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España y sus leyes de fugas. A modo de editorial

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Desde que leyera ayer en el Babelia, en la página 3, en un texto cuyo título me gustó tanto que me lo he quedado para este editorial, que «La realidad es que un solo 2% (de autores) puede vivir de la literatura», no hago más que pensar en ti, digo, en el artículo o, más exacto: en el concepto «autor». Porque a qué se refiere aquí la periodista. ¿Qué es un «autor»? ¿El que lo pretende? Porque si es así, mejor, ¿no? Es decir, lo mismo si ve que esto de escribir, con gran éxito de crítica y público, es más complicado de lo que pudiera parecer en un principio deja de hacerlo, y menos basurilla circulando por ahí, más espacio, más felices quienes nos dedicamos a esto de colocar libros en ciertas librerías. Es decir, no en todas, oiga, que de aquí no salen churros, ni tenemos el humor necesario para bregar con todas. Esto es otra cosa. Pero más adelante cuento más, que es mi tema preferido: El Maligno.

Le doy vueltas al concepto «autor», decía. A qué se refieren en este artículo, donde también se dice, por cierto, que es dificilísimo, cuando no imposible, saber cuántas copias se han tirado de tu libro. Me ha dejado loca la labor de investigación periodística… Pregunto: ¿preguntando en la imprenta, pidiendo un certificado, por ejemplo, de los ejemplares que se han tirado? En relación a los que se han vendido, como distribuidora, ya he expedido unos cuantos, a solicitud de las editoriales, lo hago cada vez que se me pide. No veo cuál es la complicación.

Que en España, la de las leyes de fugas*, se escribe más de lo que se lee no es solo una frase hecha, es lo que viene siendo una verdad así de grande. ¿Es lo que queremos? Yo no, desde luego. ¿Es lo que quieren las librerías con las que trabajamos de manera regular? Me parece que tampoco. Lo que queremos son libros que se vendan bien y que además estén bien editados. Las dos cosas. Es así como se nos hace felices, no necesitamos más.

Aparte, creo que no hay que perder de vista que leer es un placer, es como comer, o como añskñajfñei con el hombre al que amas. Si el texto que te traes entre manos, o la comida, o el novio, no dan la talla, pues mal. Gana El Maligno.

Y aquí un ruego: No más autores llamando a las tantas para preguntarte dónde está su libro, que una prima ha ido a comprarlo a la Casa del libro y no lo ha visto en ninguna de las pilas, esta misma mañana, en el de la Gran Vía. Que no me lo invento. Esto que cuento así de acelerado fue una conversación real, a las ocho y algo de una tarde de invierno. Y quiero aclarar aquí, por lo de mi reputación de mujer de genio vivo, digamos, que no le mandé ni a la porra ni más lejos, al contrario, le dije que preguntaría. Y lo hice, no miento nunca, es una chulería que me gusta poder permitirme, tal vez no en el tono que a él le hubiera gustado, eso también, si hago como es debido mi trabajo es porque sé hacerlo, no porque me tire horas y horas al teléfono intentando colocar libros que te ponen los pelos como escarpias solo de pensar en el ego de quien los ha perpetrado, digo, escrito. Y no, no busquen en el catálogo, que ya no está con nosotras. Menos mal.

¿Que escribas y hayas conseguido que una editorial, con la que en la mayoría de los casos, además, acabas tarifando porque la culpa de que no se venda tu obra no es tuya, de su cuestionable calidad o pertinencia, nunca, jamás, es de la editorial, o de  la pérfida distribuidora, que conspira para que tu libro no esté en la Casa del libro de Gran Vía expuesto junto a los de Espasa, o del mundo, directamente, que está mal hecho, cómo no se da el Universo al unísono cuenta de la gran injusticia que supone el que tu libro no esté en las listas junto al de Aramburu, que sabemos que también es una castaña, por qué él y no tú, a ver, te preguntas, acaso, entonces, el que hayas conseguido que te publiquen, no significa Algo? Pues no, querido autor. Que te publiquen hoy, con lo barato que es y tan al alcance de cualquiera como está, no significa una puñeta. Este es el mundo real, y ojalá tu libro se hubiera quedado en el de las ideas.

Y no, no soy cruel. Cruel es que no haya espacio en las librerías, en muchas más, para, por ejemplo, Vulgar lengua. O la novela Invierno en los Alpes, de Zofia Nałkowska, que no había sido publicada en nuestro idioma, una traducción tan bonita. O el Quienes viven de Annie Dillard, primera novela de la premio Pulitzer, que tampoco podía encontrarse en castellano. O La práctica de lo salvaje, uno de nuestros longsellers, que costó en su día un trabajo considerable colocar, claro, es lo que digo, me tenéis hasta arriba las librerías de sabe Dios qué. Porque el espacio, lectores (esto es una licencia, no sé si hay alguien que lea y no escriba leyendo esto un domingo, nada menos, pediría que se manifestara, me haría una ilusión…), es finito, una librería no puede dar cabida a todo lo que le llega, tiene que seleccionar, decir ochenta millones de veces que no. Ésa es la cosa. Que no hay espacio. Iba a añadir «melón», me voy a contener.

¿Cómo sobrevivir, entonces? ¿Cómo ser viables con un catálogo de nada más 20 editoriales frente a las 300 o qué sé yo cuántas que puede tener una distribuidora como UDL, o Machado, o incluso competir con las distribuidoras regionales con las que compartes algún catálogo, de manera puntual, que se aprovechan de la promoción que tú haces de tus libros (los míos, digo, que esta distribuidora es muy posesiva, en plan La Loba de Wyler, no sé si conocen la película, yo se la recomiendo aquí)? Pues por unas cuantas libreras y libreros que simpatizan y nos apoyan y a los que cuidamos como oro en paño. Nada más.

Hay un montón —bah, no tantas; es irritante, pero anecdótico— de librerías con las que, sencillamente, es imposible que podamos trabajar, no nos lo podemos permitir. ¿Recordáis aquel editorial sobre El Maligno? A día de hoy aún no hemos cobrado esa factura. Lo último que supimos es que había dos libritos, de a 6 € cada uno, que habíamos facturado y, me decía este hombre, inasequible al desaliento, nos habían sido devueltos. Le dije que bien, que los abonaba si me confirmaba que así estaría todo resuelto, por no rehacer Otra Vez la factura, y que me saliera con a saber qué otro pero. Y hasta hoy. No hemos vuelto a saber nada. Se trata de unos 150 euros, que no cobramos por una discrepancia de 8.4 €. A mí es que me da ya vergüenza volver a preguntar; tengo, decía, que estar de ese humor para hacer según qué gestiones.

En otras ocasiones, está todo relacionado con lo masificado que está el mercado, con toda esa barbaridad de autores que no pueden vivir de su obra, no estamos en alguna librería porque no pueden asumir el trabajo que dan los depósitos, o porque no les interesan nuestros libros, o tienen tanto trabajo gestionando las entradas y las salidas de ejemplares que les envían y tienen luego que devolver en un tiempo determinado a las distribuidoras tradicionales, que ya no les da la vida para más. Esto es así. Tengo mil anécdotas, amenazo con ir contándolas (sin dar nombres, sin dar nombres), por un lado me quejo de lo mal que está todo, por el otro ayudo en mi día a día a perpetuar este estado de cosas, porque no tengo tiempo, porque no me importa, porque así, en el fondo, no estoy tan mal. Y bien. Son las reglas del juego. A veces, gana El Maligno. Pero otras, y es por eso por lo que podemos sobrevivir y disfrutar tanto tanto de lo que hacemos, no. Y aquí estamos. Felices. Muchas gracias, entonces, libreras, libreros, por permitirnos jugar. Va por ustedes.

 

 

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