La guerra

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Nhung ayuda por las tardes en el arrozal, pero aún es una niña y, de vez en cuando, mientras regresan a casa, se esconde entre las plantas que bordean el camino, o se sube a un árbol hasta que su madre, tras llamarla sin obtener respuesta, se gira y comienza a enfadarse porque está cansada del largo día de trabajo y, también, del mismo juego. La niña no sospecha la verdadera razón del enfado de su madre.

Hoy se ha rezagado más que otras veces. Sus compañeros de colegio cuentan hazañas tras escapar a la selva para jugar a ser guerreros, héroes. A ella no le parece divertido jugar a algo como la guerra; tampoco comprende qué significa ser héroe. La llaman tonta y enana, pero ella sabe que no lo es. Por eso va a verles, a escondidas, para que no la rechacen.

Ya se ha alejado bastante. La verdad es que, a medida que se distancia, siente miedo. Hace rato que ha perdido de vista a los chicos. Comienza a ponerse nerviosa y entonces, de la nada, surge un hombre. Es extraño y la mira, y enseguida, alrededor.  Ella se queda quieta y no dice nada: le mira a su vez, y piensa que igual es uno de esos demonios de los que a veces oye hablar a los mayores. Es grande y lleva mucha ropa y cosas colgando de su mano.

Cuando comienza a hablar ella no le entiende. Oye una palabra que comprende: «casa». Es lo que le gustaría, que la llevara a casa, pero no sabe todavía si es un demonio. Entonces, el extraño saca algo de su ropa y se lo ofrece. Sonríe. Nhung no lo toma. Él quita un papel a esa cosa y da un mordisco. Su cara es de felicidad. Le ofrece de nuevo eso que debe de ser comida; ella tiene tanta hambre…

Le gusta, está muy dulce. El soldado ofrece su mano y hace gestos diciendo siempre «casa». Ella comienza a caminar de regreso a su poblado de la mano del hombre.

De pronto, él cae soltándola, pero no hay obstáculos en el camino y no han tropezado. Es verdad que ha sonado un ruido pero Nhung no lo había oído nunca y no sabe qué es. La sangre surge del pecho del soldado tirado en el suelo que ahora la mira con angustia. Ella oye otros ruidos que parecen surgir alrededor y siente como si la hubieran golpeado con mucha fuerza.

Mientras cae al suelo al lado del hombre que ahora llora, sin saber que está pasando, piensa que igual él no es un demonio, que debe de ser como en algunos cuentos, que son invisibles y malos. Siente cómo sus ojos se cubren de un líquido tibio y  sabe que es su sangre, y comienzan a pesar mucho y se cierran.

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