La memoria intacta

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Nuestra realidad es conocida solo como un mito

Mito común a todas las culturas y tiempos desde que se tiene memoria, desde que existen escritos o leyendas. Cuando se vive y la vida no se agota, sino que se expande como el universo, la sensibilidad no se apaga como algunos creen, se amplía en incontables matices, inimaginables, geniales, pero también aterradores.

Tanta experiencia, incluso para la mente más sencilla, modifica el carácter, la esencia misma de la persona. La objetividad puede llegar a ser brutal con el mundo que te rodea, con los seres que están en tu entorno en cada momento; no se trata de falta de humanidad. Más bien es todo lo contrario: se puede llegar a tener tanta información, tan objetiva, tan contrastada, tan certera, que cada poseedor de tanto conocimiento resulte de inmediato inquietante, extraño, pero preciso y acertado en sus valoraciones.

Sí, hay excepciones. Y un buen día, conoces a una persona que te sorprende.

Una persona que no es de los nuestros. Si fuera así, la curiosidad sería de inmediato el mayor interés alimentado por la última, definitiva leyenda. Para nosotros, claro.

La sorpresa se produce porqque surge alguien, tras tantos años, tanta gente, que posee magia. Habrá quién dirá afinidad. Pero es magia. Si la has sentido, sabes de qué hablo. Entonces, la lucha comienza; es íntima. El deseo de compartir de nuevo, que sabes te llevará otra vez al dolor más intenso… o  continuarás la búsqueda, para encontrar la absolución, tu salvación, por fin; en estas incontables centurias los actos no siempre fueron ejemplares y la memoria se mantiene intacta, implacable, ninguna laguna, nada que alivie el perfecto recuerdo de los errores, las decisiones equivocadas, los daños irreparables.

Es una lucha atroz.   

Sabes que la magia no desaparecerá, pero perderá intensidad, la misma que tú ganas en energía cada década. Esta ve, no obstante, te aguarda lo inesperado. Podrás, por fin, descansar. Aliviar para siempre —para siempre— ese saber que sí ocupa lugar, que pesa más que aporta, que duele con cada acierto en la historia de los hombres, con cada pérdida irreparable.

¿Cuántas muertes probaste? Quisieras no recordarlas.

En cada ocasión has probado un método con la esperanza de fundirte, de que esa memoria, esa conciencia, todo lo que sabes, desaparezca contigo, no es mucho pedir, el común de los mortales lo consigue, es una burla del destino, tantos desearían tu suerte, pero qué saben, es la ignorancia la que les lleva a pensar así. Estoy tan cansada.

Hubo un tiempo en que tenía la certeza de que el veneno era la mejor opción. Me equivocaba. Igual que con los tiros en aquellos duelos románticos, el insensato ahorcamiento en la cárcel, o lanzarme desde ese formidable peñasco al océano lleno de tiburones.

Después de las balas tuve que cambiar de ciudad; tras el ahorcamiento, el alcaide de la prisión, religioso y creyente hasta límites increíbles en ese tiempo, me reenvío a una prisión de extrema seguridad donde escapar llegó a parecerme imposible, como las vejaciones a las que me sometieron.

Para mi absoluta sorpresa, los tiburones me ignoraron. El golpe contra la superficie del mar fue terrible y quedé medio inconsciente; fue un enorme escualo blanco el que me empujó a la costa sin que pudiera hacer nada para evitarlo, creer lo que estaba sucediendo. Supe así que el mar no me ayudaría. Es extraño pero estoy segura de esto. Por eso creí comprender, por fin…

Leí la noticia en el periódico de la mañana; aunque la incineración es antigua, yo había presenciado muchos casos, a lo largo, es cierto, de muchos decenios y países, en que el cadáver no lo era totalmente.

Ahora podría utilizar  una combinación de veneno y fuego: sería seguro e indoloro. Al fin, llegar al final.

Todo previsto, todo controlado. No podía ser de otra forma tras tantas centurias… Hasta que desperté en el horno, con mi memoria intact. ¿Qué hice mal?

La puerta de la cámara, tras un tiempo inacabable, se abrió, y yo, que era un puñado de cenizas, supe que no había conseguido finalizar mi existencia.

Así, soy una criatura que se ha multiplicado en el incontable polvo de sus cenizas.

Tuve la estúpida idea de que me esparcieran en el mar y no sé el tiempo que llevo volando en el ojo de esta gaviota. Está llegando a su fin y siento partes de mí recorriendo el océano, sumergidas. Sospecho que cuando ella se agote, la conciencia que me llevó a desear un final, dejará de dormir en otro ser, despertará y  seré sólo una memoria frustrada que se transporta.


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