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La diligencia, el Dr. House y Fariña. También estuvimos en la sede de ARCE

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Dice la aplicación del móvil que ahora mismo —son ya las diez de la mañana— en Madrid, al norte, la temperatura es de 1º.  No obstante el frío del demoño, y como hace un sol así de grande y así de bonito, y tenemos techo, calefacción y agua caliente, tenemos que empezar el día de buen humor, no estaría bien corresponderle a la vida hoy de otra forma. Me parece. Además, han vuelto a poner a Janis Joplin en Rock FM. Y tengo un montón de libros que leer, y otro buen montón de ellos que me gustan que distribuir estos días en librerías. A ver si va a resultar que soy feliz, estaba ahora pensando, después de todo. Estas cosas pasan.

Me despertaba sobre las seis, como casi cada día; si Dios ayuda a los que madrugan a mí me será dado todo, por cierto. Y, Dios, si se puede pedir, que aún pueda montar en bici cuando me lo concedas. Leía, cuando aún no estaban puestas las calles, digo, a Txetxu Barandiarán en el número 34 de la revista Texturas: «La librería es de los lectores, no de los editores». Bueno. Le estoy dando vueltas a esta frase en particular. Llevo viendo Fariñas desde hace tres días tres por todas partes*; incluso en las librerías. He leído a su editor, tras quejarse del despropósito del auto de la jueza, de lo mal que está todo, etc., decir que esto del secuestro de Fariña no es nada, que ya venían vendiendo mil y pico ejemplares cada mes. Cada mes. Más de 30.000 copias vendidas, dicen. Ostrás, con el acento en la a. Ya son copias vendidas.

El jueves pasado estuve en la sede de ARCE*, que es uno de los sitios más acogedores de la tierra, no sé si conocen. Me habían invitado para hablar de esto que hago. Lo titulé: Como vender revistas en librerías sin que nadie pierda dinero ni sentido del humor. La tercera diapositiva era una foto del Dr. House: «Everybody lies». Treinta mil ejemplares. Que digo yo que ya se pueden pagar con tranquilidad el siguiente libro, ¿no? Que vendiendo todo eso una editorial de ese tamaño (no tienen los gastos de una de las grandes, tampoco, digo, alquileres, sueldos, viajes de promoción, fiestas, etc). Y que también puede ser, y esto lo digo sin ironía, desde la ingenuidad de quien poquito sabe de casi todo, que yo no me entere. Que lo mismo es esto último y yo con estos pelos.

Lo que sí que creo es que estos días muchas librerías se han volcado, más que con los lectores, con el editor, no sé hasta qué punto se habrán olvidado de nosotras, de las lectoras -y de los lectores. A veces, es complicado no hacerlo. Es algo que pasa, con relativa frecuencia, por simpatía como aquí, por otras cuestiones otra veces; tanto da. Pero sí, me gusta pensar que las librerías son nuestras, que lo van a ver sus responsables, y que van a trabajar solo para quienes, además de leer los libros, los compramos; y no para quienes los producen, que son simpatiquísimos y encantadores muchas veces, no digo que no, pero.

En cualquier caso, recomiendo el artículo que cito, me quedo con alguna idea. Cualquier número de la revista Texturas da para tema. Ya lo creo. Ojalá secuestraran algún número y algún chico mono de Malasaña lo contara. Me apunto también el escribir a su editor, a Manuel Ortuño, para que le ponga fotos en blanco y negro: si se trata solo de vender, ya está inventado el cómo.

Llegado este punto os preguntaréis qué pinta La Diligencia  de John Ford en el título. ¿La vedad? Nada. Es que me gusta mucho John Wayne en esa película. Es el héroe definitivo. Es el mejor. Cuando ser buena persona es sexy, deseable. A un lado los Bogart de la vida, los Dr. House, de vuelta de todo, su sempiterna y cargante pizquita de amargura. Al otro, Ringo Kid. Yeah.

¿Cómo conectamos todo esto con los libros que quiero que compréis?

¿Acaso tiene que haber siempre una razón para todo? Tú por qué lees, qué buscas, a ver. Me refiero a que yo leo, por ejemplo, por esto:

Si las erratas no existieran (¡mambo!), me imagino que el que esto escribe maldito interés tendría en leer de nuevo lo suyo cuando aparece publicado luego; pero, dado que existen a su antojo, entre mallarmeanas y sainetiles, igual que los lunares y las verrugas sobre la cáscara o la piel, pude yo interesarme el otro viernes bendito en ver que, en el contexto de un banquete soriano aquí evocado, el verbo ocasional introducido («elegieron») optaba de raíz por contagiarse del borbollón del jalear sureño y de la gravedad de lo elegíaco. Y otras cosas había de esa guisa, lector, aunque lo más extravagante fue el relleno (en adhesiva clave de la) dentro de aquella simple frase donde al fin asomaba mi ignorancia: «Lo que yo no sabía […] es la afiliación de Soria por el mango». Afiliación: ¡así cualquiera es hermético! Como si la pura afición, ya de por sí pasional, necesitara encima afilarse y convertir el mango en estaca.

[Aproximaciones (Sobre libros y autores), edición de Manuel Ferro, es la novedad de Libros de la resistencia, «El discurso es el catálogo»;libro esperadísimo; una delicatessen]

El libro lo tenéis ya en Librería Lé, en la Alberti, Enclave de libros, Pasajes… Librerías de lectores, sin duda. Al final todo tiene que ver. Incluso John Wayne.

 

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