Iluso

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Al oír cómo me llamaba pensé que esa señora se había equivocado. Pero me estaba mirando directamente a mí, sin lugar a dudas. A mí. Esperando que reconociese un error, mantuve su mirada. Pero ella siguió acercándose, me miraba con ternura. Qué extraño.

—¿Te acuerdas de mí? —me preguntó, sonriendo.

Y al escuchar de nuevo su voz recordé. Debía de tener más o menos 8 años. Mi madre me enviaba de vez en cuando a lo que llamaba «hacer recados», y que solía consistir en ir a comprar algo que se le había olvidado comprar a ella.

Mi tienda favorita era la del señor Jesús. Siempre me contaba alguna historia curiosa asegurando que era real. También era mi preferida porque allí estaba, casi todas las tardes, su hija Elena, bastante mayor que yo. Ella me sonreía, me preguntaba cómo me iba en el cole; casi cada vez que iba allí salía con los bolsillos llenos de caramelos que me regalaba sin que su padre se diera cuenta.

Entonces pensaba que me había enamorado, pero lo cierto es que no tenía ni idea de lo que eso significaba. Y me hinchaba como un globo porque ella me miraba a mí, charlaba un ratito siempre conmigo y espantaba de su lado a los chicos mayores que la rondaban a todas horas. Yo me sentía el elegido, sin saber para qué. En realidad, me daba igual.

Pasado un tiempo, no sé cuánto, nos mudamos a otro barrio. Y no volví a verla. La extrañé durante unos días hasta que me regalaron a Bowie, que era como se llamaba mi perro. No me dejaron escoger a mí el nombre. Tenía un ojo de cada color, como yo. Cuando llegué a la adolescencia y empecé a ver a las mujeres de otra forma, no volví tampoco a acordarme de ella.

Ahora me sonreía dulcemente. Yo tengo 32 años así que ella ¿cuántos? Ni idea. Observo unas arrugas finas alrededor de los ojos que me parecían hermosas y descubro que miro hacia abajo; ahora yo soy el más alto de los dos sin duda y ella, además, es más menuda de lo que recordaba.

Antes de poder responder a su pregunta, se acerca un hombre que debe de ser de mi edad y le dice:

 —Mamá, date prisa o perderemos el tren.

Entonces comprendo de golpe la preferencia hacia mí de aquella mujer y me siento decepcionado. Respondo a la pregunta con un cortante:

 —No.

Ella me mira de una forma que no sé interpretar, se disculpa y se marcha.

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