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El ruido y la feria (de Alejandro Narden)

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Y si dijera, después de un título así, que aborrezco los juegos de palabras, que me enfadan todos los infinitivos conjugados que terminan dando nombre a un festival o a algo peor: CreArte, AmArte, EnjabonArte; y si dijera que en las tres semanas en que fui responsable de la caseta 313 no hubo un solo día en que mis números coincidieran con el arqueo de la caja, con los libros que recordaba haber vendido, que mis conclusiones pudieron desbarrar, ya entonces; si comienzo exponiendo una contradicción (atención: narrador no fiable), ¿qué se supone que tendré yo que decir a propósito de lo que ha sido la Feria del Libro de Madrid de este curso? No lo sé.

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Es cierto que estuve allí. Viví la feria desde el interior de los tres metros de chapa blanca alquilados a precio de ático en el centro (piso compartido, uno y medio para nosotros y uno y medio para otra editorial modesta). Caminé cada mañana desde el Ángel Caído enfilando la recta en la que, temprano, todavía se mezclaban patinadores y libreros desempacando los envíos de la distribuidora. Corredores, cafés apresurados, trajín en los contenedores azules, las puertas sujetas con cinta adhesiva para evitar las consecuencias de un golpe de viento, el plumero en la mano, para retirar la capa de polvo de estantes y cubiertas. Diecinueve días afincado en el Retiro. El domingo 14 a las 21:30 horas cerré por última vez las persianas, tal como hicieran los otros 364 expositores. Y el lunes, a mediodía, con el remanente inventariado, con las cajas de cartón clasificadas, mojadas por una lluvia irreverente, habiendo entregado las llaves a la organización, me marché de allí aliviado porque tocara a su fin, cansado, casi convencido de que tal vez lo echara de menos, confuso sobre todo, porque seguía sin saber qué impresión me había causado. ¿De qué sirve esa reunión de viejos amigos, de desconocidos con conciencia de gremio? ¿De qué sirvió en las 73 ediciones precedentes? «Mañana, y mañana, y mañana…», como el verso de Macbeth del que se vale Faulkner para el título de su novela. Quizás mañana pueda ofrecer una opinión mejor formada.

Mientras diré que recuerdo, sin orden, sin atender a cronología:

  • A mi vecino, un poeta solvente que sobrevive sin embargo como librero y corrector, cuestionarse quién sería quién acumulaba una cola de devocionarios menores de veinte que bloqueaba el tránsito a todo lo largo de nuestro segmento y a ambos lados, sol y sombra. «¿Esto es por el autor de esa novelita?». «Sí, es preciosa, de amor. Pero tiene veintidós años y ya ha escrito muchas. Y es tan guapo» –nos responde con una chispa de orgullo una adolescente–. A mi vecino, sonriéndose detrás de sus gafas de sol oscuras para decirme: «Tranquilo, no tiene nada que ver con la literatura».
  • Recuerdo que el tinte de la reina Sofía, gris, sí, pero casi violeta, atrapó más atenciones y suscitó más comentarios jocosos que los millares de pelos azules que pasearon por la feria.
  • Recuerdo la cantidad de horas que pasé meditando, al ver pasar a la gente con las bolsas pagadas por el banco Sabadell, sobre para qué porcentaje de las editoriales presentes en esta puesta en escena la feria terminaría siendo deficitaria. Un cincuenta por ciento, especulo. No salen las cuentas, no es un negocio, es un escaparate. El optimismo está arraigado en quienes no conocen la prosperidad, en un sector donde la crisis es una perpetua forma de ser. «Estamos junto a los grandes, nos damos a conocer, ¿cuánta gente lee un anuncio en un periódico? Esto es mejor. Volveremos, al año que viene». Y así caen algunas pequeñas y nacen otras, en su lugar, y continúa un ciclo en el que pocos ven la sangre que entregan –tanta o más que los autores– los editores alistados, año a año, a las márgenes del Retiro.
  • La megafonía que, cuando no le prestabas atención, se filtraba por tus poros hasta producirte el mareo propio de estar viviendo una tormenta en un barco, y cuando lo hacías, te obligaba a dejar de extrañarte ante anuncios tales como: no sé qué autor firma Nunca debí enrollarme con una moderna, o Tan fácil como tuitear te quiero, o La economía es fácil si no eres tonto. Ante escritores que se llaman a sí mismos Blue Jeans, o sea, vaqueros azules; u otros cuyos nombres se repetían mañana y tarde, día a día: Juan Antonio Ferrando pasó firmando la saga Sefirot’s Game más tiempo que los de Babelia regalando su suplemento cultural.
  • Predigo que hay, o va a haber, un pequeño boom de la natalidad. Eso, o que –de acuerdo con la confluencia de embarazadas– cuando vamos a ser padres pensamos ya en la educación del hijo nonato e, igual que acudimos a comprar la cuna, buscamos los libros que le leeremos al pequeño.
  • Recuerdo mi asombro al oír que Pajares y Esteso, sin hueco en ninguna pantalla, reaparecían para actuar juntos en la Feria del Libro. ¿Por qué?
  • Recuerdo con especial cariño a nuestro camarero habitual. Mi jefe, poeta y editor, se encendió un cigarro y se sentó. La conversación podría no haberse dado, o podría haberse producido de otra de las mil variantes posibles, cualquiera de las cuales habría marrado lo que al fin ocurrió. Pidió un café y le dijo: «¿De dónde es tu acento? ¿Ecuatoriano?, ¿colombiano?». «Soy bogotano» –respondió–. Y permaneció de pie a su lado un segundo, suficiente para que el otro continuara: «Pues hemos publicado a bastantes colombianos» –y comenzara a enumerar hasta que el camarero le detuvo en un nombre–. «¿Federico Díaz Granados?, pero, ¿será posible? Él y yo estudiamos juntos en la escuela». Un mensaje de móvil desde el otro lado del océano corroboró inmediatamente la historia. Nuestro camarero le había defendido en un asunto de faldas cuando tenían quince. “«¿Y qué es de él?» –nos pregunta–. «Es director de una biblioteca y una sala de exposiciones, y un respetadísimo poeta». «¡Ya era poeta con quince años!» –apunta sonriendo–, «desde chiquito se le veía muy listo. Yo reprobaba hasta el recreo. Por eso yo en cambio estoy en Madrid de camarero». Mi jefe corrió entonces a la caseta a por un ejemplar de Hospedaje de paso, el poemario de Díaz Granados, y se lo regaló. «Volveré y lo buscaré sólo para que me lo firme» –nos dijo llorando de agradecimiento el camarero–.

Mi feria es ruido. Mi feria es un cuento relatado por un idiota. ¿Sin sentido, como en el final del verso de Macbeth? ¿Lo ha tenido para los que la pasasteis del otro lado del mostrador?

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