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Eso de los hutus y los tutsis [por Nacho Carretero]

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La carrera de los Beatles duró siete años y nosotros estamos a punto de llegar a Ocho y medio que, con el renovado homenaje a Juan Ramón Jiménez de esta segunda entrega de nuestra antolojía, ofrece al lector algunas señas de identidad cuando nos dan miedo los que solo saben ser frente al otro, abriendo zanjas, levantando fronteras. Nos sigue interesando, como a Henry David Thoreau, la inmensidad del mundo, la naturaleza, la lluvia, la nieve, los insectos, y cada individuo en su necesidad. Todos fuimos, somos o seremos refugiados. Seguimos empeñados contra el ruido que hace internet y fuera de internet. Por fronterad han pasado ya más de mil colaboradores, y no nos rendimos porque seguimos respirando. Creemos en el papel a pesar de tanto naufragio, y en la posibilidad de una red que no sea solo la de contar mentiras y sumar pinchazos como si la cantidad fuera un valor en sí mismo. Seguimos buscando dar respuestas a la desesperanza en un mundo en el que los hechos parecen no contar y hay demasiados que prefieren escuchar mentiras a leer y luchar con las llaves maestras de la razón y la amabilidad.

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Eso de los hutus y los tutsis

«Es que Ruanda es un país muy complicado. Muy complicado». Lo susurra cada cinco minutos Paul. Como un leitmotiv de su discurso, un mantra para dejar claro que o se empieza por el principio y se explican bien las cosas o Ruanda se convierte en un jeroglífico absurdo. Paul es el nombre ficticio de un vecino de Kigali que es hutu. Es un nombre ficticio porque en la Ruanda actual no es aconsejable hablar demasiado sobre el genocidio, de modo que Paul se convierte desde ahora en un confidente. Estaremos con él enseguida.

Nombrar Ruanda tiene un efecto resorte que dispara los conceptos hutu y tutsi, dos de los pueblos que habitan en el país. A partir de ahí, las preguntas imprescindibles: ¿Son dos etnias? ¿Se distinguen entre ellos? ¿Quiénes fueron los que mataron a los otros? Hagamos caso a Paul. Comencemos por el principio.

Si alguien puede decir que ha vivido en Ruanda desde el minuto uno, que Ruanda es su hogar sin la mínima grieta de duda, esos son los pigmeos. En concreto, los pigmeos de la etnia batwa, actualmente conocidos como twa. Se trata de un pueblo cazador y recolector que habita en la región de los Grandes Lagos desde la antigüedad. Y esto es decir mucho, porque una gran parte de la antropología considera que fue en esta zona de África donde los primeros seres humanos, literalmente, echaron a andar. Actualmente en Ruanda los twa suponen solo el 1% de la población. Como el anfitrión de una casa que se opone a la fiesta que ya se está celebrando, los twa vieron cómo otros pueblos llegaban, se instalaban y ponían la música a todo volumen. Estos invitados a los que se les fue la mano eran dos pueblos que terminarían conociéndose como hutus y tutsis.

Todavía en la antigüedad, los pueblos agricultores de la zona que hoy es la República Democrática del Congo llegaron a las colinas ruandesas. Eran los pueblos bantú, que en Ruanda se llamarían hutus. No tuvieron ningún problema –que se sepa– con los twa, como tampoco lo tuvieron con los pueblos nilóticos que descendieron desde el norte etíope con sus rebaños, pueblos ganaderos que pasarían a conocerse como tutsis. Si bien el origen señala dos pueblos diferenciados, es delicado hablar de dos etnias ya que han pasado miles de años desde su llegada a Ruanda. Durante todo este tiempo, que es como decir durante todo el tiempo, ambos pueblos convivieron y se mezclaron. Su única diferencia fue la dedicación: si eran agricultores eran hutus y si eran ganaderos eran tutsis. De fondo, en silencio, los twa: cazadores. En buena lógica los agricultores hutus tenían menos recursos que los ganaderos tutsis, con lo que la diferencia se convirtió enseguida en un asunto de castas. Durante los siglos que preceden al colonialismo europeo, hutu y tutsi era una distinción social, si cabe económica, hasta el punto de que un hutu que se hiciera con vacas podía convertirse en tutsi y un tutsi que lo perdiera todo y se viera empujado a trabajar la tierra pasaba a ser un hutu. Los tutsis, pues, eran la clase dominante, con cargos políticos y militares mientras que la mayoría de hutus eran vasallos. Aquella Ruanda era un reino, uno de los pocos de África, por cierto, que después devino en estado moderno ocupando casi el mismo territorio y con el mismo nombre. En algunas zonas de este reino las diferencias hutu/tutsi ni siquiera existían, lo que demuestra la permeabilidad de la distinción. Este fenómeno se dio también en los territorios vecinos, Uganda y Burundi, donde actualmente la población también se divide en hutus y tutsis, además de en toda la zona este del Congo.

Los rasgos físicos, en principio diferentes, también se diluyeron con el paso del tiempo. En origen los hutus eran de nariz chata, bajos, de tez muy oscura y labios gruesos, mientras que los tutsi eran más afilados, altos, de nariz larga y tez más clara. Hoy estas características perviven como estereotipos y diferenciar a un hutu de un tutsi podría equivaler a diferenciar a un chaval de Andalucía de otro gallego basándonos en el físico. Otra cosa es lo que sucede entre ellos. Evariste, un ruandés hutu que vive en España desde hace años y que de nuevo prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato, explica que «en general, sí nos diferenciamos. Sabemos con cierta claridad quién es tutsi y quién es hutu. Si no nos damos cuenta por los rasgos lo hacemos por la vestimenta, sobre todo en las ciudades. En los pueblos y aldeas ya es más difícil hacer la distinción, así que, si queremos saberlo, en Ruanda tenemos una pregunta: ¿Tú cómo sobreviviste a la guerra? Si te lo cuenta, es tutsi. Si te dice que estuvo en el Congo, es hutu». Y Evariste termina su explicación con una gran sonrisa de momento algo enigmática.

Todo lo descrito hasta aquí responde a conclusiones antropológicas más o menos aceptadas por quienes estudian este escenario. Sin embargo, el asunto está sujeto a debate en Ruanda. Sigue habiendo ruandeses, como ya veremos, que sí se consideran dos etnias diferenciadas. Ni siquiera la base de todo, la identidad más primigenia, es una verdad absoluta en el país, lo que da idea de hasta qué punto sigue habiendo una brecha sin cerrar. Si no hay base, es difícil comenzar a edificar. Ese es uno de los grandes problemas en Ruanda. Todavía más: según el uso que se dé a los conceptos hutu y tutsi se puede comprender –y hay hasta quien puede justificar– los capítulos de violencia vividos por el país. La diferenciación hutu/tutsi no es sólo un problema conceptual. Es también un peligro.

 

Los europeos se pusieron a medir la nariz a los tutsis 

El antropólogo ruandés Canisius Niyonsaba, autor del libro Orígenes de la ideología hutu-tutsi en la tradición de los Grandes Lagos y sus indicios de superación, expone que, sobre todas las cosas, y como suele ocurrir, las identidades hutu y tutsi se definían por oposición. Era hutu quien no era tutsi y viceversa. Pero, como el título del libro señala, el autor trata ambos conceptos como ideas, casi como un problema de mentalidad que es necesario superar. Si la diferencia hutu/tutsi era una cuestión económica y social, puede deducirse que con un progreso económico y estructural adecuado, Ruanda podría haber dejado atrás esta distinción de castas, como ya se trata de hacer, por ejemplo, en ciertos círculos urbanos de la India actual. Pero –siempre hay un pero y más en Ruanda– llegaron los exploradores europeos, con sus cascos y bigotes. Y también con sus ideas.

Una de estas ideas era el convencimiento antropológico de que existía una raza dominante en África, una suerte de pueblo superior que dominaba a los demás. Es una teoría que recogen varios autores de la época y que hizo furor en los círculos académicos del siglo XIX. Uno de los autores que más influyó en esta propuesta fue John H. Speke, quien defendía que los pueblos etíopes y nilóticos en general (es decir, el origen de los tutsi) eran pueblos dominantes y más avanzados que los habitantes de Centroáfrica. Curiosamente, el pueblo elegido era el de rasgos más suavizados, tez más clara y cuerpos menos musculados. Es decir, eran los más parecidos a los europeos. Por el contrario, los denominados pueblos negroides eran más rudos, más atléticos y más oscuros. Si de verdad los colonizadores se creían o no esto es debatible. Puede que simplemente lo utilizasen como pretexto para aliarse con las élites de la región y controlar el territorio a través de esa supuesta raza superior. Lo único evidente es que ahí comenzaron los problemas.

En el memorial del genocidio de Kigali, como en la mayoría de los 72 memoriales que hay en Ruanda, se explica con empeño que antes de la llegada del colonialismo no se conocen problemas violentos entre tutsis y hutus. Es un discurso grabado a fuego: los primeros enfrentamientos entre ambas identidades surgieron con la llegada de los europeos. Es difícil saber si esto es verdad porque nada de la historia precolonial de Ruanda ha quedado recogido por escrito, solo son tradiciones orales. De tanto repetirlo uno acaba creyéndolo. Y asumiendo que los europeos, una vez más, tuvimos la culpa.

[…]

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Nota sobre el autor: Nacho Carretero (A Coruña, 1981) es periodista. Escribe para distintos medios, entre los que destacan publicaciones del grupo Vocento como XL Semanal o Destinos. También colabora con la Cadena SER. Es miembro del colectivo de periodistas GEA Photowords. Su espacio web, aquí. En FronteraD ha publicado El hundimiento de Kiribati. En Twitter: @NachoCarretero.

[Este fragmento pertenece al primero de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos]


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