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La lección de Rodin de Stefan Zweig

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Stefan Zweig es uno de los ensayistas más elegantes del pasado siglo. Su capacidad narrativa, sus descripciones envolventes y su lenguaje sencillo nos transmiten delicadamente los sentimientos del narrador. Leer cualquiera de sus obras siempre es fascinante, y más si se trata de alguno de los ensayos de su paso por París. Aquella hermosa ciudad que en los primeros años del siglo XX acogía a los artistas más interesantes del mundo. Sus primeros textos están plagados de descripciones, de anécdotas y de encuentros con muchos de ellos, como Sigmund Freud, Salvador Dalí, Thomas Mann, Richard Strauss o Paul Valery. En esta ocasión quiero reflexionar sobre un pequeño texto suyo, conseguir que tengáis ganas de leerlo. Lo escribió cuando conoció a Rodin, el célebre escultor francés.

En este breve relato comienza introduciéndonos en las conocidas tertulias entre artistas y escritores que se celebraban en los cafés parisinos. De pronto, casi sin saber cómo, su amigo Verhaeren, el famoso autor belga, le invitó a acompañarle a uno de los once talleres en los que trabajaba Rodin. En estos primeros párrafos Zweig se muestra sin reparos tal y como es: de sus palabras se trasluce su pasión por el arte, sus ganas de aprender de los que le rodeaban, su energía juvenil y su admiración por Rodin, lo que claramente le abrió las puestas de su estudio.

En su primera impresión del genio escultor, Zweig nos hace un retrato muy claro de su aspecto y su carácter. Al principio nos habla de sus manos recias y pesadas, del guardapolvo que cambiaba por completo su apariencia, de su amabilidad con él. Con muy pocos elementos logra crear una nítida imagen del artista. Pero también nos transporta a ese taller: un lugar muy espacioso y lleno de luz, con multitud de estudios plásticos de manos, brazos y pies, con decenas de esculturas inacabadas, trozos de mármol y bloques de barro, grandes mesas con papeles desordenados de cientos de bocetos y estudios previos. Leyéndolo, casi podemos ver el polvo en suspensión atravesando los haces de luz que se cuelan por los enormes ventanales.

Gracias a estas sencillas y magníficas descripciones de los lugares, los objetos y las personas, nos hacemos una perfecta idea de la tremenda emoción que el autor estaba experimentando en ese preciso momento. Tras esas bellas descripciones, Zweig asiste a un acontecimiento inesperado y único que no desvelaré y que le hace llegar a la siguiente conclusión: «Todo trabajo humano debe realizarse en el momento en que promete resultar bueno, olvidándose completamente de sí mismo, y de todo motivo ulterior, y concentrándose por entero sobre el fin, que a la postre es inalcanzable: la perfección».

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