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Siempre hubo afición al ajedrez en el Café Comercial [por Juan Bohigues]

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Homenaje al Café Comercial. Un sitio donde se jugaba al ajedrez

Juan Bohigues

Siempre hubo afición al ajedrez en el Café Comercial, incluso entre los empleados. Poníamos un tablero escondido en «el túnel del amor», lo llamábamos así porque todos los enamorados se ponían en las últimas mesas del café Comercial, las que estaban situadas al lado de los servicios, como siempre habían bombillas fundidas, sus claroscuros permitían besos apasionados, y algún que otro roce pecaminoso, «meterse mano» vamos. Nosotros los empleados siempre nos acercábamos por ahí, moviendo sillas y tosiendo para que se enfriaran los amoríos, pero no era posible. Mi amigo Májid hacía un movimiento de apertura, y luego seguía trabajando; luego me acercaba yo y realizaba la defensa, el tiempo nunca existió en el Café Comercial, pero intentábamos que las horas fueran más cortas.

Los socios fundadores fueron Fernando Vera (uno de los propietarios), Antonio Burgos (presidente), los hermanos Bécquer (Óscar y Rafael), Juan Abad, Álvaro Ryan, Fernando Jiménez y Juan Bohigues. Ocurrió en el 2003, entre el silencio de un club pequeño, sin pretensiones, y la apatía del mundillo del ajedrez. Éramos unos advenedizos, que lo único que nos movía era el placer de jugar y divertirnos. De noventa puestos, quedamos en unos respetables sesenta y cuatro, al ser tan pocos era difícil completar equipo, y las astucias, artimañas, experiencias de los demás equipos no nos afectaba, al contrario siempre mirábamos hacia el futuro. Con Rafael Bécquer aprendimos que el alcohol y el ajedrez pueden ser buenos compañeros. Tenía la sana costumbre de salir de juerga todos los sábados por la noche, y las partidas de la liga madrileña eran los domingos a las diez de la mañana. Rafael Bécquer llegaba con sus gafas de sol, sus botas camperas y sus fuertes apretones de mano. En una ocasión todos dijimos que la posición de Rafa era delicada, pero que encontraría alguna solución dado su nivel en el ajedrez; nos preguntábamos por qué no movía, se notaba que estaba pensando todas las variantes, hasta que el capitán Antonio Burgos, se dio cuenta que se había dormido, y le dio una patada por debajo de la mesa. Se repuso y dio mate en pocas jugadas.

En una ocasión me tocó jugar contra una niña que no llegaba a la mesa y jugó de rodillas, yo pensaba cinco o diez minutos por jugada, y la niña jugaba «al toque», sin pensar. Ahora calculo menos y los resultados son parecidos. Pues, la pequeña diablesa de menos de diez años me ganó la partida, me dio una lección enorme, desde ese instante mis peores verdugos llevan pantalones cortos.

Todos mis amigos tienen un conocido que juega al ajedrez, el Café Comercial por su ubicación se convirtió en un foco de atracción, y ya en el 2004 éramos dos grupos en el Café Comercial, dieciséis jugadores, y al poco tiempo contábamos con un equipo en segunda división.

Antonio Burgos dejó la presidencia a Jorge Esteban, Jorge Esteban a Pablo Gargiulo, y Pablo Gargiulo tras volver a su adorada Argentina abdicó en nombre de Francisco Javier Rodríguez Navarro y dos años después la presidencia recayó en mí. Lo que estas personas hicieron por el club de ajedrez está enterrado en las paredes del café, por mucho mármol que pongan ahora, y muchas servilletas limpias, y frente a una vajilla nueva, las paredes gritan sus nombres cada vez que alguien toca una pieza de ajedrez. Mi agradecimiento y admiración a cada uno de ellos.

En el 2007 subió por las escaleras un hombre llamado Manolo González, y fue lo mejor que nos pudo pasar a todos los que jugábamos al ajedrez. Fue nuestra alma mater. Cada día que llegaba tenía una idea nueva, pensó que todos los socios teníamos que estar comunicados y junto a Javier Fernández crearon una página web, donde poder charlar entre nosotros y crear nuestros propios torneos. La única condición que poníamos para entrar en el club era ganarme a mí, pero como siempre perdía tuvimos que cambiar los postulados.

Dicen que el ajedrez no sirve de nada, que ocupa demasiado tiempo y que solo causa problemas, pero a partir del 2010 organizamos una serie de torneos en homenaje a un socio, que por diversas razones se encontraba en situación difícil. Los llamamos Torneos Solidarios. El primer año lo hicimos con Marcelo Álvarez (al que extirparon un riñón), y el año siguiente con José Luis Echevarría (estuvo viviendo en el metro), y en otra ocasión con Cándido Portorreal. En esas ocasiones se hace un torneo de rápidas a diez minutos, cada socio entrega por inscripción lo que quiera, y al acabar el torneo se le hace entrega al socio la cantidad de dinero. Ayudamos jugando al ajedrez.

[…]

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Este fragmento es uno de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos. Juan Bohigues es también autor de Henry Miller en el metro (Polibea, 2018).

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