada, despertaron sobresaltados por las hélices de un helicóptero, que aterrizó cerca de la escuela. Los militares se desperdigaron entre las viviendas. A todos les apuntaron por las rendijitas de las paredes de madera –recuerda el director de la escuela de Incaree, Iván Barrientos–. Al papá de Freddy, el viejo Roberto, que tenía la rodilla hinchada, lo jalonaron como a un muñeco. A sus hijos también. A todos les apuntaron con armas. Un policía de Kiteni pidió que los soltaran, porque sabía que eran nativos. Si no hubiera sido por ese policía, los mataban a todos creyendo que eran terroristas –prosigue Barrientos–, siempre en voz baja porque tiene miedo. Miedo de morir por hablar; miedo de morir por callar, también.

De ese día, sin embargo, no quiere acordarse Roberto, que esta tarde acaba de volver del campo, con sus botas de hule, su polo mugriento y su caña de pescar. Hace un rato se ocultó el sol en Incaree, y los niños han retornado a sus chozas, con sus madres. Las casas están desparramadas entre montañas verdes, casi camufladas. Solo Adán, el hijo de Freddy, permanece en la cancha de fútbol, donde su tía Lisbeth está de pie, con la mirada petrificada. La mujer viste un polo rojo y varios collares con llaves y figuras de animales salvajes. Los usa como protección contra los malos espíritus. Contra fuerzas malignas, como esos soldados que aquel funesto domingo se llevaron su radio, sin dar explicaciones.

—Con esa radio nos comunicábamos con otras comunidades, cuando alguien se enfermaba. O cuando necesitábamos ayuda. Ahora estamos aislados. ¿Sabes por qué lo hicieron?

El silencio, a veces, no es la mejor respuesta a las inquietudes profundas. En la mirada de Lisbeth hay una furia contenida, como si de pronto un animal indomable fuera a salirse de su cuerpo para atacar. Una manada de patos y gallinas desfila por el campo deportivo. Adán juega con la cámara de Álvaro, el fotógrafo. Don Roberto se lava las manos, agachado, con el agua que brota de una manguera. La luna ilumina esta selva enmarañada. La noche aquí no solo amenaza con su oscuridad, sino también con sonidos extraños, figuras raras en los caminos, o voces cerca de la carretera. Pero no siempre fue así.

Lisbeth recuerda que, antes de abril del año pasado, ninguna de las setenta familias de su comunidad se preocupaba por los terroristas de Sendero Luminoso. Los veían como algo lejano. Algo que atacaba a cachacos y policías en el Vraem, ese pedazo de territorio peruano que agrupa parte de las regiones de Apurímac, Cusco, Junín, Huancavelica y Ayacucho. Para ellos, Sendero era un funesto recuerdo de los años ochenta, cuando Abimael Guzmán –fundador del grupo terrorista– asesinó a miles de inocentes. Ignoraban, sin embargo, que desde 1999, cuando fue capturado el terrorista Feliciano, la familia Quispe Palomino –los hermanos José, Jorge y Gabriel– habían tomado el mando en el Vraem, y andaban a la conquista de nuevos territorios. Nuevas zonas por donde sacar la droga del Vraem.

Lisbeth, que ahora está sentada sobre un tronco de madera, me dice que si hablara su dialecto machiguenga podría confesarme algunos de sus secretos. Don Roberto, que cocina yucas en una canasta, se ríe como si hubiera contando un chiste.

—Quiero aprender –le digo–. Enséñame.

[El texto completo es uno de los artículos que recoge el libro Antolojía, que puedes encontrar en cualquier VIPs, si estás en Madrid, así como encargarlo, si en ese momento no lo tienen, en cualquiera de estas librerías. Todas las imágenes son de Álvaro Franco Reyna]

El autor, Ralph Zapata Ruiz, estudió Periodismo en la Universidad de Piura. Desde hace cinco años trabaja en el diario El Comercio de Perú. Actualmente es corresponsal en Cusco. El año pasado entrevistó al camarada Gabriel, cuarto mando militar del grupo terrorista Sendero Luminoso. Le fascinan, además, las historias vinculadas a la selva peruana. En Twitter: @ralphzapata

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.