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El traje nuevo del presidente Mao. Releer la historia

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Releer la historia de la «Revolución Cultural»
Prefacio de 2008. Por Simon Leys

Cuando se borra la historia de un pueblo, se borran sus bases morales.
Ma Jian

Si Hitler hubiera ganado la guerra, podemos imaginar que, un cuarto de siglo más tarde, una nueva generación de dirigentes nazis, obedeciendo a imperativos pragmáticos, probablemente habría emprendido la reforma de la visión original del Führer de manera tal que habría acabado siendo difícil reconocerla. Pero, actuando así, no les sería difícil conservar por todas partes los retratos del genial fundador del Tercer Reich; y su efigie gigante seguiría decorando la fachada del Reichstag en Berlín. Diversos aspectos de la ideología hitleriana, de idiosincrasia un poco incómoda (pensemos en la «cuestión judía», por ejemplo, para entonces resuelta ya mucho tiempo atrás), se habrían metido discretamente debajo de la alfombra; y, además, en sus relaciones —por lo general buenas— con el Reich europeo, la diplomacia transatlántica se guardaría púdicamente de aludir a estas desagradables historias del pasado (que, por lo demás, no tendrían ninguna incidencia en los nuevos intercambios comerciales).

Leszek Kołakowski, uno de los pensadores más profundos de nuestra época, se divirtió en su día escribiendo una burla breve y feroz, remedando el estilo editorial del New York Times. ¿Pero (me preguntarán) qué relación puede haber entre esta ucronía y la situación actual en China? (Y, después de todo, el presidente Mao nunca hizo otra guerra que contra su propio pueblo).

Me explico en dos palabras.

China ha vivido estos últimos años transformaciones prodigiosas. Está convirtiéndose en una superpotencia, si no en la superpotencia. En este caso, será —cosa inédita— una superpotencia amnésica. Porque, hasta hoy, su milagrosa metamorfosis se efectúa sin cuestionar el absoluto monopolio que sigue ejerciendo el Partido Comunista sobre el poder político, y sin tocar la imagen tutelar del presidente Mao, símbolo y clave de bóveda del régimen. Y el corolario de estos dos imperativos es la necesidad de censurar la verdad histórica de la República Popular desde su fundación: prohibición total de escribir la historia del maoísmo en acción, es decir, las sangrientas purgas de los años cincuenta, la gigantesca hambruna causada por Mao (en un acceso de delirio ideológico) a principios de los años sesenta y, por último, el monstruoso desastre humano de la «Revolución Cultural» (1966-1976). Trece años después de la muerte del déspota, la matanza de Tiananmén (4 de junio de 1989) se manifestó como una apostilla añadida por los herederos para mostrar su fidelidad al testamento legado por el ancestro fundador. Pero estos cuarenta años de tragedias históricas (1949-1989) han desaparecido de súbito en un «agujero de la memoria» orwelliano: los chinos que hoy tienen veinte años no disponen de ningún acceso a esta información. Les cuesta menos descubrir la historia moderna de Europa o América que la de su propio país.

¿Qué especie de futuro puede construirse sobre la ignorancia obligatoria del pasado reciente? «Lo que puede representar el mayor obstáculo que impida a China convertirse en un país moderno en el mejor sentido de la palabra es su voluntad de maquillar y reescribir la Historia, en particular la historia de la “Revolución Cultural”», señalaba hace poco el periodista norteamericano Mirsky, perspicaz observador de la actualidad china.

Pero la metáfora más elocuente de la situación actual es ese Coma de Pekín que evoca Ma Jian: el protagonista de la novela (una creación especialmente poderosa de la literatura china contemporánea) es un joven manifestante al que una bala perdida de Tiananmén vuela la cabeza, y que flota, paralítico, mudo, sordo y ciego, en un coma sin fin.

Portada de El traje nuevo del presidente Mao (Ediciones El Salmón, 2017)

 


Este fragmento es uno de los prólogos de El traje nuevo del presidente Mao. Está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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