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Ezra Pound y El ABC de la Lectura

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Ezra Pound
El escritor Ezra Pound

Por contravenir a Pound, empiezo hablando algo del autor: ha acabado siendo un personaje en sí mismo, tal vez por todo lo que dijo e hizo en vida, que fue mucho y variado. No es difícil imaginárselo alto, pelirrojo, vestido con un traje de terciopelo y sombrero de vaquero. No, no era de los que pasan desapercibidos, el bueno de Ezra. Y eso se nota en cómo escribe este El ABC de la lectura, que es un título parangonable a La verdad de la vida. Cercano al epigrama y al aforismo, el profesor Pound no se corta un pelo al disparar con bala en la primera parte del libro sobre lo que él considera poesía falsa o desechable. Dan ganas de tomar apuntes y de decirle «eh, eh, pare un poco, profesor, que no alcanzo a seguirlo». De los ideogramas chinos a la lírica provenzal pasando por Dante —uno de los que estaban a su altura, supongo—. La poesía es el arte de generar imagen, de generar sonido y asociaciones lógicas con el menor número posible de palabras irrelevantes; la literatura es la palabra llevada al máximo de su significado.

Se me hace difícil decir si la poesía china es melodiosa: mi oído, con toda probabilidad, no está educado para ello. En cuanto a las imágenes, Pound dice a sus alumnos que salgan a observar, pero es cierto que si no sabemos lo que vamos a ver, tal vez no lo veamos. Pound se da cuenta y hace lo que parece sensato en un curso de poesía: leer poesía. Como el curso está dedicado a los alumnos ingleses, les dice que empiecen por Chaucer, al que pone por encima de Shakespeare, porque el teatro, aunque sea el mejor, no tiene suficiente con la palabra, necesita la acción —chúpate esa, William—. Les aconseja que lean a Villon, para que aprecien el contraste  —y porque le gusta Villon—, les recomienda que atiendan a esos 300 trovadores que se pasaron cantando desde el 1000 al 1300 y les acaba diciendo que lo peor que pasó en poesía fue el soneto. Durante todo ese tiempo te sientes como debe de sentirse el rival de turno de Nadal acosado por la derecha liftada cruzada o paralela, que cae como una bomba sobre las líneas. Madre mía, ya sabía que era irrelevante como escritor, pero es peor saber que también soy irrelevante como lector.

La segunda parte, lo que Pound da como unidades de medida, es para mí del todo incomprensible, porque no tengo ni idea de poesía inglesa y porque mi inglés es apenas suficiente para preguntar si tienes tos. Además, la traducción de los fragmentos y poemas escogidos no está al lado, sino debajo, lo que dificulta seguirla. Sin olvidar que ni a Pound ni al editor les parece importante darnos la traducción de la versión inglesa de la Eneida. Supongo que Pound quería venir a demostrar lo infame que había sido la poesía georgiana y la suerte que había tenido Inglaterra de que T.S. y él cruzaran el charco para rescatarla, de ahí que se entretenga en la degradación del verso y llegue a una conclusión que parece obvia pero a la que no hacemos caso: la poesía está cerca del canto y si se hace para leerse en voz baja pierde muchos enteros. Para comprobar esto aconsejo escuchar a Dylan Thomas recitando un poema propio; aun sin tener ni idea de inglés nos fascina. Al público de Shakespeare, que probablemente no distinguía un endecasílabo de un rebuzno, le pasaba lo mismo.

Y llega el momento misterioso. En su breve exposición sobre la métrica, sin que parezca venir a cuento, le dedica una página a Walt Witman. Y entonces pienso en aquel poema suyo que empezaba «Paz contigo, Walt Withman» y me pregunto qué le pasaba a Pound con Withman. ¿ Podrían llegar a tomarse una cerveza juntos? ¿ El poeta de la democracia y Pound? ¿ No os gustaría?.

Valor a los que entren en este libro, pues Ezra no tendrá piedad y va a exigir que le vayamos al paso. Y, joder, no es fácil.

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