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La gente nos odiaba

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Cómo empecé y mi primer disco

¿Que cómo empecé? Pues como todo el mundo…

Siempre me ha apasionado la música. Recuerdo que en el colegio, en 7º de EGB, fantaseábamos algunos compañeros con tener un grupo y nos juntábamos en nuestras casas para hacer playback y simular que tocábamos la guitarra con una raqueta. Empecé escuchando los Beatles, que me gustaban mucho y en mi casa ya había alguno de sus discos. Los primeros que me compré fueron el Azul y el Rojo, y luego me agencié uno de cada Beatle en solitario. Aún los recuerdo: Goodnight Viena, de Ringo; Band on the run, de Paul; Walls and bridges, de John; y All things must pass, de George.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión fue cuando me compré mi primer disco de Lou Reed, Coney Island Baby. En el 76, cuando tenía 13 años, veía las revistas musicales en los kioskos y me fascinaba la imagen de Lou Reed, así que pensaba: este tío me tiene que gustar (además era de New York, como yo). En cuanto tuve oportunidad, me acerqué a la tienda de discos (se llamaba Discoteca) y me metí en una de las cabinas (en aquella época, en las tiendas de discos había cabinas donde podías poner los discos para catarlos antes de comprarlos, y nos pasábamos las tardes allí, escuchando de todo) y me puse a escuchar a Lou. Me flipó tanto que poco a poco me fui comprando todos sus discos y escuchando muchos más discos raros (bueno, raros en aquella época, ahora ya son clásicos).

Pasado el tiempo, montamos un grupo. Me compré una guitarra eléctrica, una EKO que me costó nueva unos 70 euros al cambio, y empezamos a tocar con amigos y con un grupo que se llamaba Yoenel, que era de esos de ensayar en el salón de casa: hacíamos la batería golpeando un calefactor con la palma de la mano. Al poco nos juntamos con dos chicos más y formamos The Ravens, una mezcla un poco rara de punk y queseyó. Teníamos un guitarrista virtuoso que estaba todo el tiempo soleando, un bajista más punk y un batería punk del todo. Era un inglés afincado en España a quien llamábamos Fox, que, cuando viajaba a Londres, nos traía discos de los Sex Pistols, los Damned o los Stranglers. Recuerdo que hicimos una actuación en la plaza del ayuntamiento y él iba vestido como un auténtico punk inglés de Trafalgar Square. La gente nos odiaba.

Nos presentamos al concurso de rock Villa de Gijón, cuando lo que se llevaba era el progresivo y el hard rock, y quedamos los últimos, pero últimos con cero puntos. ¡Éramos malos, pero no tanto! Empezaba la nueva ola y nos fusionamos con un grupo emergente que se llamaba O91 (sí, lo sé, había otros, pero en aquella época no los conocíamos). En O91 ¡tocaba y cantaba Carlos Redondo!, que nos dejaba boquiabiertos con su técnica con el bajo y la voz. Y el grupo empezó a crecer a tope. Con esa fusión ya nos llamamos Los Locos, y estábamos flipados con todo el movimiento inglés de la época —Elvis Costello, Joe Jackson, The Police—, así que empezamos con ese rollo y poco a poco fuimos hacia un sonido más soul y en muchas ocasiones disco.

Al mismo tiempo, monté una banda que se llamaban Los Sangrientos, en la que daba rienda suelta a ese lado más Lou Reed que siempre tuve. Al final estaba todo el tiempo componiendo y componiendo, así que me compré un pequeño grabador de cuatro pistas y empecé a hacer canciones a tope. De repente me di cuenta de que lo que me gustaba era componer: tenía muchas cintas con canciones grabadas y me pasaba el día grabando en una pequeña casa que habíamos alquilado entre los tres del grupo.

Los Locos teníamos buena reputación en Asturias y se nos respetaba bastante, así que conocí a mucha gente que se dedicaba a la publicidad, a hacer cortos, etc. Un día me levanté y me planteé comprar algo más grande para componer y vender mis composiciones, pero no tenía dinero y tuve que sablear a mi familia. Me dejaron un total de 7.000 euros, 3.500 de mi tío y 3.500 de mi padre, con la única condición de devolverlo. Y así lo hice; me costó, pero fue devuelto íntegro. Con aquel dinero me compré una mesa Studio Master y un grabador Fostex de 8 pistas, un par de micros, un sampler y un secuenciador, y así, con el tiempo, empecé a grabar mis canciones. Grababa también las maquetas de mis grupos e iba bastante por el estudio comercial que había en Gijón, a aprender un poco y a preguntar.

«La silla no tenía reposabrazos derecho para poder tocar la guitarra sentado», recuerda Miguel Fuentes en Facebook (Hurtado & Ortega)

Y poco a poco la gente fue sabiendo que tenía material para grabar. En aquella época había muy pocas opciones para hacer discos, o te gastabas un dineral o no podías, por lo que la opción de mi estudio fue una buena vía para gente que no tenía muchos medios ni oportunidades.

Había un grupo en Oviedo…


Fragmento de Loco. Cómo no llevar un estudio de grabación (Hurtado & Ortega editores, 2016)Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— este mismo libro en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

 

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