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Fannia Canicularis

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Moloch! Moloch! Nightmare of Moloch!*

Llevaba una semana agotada. No era por trabajar en verano mientras la mayoría de la gente se iba de vacaciones; en el trabajo al menos estaba fresquita, a resguardo del calor sofocante del exterior, donde el aire de la calle envolvía a todos como una gruesa manta de lana. El cansancio, esa sensación, venía a cuenta de todo del tiempo robado por los autobuses, que reducen su frecuencia de paso en verano. Suponía entre veinte y cuarenta minutos diarios para sí que luego echaba en falta. Y el dormir mal, qué mal que se duerme en verano, por el bochorno.

Quizás todo empezó porque, al llegar rendida a casa, no le apetecía dedicar el poco tiempo libre que le quedaba en ejerzer de su propia chacha. Durante un par de semanas limpió y recogió lo justo e inevitable. Sin duda, su difunta madre le hubiera echado en cara el no tenerlo todo limpio y reluciente como Dios manda.

Un día se fijó en las moscas. En verano siempre hay más, claro, pero le pareció que había más de la cuenta. Quizá ya tocaba bajar la orgánica, pensó, así que fue y tiró la que había; aprovechó para tirar un par de cosas cosas de la nevera que ya estaban pasadas.

Los días siguientes se aseguró de que dejaba la basura orgánica siempre con la bolsa cerrada con un nudo y se propuso tirarla a diario, por poca que hubiera.

Las moscas, sin embargo, se multiplicaban.

Empezó a plantearse la falta de efectividad de su pacto de no agresión con las arañas domésticas, aunque luego reflexionó, igual, pobres, estaban sobrepasadas por una inesperada situación de excesiva abundancia; ¿recurren las arañas al bicarbonato cuando tienen una digestión pesada?

Encontró una manzana en el frutero que estaba un poco pocha, «Igual es eso lo que las atrae», se dijo. Al bajar la basura ese día pensó que el problema había quedado resuelto.

Aquella noche soñó que entraba en la cocina, que estaba toda pintada de negro.

No, no era era pintura; la pintura no zumba ni se mueve: era una alfombra de moscas, chupeteando salpicaduras de salsa, gotitas de zumo y charquitos de grasa; volando brevemente para coger un sitio con mejor acceso a aquel buffet libre de mugre, frotándose las patitas con fruición, copulando felices, poniendo montones de huevecillos.

Al día siguiente seguían volando por la cocina. A falta de restos de comida o bebida, muchas se aferraban al trapo de cocina como si estuviera cubierto de un néctar divino.

Ella se acordó entonces de Izzy, la bruja punk de Love and Rockets, siempre matamoscas en mano para tener a raya a los dípteros, emisarios de Satán. Se preguntó cuánto hay de verdad en los tebeos.

Cogió los trapos sucios y los metió en una bolsa que cerró con dos nudos; tomó nota de hacer una colada de trapos el fin de semana; repasó la encimera y el fregadero; luego enjuagó escrupulosamente el trapo y el estropajo.

La noche siguiente fue especialmente calurosa; le costó conciliar el sueño, pese a tomarse un somnífero. Al final pudo dormir, arrullada por el mecánico ronroneo del ventilador.

Se despertó (¿Se despertó?) y se vio en un lugar oscuro en el que hacía un calor sofocante. Notó que había más gente a su alrededor, mucha gente, una muchedumbre. Címbalos y tímbales sonaban con ritmo siniestro. Escuchó alzarse una voz de bajo entre una baraúnda de gritos:

–«Inghiotti! Divora! Sei sazio! Karthada ti dona il suo fiore!»*

De pronto se abrió frente a ella una ventana de fuego, que iluminó ante ella una montaña de carne achicharrada, rodeada por nubes de moscas.

–«Ecotti la carne piu pura! Ecotti il sangue piu mite! Karthada ti dona il suo fiore!»*.

La sed y las ganas de ir al lavabo la despertaron, esta vez de verdad. Tras desaguar fue a la nevera a servirse un vaso de agua fresca. Entre sorbo y sorbo, mirando de respirar pausadamente, intentando tranquilizarse, se prometía cenar ligerito en el futuro.

Volvió a tumbarse en la cama, y se consoló pensando que el día siguiente no tenía que ir a trabajar, que al menos no tendría que pegarse un madrugón. Repasó mentalmente la lista de deberes pendientes: un par de coladas, un buen repaso a la cocina, ir a la plaza… consiguió conciliar el sueño pasada una hora.

¿Fuego otra vez? No, era el sol de mediodía en sus párpados. Se levantó sintiéndose agotada y enfadada consigo misma por dormir hasta tan tarde. Se duchó para espabilar y quitarse las legañas.

Tras vestirse fue a la cocina. Ahí estaban, las hijas de Belcebú, en enjambre en la pila de la cocina, ¿qué diablos hacían ahí? La había fregado la noche anterior, no podía ser.

Rabiosa, aventó un manotazo totalmente inútil, al que las moscas, esquivándolo, respondieron rozándole el brazo en una caricia dulcísima. Notó en sus fosas nasales aquella escocedura que preludia las lágrimas, pero pudo contenerlas.

Entonces se fijó en el frutero y vio algo como una bola oscura en el rincón de una de las cestas: era una bolsa de plástico en la que una cebolla, en vez de germinar, se había descompuesto en un jugo marrón y maloliente, en el que culebreaban una multitud de larvas blancas. La bolsa goteaba lentamente al suelo, formando una imagen de algo como ella no había visto nunca, algo que rezumaba abominación.

Salió corriendo de la cocina y no paró hasta la calle, caliente como un horno. Buscó la sombra sin dejar de correr. Las calles estaban desiertas; todo estaba cerrado.

Tras ocho manzanas de carrera, vio abierto un bar Manolo regentado por un joven matrimonio de la región de Zhejiang. Entró y pidió una infusión de tila. ¿Se había dejado las llaves en casa? Se palpó angustiada el bolsillo, comprobando con alivio que las llevaba encima.

Tres cuartos de hora más tarde, la tila y el aire acondicionado del bar habían hecho cierto efecto. Tras varias respiraciones profundas, resolvió regresar a casa. Una vez de vuelta, fregó el suelo de la cocina tres veces, dándole furiosa con el mocho a la mancha bajo el frutero, conteniendo las arcadas, hasta que ésta desapareció. Tras tirar el agua sucia del cubo por el inodoro tiró siete veces de la cadena, hasta que pensó que el agua sucia ya habría sido arrastrada por las cañerías lo suficientemente lejos del edificio.

Aquella noche estalló una tormenta y llovió durante horas. Por la mañana ya no se veía ninguna mosca en la cocina. Salió y notó, tras varias semanas, el aire de la calle fresco en la piel. Vio a algunos vecinos que ya regresaban de las vacaciones, descargando bultos y maletas de sus coches.

Pensó que tal vez el cansancio, el calor y el estrés en la oficina le habían llevado a imaginar cosas raras. Siempre fue de tener mucha imaginación. Se rió para sus adentros al recordar que su tío le puso de pequeña el mote de «La Psicodélica».

La noche siguiente durmió como un tronco. Se sucedieron días de sueño tranquilo. Llegó septiembre y todo volvió a la normalidad. Pasaron meses y dejó atrás el malestar de aquellos días de agosto.

En la ocasional noche de sueño intranquilo, sin embargo, aún le parece a veces oír el zumbido de un enjambre y, más distante, una percusión preñada de atrocidad y una voz profunda recitando una letanía que acaba perdiéndose, como el rugido del motor de un camión que se aleja por la carretera:

–«Creatore vorace! Fame ardente e ruggente!»*.

Fragmento de un póster de Cabiria! (1914)

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