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Mibelán

Su forma es ambigua porque no para de cambiar. Muchos ven en él algo hermoso, bueno. Otros, algo dañino. Así de formidable es esta criatura.

Mibelán es etéreo. Es al atardecer cuando se le puede observar. Se extiende en el cielo de tal manera que los rayos del sol le hacen parecer una estrella. Es mutante y, a veces, se eleva difuminándose en las alturas despejadas para crear hermosos contrastes, sombras y rayos de luz asomándose por sus extremos desplegados en el aire, dispersos. Le gusta jugar y es frecuente verle adoptar la forma de diferentes animales, caras familiares y objetos, para poder recibir la atención de aquellos que le ignoran. Y comienza a modificar su proyección para no perder el interés de quién lo observa. Asombra a todos.

Su carácter es cambiante, como él, y, en ocasiones, de forma atormentada.

Se dice que en su apariencia más relajada le gusta reposar en las cumbres montañosas. Las envuelve y acaricia durante días y noches. Hay testimonios que hablan de ese contacto. Al principio es una sensación fría, inquietante,  pero después se transforma en una presencia que te rodea, obligándote a ver más allá, abriendo tu percepción como un maestro paciente. Si te cierras a él es tu perdición. Nunca aceptará que no intentes comprender, que no sientas curiosidad, que pienses que nada te puede enseñar. Se desata entones su otro lado.

Nadie puede imaginar qué pasa por su mente; de pronto, se enfada, su lado caótico asoma y le posee de tal forma que comienza a lanzar rayos y truenos que aterrorizan  a todos, y a descargar tal cantidad de agua que, alguna vez, ha arrasado cultivos inmensos, la vida de tantas criaturas.

Hay quien cree que no es más que una nube.


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