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El verano era eso, nadar, pescar

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PRODIGIOS TENKARA BASURA PERDIGÓN

PRODIGIOS. Te gustaba dejarte llevar por la suave corriente y acercarte a los islotes selváticos que formaba el río. Bajo sus ramas aguardaban los grandes barbos a que cayeran los saltamontes y las frutillas. Al atardecer, te gustaba atar la barca a la sombra y descansar un rato sintiendo que la soledad y el silencio arropaban esa pequeña grieta húmeda y verde del mundo. Contemplabas a veces prodigios. Un barbo enorme saliendo de la nada para tragarse un pajarillo que había caído del nido; la intuición de tu perro adivinando la cercanía del bass antes que tú sintieras en las manos su picada; la sombra monstruosa de un pez negro y ancho que acabó siendo un banco de apretados alevines de pez gato; la zambullida del martín casi a tus pies y su sorpresa al salir con el cachuelo y ver a un tipo asombrado, agazapado bajo una rama, con una caña en la manos; la gran trucha que sorbía pequeñas efímeras blancas junto a un brazo con algo más de corriente en el que desembocaba la garganta y que se alejó de ti para siempre, perezosa y molesta, por tus aspavientos al intentar cambiar en unos segundos el señuelo; o la luz de la tarde haciendo brillar las columnas de mosquitos que bailaban en espirales de seda, la quietud absoluta del agua que reflejaba los estrechos bosques de la ribera como si bajo su superficie existiera en verdad otro río, otro cielo, otro mundo y otro pescador mirando dentro. Te gustaba cuando el barbo tiraba de la barca, la sensación de su fuerza invisible que no dependía de brazos, ni piernas, ni palabras como las de los hombres, sino de la suavidad de su cuerpo de pez, la densidad mágica del agua y su instinto.

Y ahora estás de nuevo aquí, como si nada del tiempo hubiera roto la vida, como si los años fueran sólo el suave devenir circular de las estaciones idénticas a sí mismas. Remas buscando la sombra, el resguardo del islote, lanzas y recoges despacio la seda esperando de nuevo prodigios.

TENKARA. Revisabas las fotografías de hace un año. Llevabas casi dos semanas sin pescar y ya no podías más, necesitabas volver al agua, tocar de nuevo la piel fría de los peces, remontar de nuevo la corriente. ¿Pero cuál?…

… Aquel por el que caminábamos descalzos, bajo un sombrero de paja roto, con una vara de bambú de tres metros y el sedal atado a la punta, dos anzuelitos y dos gusarapas medio empaladas en el acero. Me gustaban, en especial, los pilares del puente. Allí se formaban remolinos oscuros y aguardaban su comida los barbos más grandes. Más abajo, en la tablas rápidas, subían las bogas y era muy frecuente que hiciéramos dobletes. El verano era eso, nadar, pescar y escuchar las historias de mi abuelo sobre galápagos enormes y anguilas monstruosas, nidos de arraclanes y cernícalos amaestrados, lobos de ojos fluorescentes y tiroteos de película, curvas de la Chelito buscándose su pulga y viajes remotos por un Mediterráneo que muchos años después tú recorrerías de punta a punta siguiendo su camino. Salíamos a pescar a eso de las diez, tras devorar, según el día y el humor de mi abuela, un plato de buñuelos o tostadas con miel o picatostes de vino o de huevos fritos con pimientos o dos tomates maduros, rajados con sal sobre un trozo de pan. Las costeras de mimbre eran muy viejas, no sabíamos que tenían cien años y el brillo de las bogas retorciéndose en el aire reflejaban el sol como ningún espejo en los que luego te mirarías. Nos bajábamos al río una enorme sandía que dejábamos refrescar sumergida en alguna orilla sombría. Tras el primer baño y las primeras dos horas de pesca, sentados en alguna piedra cómoda, nos comíamos la sandía cortada en dos mitades de las que íbamos sacando grandes tacos rojos, pellizcando la pulpa, cada cual con su propia navaja. Luego volvíamos a la pesca, alejándonos despacio, por orillas llenas de árboles muy grandes, cuajados de lianas y ortigas, hasta llegar al puente viejo. En esa poza hondísima, nunca tocamos su fondo, nos bañábamos de nuevo con miedo a todos los monstruos que sin duda dormitaban en sus fondos para luego volver a la casona. Nos volvía locos el arroz de nuestra tía abuela Mado, una vez apartados los mil tropezones multicolores con los que aliñaba el guiso. Más tarde, cuando los mayores se retiraban a sus siestas y lecturas, a eso de las cuatro de la tarde, en medio de la peor calorina, nos escapábamos de nuevo a la garganta a pescar entonces con todo el cuerpo sumergido en el agua, asomando apenas la cabeza y las manos. Los peces nos mordisqueaban la barriga y las piernas, tal vez como venganza o quizá porque ya nos sentíamos o éramos, una parte natural de aquel río.

Ya no quedan ni siquiera los pilares del puente y son pocas las bogas que remontan. Ya no queda nada de aquellos veranos y a veces me parece que todo fue un sueño cada día más perdido e impreciso. Les pregunto entonces a mis primos o a mis hermanos y ellos me confirman que ese tiempo existió. Me dan detalles, me cuentan sucesos, hechos, certidumbres y entonces me sorprendo y recuerdo con más nitidez esos días. Mi hermano cultiva en su jardín el bambú de la estirpe de aquellas otras cañas y a veces pesco, me escapo al río, así, con una caña fina y bien curada y una imitación de gusarapa, los japoneses lo llaman tenkara y yo lo llamo infancia.

Ya no queda casi nada, es cierto. Un poco de memoria, una caña de bambú, otro poco de tiempo, la sensación de frescor cuando metes las piernas en el agua y luego nadas hasta la piedra sumergida en la que te sientas, como entonces, a pescar así, casi flotando, con apenas la cabeza y las manos por encima del frío, mientras los peces se acercan a picotearte y a hacerte cosquillas, no sabes si con afán de venganza o porque que eres ya, de verdad, un anfibio.

BASURA. El pescador no puede entender la basura dejada en la arena, los papeles, las botellas vacías, las heces, las bolsas de plástico llenas de desperdicios arrasando la belleza del lugar. No puede entender, o no quiere entender, quién puede llegar allí para beber, comer y cagar en el mismo lugar y luego dejar sin más la basura, disfrutar de esa ribera por unas horas y luego convertir durante semanas o meses o años ese mismo lugar en pocilga.

Le duele al pescador la profunda ignorancia, la profunda incultura, el gran desprecio hacia los demás y hacia uno mismo que se deduce de este triste espectáculo. Luego, de vuelta, como ha hecho tantas veces, venciendo la repugnancia, sacará la bolsa negra de basura del chaleco e intentará recoger y limpiar el desastre con la certeza y la seguridad de que dentro de pocos días volverá a estar el lugar lleno de mierda. El pescador se aleja río arriba, supera en el charco siguiente el vertido turbio que cae por un arroyo desde un campo de cultivo que curan con veneno y, en la siguiente poza, una toma de agua con el motor junto a la orilla, desde el que gotea fuel hasta la arena. Tiene que alejarse muchos metros para encontrar por fin el río limpio, aunque en ambas orillas, a pocos metros del agua, las alambradas cerquen el campo. ¿Será que el dueño de esas miles de hectáreas teme que le roben las encinas y los grandes alcornoques?

Pero el pescador no quiere indignarse, quiere dejar atrás tanto desprecio, tan poco amor, siquiera afecto, hacia esta tierra que nos da para vivir y nos protege del inhóspito vacío del Universo. No es misticismo, ni neojipismo. El río, metáfora de tantas cosas para los poetas, ha sido el lugar real donde comenzamos a ser homínidos inteligentes. Sin agua dulce y limpia sería imposible sobrevivir. Este agua no sólo la necesitan las truchas sino la humanidad entera y sin embargo…

El pescador no puede hoy abstraerse de todo, ni olvidarse. En un recodo flota un envase de refresco y un poco de espuma amarilla delata que el agua lleva sutiles tóxicos que no han sido depurados por el pueblo de arriba. Hoy pesca solo, pero si estuviera pescando con su hijo no sabría cómo explicarle todo aquello, cómo excusar a una civilización, a un pueblo que llena de mierda el agua, cómo hablar de progreso, desarrollo o futuro en un país que siente ese profundo desprecio hacia las aguas y los bosques. Siente vergüenza, tristeza, indignación, sobre todo porque hace pocos años él bebía sin miedo de ese agua y todo parecía un paraíso indestructible.

Piensa en los chavales que habrán dejado el precioso charco del puente de la Carava lleno de inmundicia, en el agricultor que desagua veneno, en el que vampiriza el agua con la bomba o en los miles de ciudadanos que ignoran o que no les importa que no se depuren bien las aguas residuales que salen de sus lavadoras y cloacas. Gente corriente, normal, educada, limpia y respetuosa en sus casas y con los suyos. Tal vez sea eso. Que el mosquero andante es un místico y un neojipi, un ingenuo y un tonto, un antisistema y un indignado que no sabe que el progreso, el único real, es también todo eso: basura, mierda y aguas muertas.

PERDIGÓN.  Hemos ido pasando del hiperrealismo entomológico al impresionismo leonés, del cubismo norteamericano a la ninfa abstracta. En estas «obras de arte» que montamos y pintamos en el torno sólo queda de la ninfa la idea, el concepto, la voluntad del observador de creer que «eso» es lo que imagina, aunque la obra sea una bolita de metal naranja butano tras el que se ha liado una madeja en forma de cono de un color fucsia, eléctrico o pop barnizada luego con un pringue que se solidifica con una pistola de rayos galácticos. Algún veterano montador aún tiene el humor o la añoranza, arqueológica, de colocar a esa ninfa abstracta un cerco, una colita de pluma de gallo de León, como si así el Pollock pudiera acercarse algo a las Meninas. Pero, ¿es Pollock arte?, ¿es un perdigón una ninfa? Digamos que es otra cosa, denominémoslo señuelo. Los señuelos de Pollock decoran las casas de los ricos y aburren a los turistas en los museos. Los señuelos de perdigón engañan a las truchas o las enojan o las hipnotizan hasta el punto de que desean morderlos. Más o menos igual que unos de esos guisos que servían en el Bulli. Así que eso montamos en nuestros tornos, cocina tecnoemocional para truchas, ninfas deconstruidas.

Los montadores figurativos siguen en lo suyo, añorando los tiempos del paisaje, el bodegón y el retrato mosquil. Los hiperrealistas se han convertido en poetas puros hasta montar preciosas moscas desde la filosofía juanramoniana de «el arte por el arte». Y el resto, todos los demás, nos hemos pasado a Pollock, hasta las mismas truchas. Todos degustamos admirados los guisotes marcianos de Adriá o sus sucedáneos y atamos un perdigón de colorín a un hilo del cero diez que paseamos por el fondo del río y decimos: ¡ah!, que estamos pescando «a mosca». Además, pensamos que los emplastos de Pollock y los perdigones cotizan bien en el mercado del arte y de la pesca, ambos son útiles, decorativos y funcionales.

Pero mi hijo el pescador, que estudia biología, arruga la nariz cuando le digo que estamos pescando a mosca con esas ninfas perdigón. Di mejor que estamos pescando al tiento con un señuelo de fantasía. Y nos reímos juntos. Lejos de purismos o integrismos mosqueros, nosotros atamos una ahogada impresionista leonesa, un cubista saltón yanki de foan, una realista rhodani que monta cierto famoso amigo o uno de estos perdigones de Pollock según sea el río, el mes o nuestro humor. Somos pescadores, no carcas críticos de arte.

A veces, a la caída de la tarde, cuando los peces comienzan a subir a comer en superficie y me paso a la seda y la seca porque me gusta ver salir a las truchas y enredar con los lances en el aire, pienso que quizá llegue un día de pesadilla en el que en todos los restaurantes nos sirvan sucedáneos de cocina tecnoemocional y que la plaga de imitadores o émulos de El Bulli hayan poblado la tierra gastronómica hasta no existir ningún lugar donde comer una fabada tradicional o una dorada asada sin más. A veces pienso que quizá llegue el día en el que ya no vendan estas sedas de verdad que me gusta lanzar y hayamos olvidado cómo montar pardones con plumas de León,70 un día en que pescar a mosca no sea ya otra cosa que pasear un señuelo abstractivo por el fondo del río atado a un hilito invisible.

Capítulo XXIII de Los ríos salvajes (Varasek Ediciones, 2017)


Los ríos salvajes está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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