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En la paradoja de los tiempos

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En, desde, hacia la caída

Por Mª Ángeles Pérez López

¿Qué queda sedimentado al fondo de un texto cuando se produce su caída? ¿Y cuándo de las personas se produce su caída? No sirven viejos símiles como el de las hojas del otoño, al menos tan desgastado como la propia carnalidad tumefacta de esos cuerpos de tránsito, sino que somos invitados a mirar hacia otras textualidades y corporalidades, aquellas que operan por elisión y decantamiento.

Así el libro Caídas (2016) de la poeta ovetense Teresa Soto (1982), que ha publicado en una muy cuidada edición incorpore. En él se transita entre la vida y la muerte, se acompaña a aquellos que caen, se realiza un traslado que es a la vez mítico y cotidiano, tal vez el de la barca de Caronte con su peso secular, tal vez el de cualquier ambulancia o purgatorio:

Servicio de barcas
negras y largas
en forma de boca.
Transporte de vivos.
Nos dejaron pasar
subimos al transporte
negro y vivo.
Nos dejaron pasar
aunque íbamos
pálidos
y con él dentro
con su muerte a cuestas.
Y sí, llegamos
al otro lado.
Solo que en silencio
solo que callados
solo que a medio existir.

Caídas  no da, sino que resta: de ahí el estremecimiento. Aparece el paso de la enfermedad y de la muerte, de la vida y del duelo, en un presente que hacemos nuestro en cada uno de los poemas perfectamente trabados del libro, porque la elisión, la exploración de los límites y la anulación de sustancias narrativas o de otras índoles extra-poéticas concentran el poema sobre sí, sobre su presencia radical.

El título marca uno de los movimientos centrales que inquiere Soto, el de todo aquello que va hacia su final o su derrumbe, en poemas sin título, breves y acotados que aprietan sobre sí la extrema concisión («Guardar la fiebre dentro/ y la enfermedad/ cuando el país entero arde/ y se rompen los vasos/ y los hornos/ y el pan sabe mal/ como si hubieran caído dentro/ las miserias/ el sudor de los soldados/ que nadie conoce»), pero al tiempo se hace visible el ascenso, la subida, el crecimiento de aquello que es plenamente consciente de la experiencia de los límites: del propio cuerpo hacia otros cuerpos, hacia un afuera al que entregarse («Otro cuerpo./ Hace falta otro cuerpo/ que me sirva para transportarte/ y transportar también/ lo que te duele/ lo que me duele/ lo que ya no nos cabe./ Nosotras/ que día tras día/ alargamos los límites/ y no nos bastan»). Expresando así las diversas tonalidades de la caída, en un lenguaje poético de gran sugerencia, Teresa Soto hace suyo también el movimiento inverso, el que celebra «la carne viva» («Celebramos la carne viva,/ echar el corazón por la boca,/ saltar, saltar/sobre un charco de vida,/ que está, todavía, está»). En una autora que establece vínculos fónicos entre los versos al utilizar con cierta frecuencia la rima asonante (a modo de ejemplo, «granito» y «sonreímos» y «daba» y «dorada» en el primer poema del libro), no puede ser casual la convicción fónica con la que se enlazan caída y vida.

Por otra parte, se percibe hasta qué punto unos pocos elementos muy cohesionados producen una impresión a la vez compacta y sutil: la fuerza de las imágenes, algunas repeticiones, el escamoteo de lo anecdótico, la brevedad tanto del poema como del verso, el uso relevante del encabalgamiento o las frecuentes comparaciones permiten articular un conjunto de pasajes, de tránsitos endesde y hacia la caída, pero al tiempo, también la resiliencia. Por ello la imagen del fuego, la lumbre en la que se prende el tiempo ido y también el alumbramiento hacia el futuro (el amor, los hijos): en la paradoja de los tiempos que jamás se tocan (o por desaparecidos o por no alcanzados), el poema es presente y existencia.

Dividido en dos grandes partes –dos libros en realidad («El Dorado» y «Caídas»), distintos pero llenos de túneles que los comunican–, toma su título de la segunda. A su vez esas dos partes están subdivididas en dos apartados: en la primera persigue los diversos imaginarios de «El Dorado» y el «Oro» –el segundo subapartado– (utopía y deslumbre, respectivamente, pero también el parque natural de California del mismo nombre); en la segunda parte indaga en el amplio espectro semántico de las «caídas». En ambas, precisamente por lo que no da, por lo que decanta y elide, intensifica las percepciones: «Oro» muestra que lo que queremos aprehender o apretar es solo combustión. En cierto sentido, la primera parte da cuenta de la conformación de una identidad que conoce y asume la pérdida; en la segunda parte, las caídas modulan muchos de sus tonos hacia una experiencia que no es lineal sino que va y vuelve, se colma y vacía en recovecos…

A través de formulaciones verbales inéditas, el libro borra, tacha, prescinde de. En lugar de operar por acumulación, por sumatorio o arrastre, opera por negación: en el final del tercer poema leemos «El asco y no,/ la alegría y no,/ el final del verano». Lo contrapuesto sería lo que, en operaciones de la lógica, se anula en tanto lucha de contrarios, pero en el espacio del poema Teresa Soto logra hacer visible la luminosa y aterida presencia del amor (de la vida) en un territorio de cenizas y pérdidas.

Así, la exposición del tiempo a su negatividad no es anulación sino sobrevivencia: la escucha de un silencio en el que el poema deja de decir para ser, como en el siguiente texto:

Nos recostamos
sobre un silencio
hecho de trinos
y de un rumor
estable
como una carretera lejana.

Extendidos sobre ese silencio
nos cubrió una tela
de calor
compacto
que nos secaba la piel
nos secaba el lenguaje
y el contorno de los dedos.

Llegó la luz
suave como el animal
dormido
en el jardín de abajo.

Llegaba el verano.

Se da una conexión íntima con la naturaleza que solo el poema parece permitir: Arcadia lejanísima sobre la que se ha escrito una y otra vez en el deseo de restañar esa brecha o herida, justamente por la creciente dificultad de volver a tocar la extrema inocencia del mundo: su «verano».  Entre los libros sobre los que ha escrito Soto destaca El cantar de los cantares, que por su conexión amor/naturaleza se imbrica con la lectura de Caídas . De los versos bíblicos ha subrayado su carácter táctil, rugoso y árido: su materialidad. Precisamente una de las cualidades centrales de Caídas es su capacidad para indagar en el fulgor material de la pérdida.

[…]

Puedes continuar leyendo esta reseña en la Fundación Centro de Poesía José Hierro.

Caídas, Teresa Soto


Caídas está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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