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La furgoneta romántica de Jonás Trueba

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Un viaje por carretera con amigos es una aventura, un grito de guerra con el que reciclar la esperanza y combatir la rutina. Si además el trip se hace en furgoneta, pero no en una furgoneta cualquiera, sino en una prestada por una madre que todavía conserva el gen hippie, modelo Westfalia, blanca y naranja, como si en ella, además de mochilas, cupieran sueños, inquietudes, lecturas, la imagen de una cantante distante y enigmática, amores en fuga que la vida te revela posibles o encuentros que a sabiendas de que son patéticos te liberan, tienes un argumento y la excusa para hacer cine.

Algo así ocurre en Los exiliados románticos, la última película de Jonás Trueba (Madrid, 1981), una road movietierna y sencilla, evocadora. 70 minutos donde la medida de todo es la de estos jóvenes que comparten y buscan algo que podría llamarse amistad, amor, felicidad. «Los exiliados románticos, la última película de Jonás Trueba (Madrid, 1981), una road movietierna y sencilla, evocadora. 70 minutos donde la medida de todo es la de estos jóvenes que comparten y buscan algo que podría llamarse amistad, amor, felicidad.¿Por qué te crees que no termino la tesis?», le dice uno de los protagonistas a una de las chicas que se apuntan al viaje, «para no tener que tomar decisiones», responde él mismo. Ese querer retrasar lo inevitable, desde un punto de vista social, confrontado con las necesidades vitales de sentirse joven y vivo. Algo así como evitar tachar con una cruz los días en el calendario de un verano que se acaba.

Con su anterior trabajo, Los ilusos, Jonás Trueba escribía una película más hermética, que muchos leyeron en clave generacional. Su estreno y su difusión no se hizo a través de los circuitos convencionales. Con Los exiliados románticos pasa algo parecido. Se ha estrenado en algunos cines de verano de España. Y en alguna que otra sala más, pocas. Durante el pasado fin de semana se proyectó en la Cineteca del Matadero, en Madrid, con un formato distinto al habitual. Al final de la proyección, Tulsa, la cantante enigmática de la película, compositora de la banda sonora, dio un concierto. El ambiente era el propicio. Las canciones, bajo atmósferas envolventes, estaban muy bien ensambladas. Y la puesta en escena fue muy potente. Quizá una mejor iluminación hubiera ayudado. Pero no importa, había mucho talento viajando en la furgoneta romántica.


Texto de David García publicado en Negratinta. Puedes leer más textos suyos en este enlace

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